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  • Orlando Márquez

CARLOS VARELA EN MIAMI: SIN DEJAR DE SOÑAR

Actualizado: jul 5

Carlos Varela ha venido a dar su arte a sus fans en Miami. Uno de mis hijos, Daniel, compró entradas hace varios meses -a tiempo antes del sold out-, y el sábado 3 de julio pudimos irnos todos al Flamingo Theater Bar para escuchar al narrador excelente de las vivencias de nuestra generación, la nacida en los primeros años de ese fenómeno prometedor y ya enmohecido que se conoce como Revolución cubana.



Cuando muchos importantes cantautores cubanos se abrían espacios con su poesía fresca en la Nueva Trova o las peñas de barrio, Carlos supo comunicar con autenticidad aquellas experiencias ordinarias, sencillas, unas veces confusas y otras inexplicables, que vivíamos cada día. Fue el cantor diáfano, sin lenguaje críptico pero sí poético, que dio voz a una generación que le identificó como propio por ser expresión de sus sentimientos, frustraciones y anhelos.

Por ello la vigencia, el arte, el pensamiento y sueños de Carlos Varela están ligados inextricablemente a ese fenómeno social que comenzó hace más de sesenta años con promesas de sencilla felicidad para movilizar a los creyentes, y que ha terminado lacerando a todos quienes nunca creyeron o dejaron de creer con el tiempo. Por esa misma razón, por esa larga permanencia de sueños frustrados, Varela ya no es solo la voz de una generación, sino de casi tres.

Solo así se explica que, en estos conciertos, sean en Cuba o en Miami, padres e hijos puedan compartir experiencias comunes. La vigencia de las frustraciones y los sueños hace que gente de 60 años o de 30 años se identifiquen por igual con su genial secuela de Guillermo Tell, o con la desgarradora Foto de familia, con el amor sentido por una Habana herida que continúa cargando el dolor de los habaneros. También pueden, unos y otros, ser capaces de sentir, en el propio rostro humedecido por tantas lágrimas negras y silenciosas, el éxodo de quienes se largan, como los peces, y las sillas vacías en la mesa del domingo.

Un dato curioso: todos los músicos, talentosísimos y no sé si alguno formado en Cuba, residen en Miami. Aunque muchos se empeñen en levantar muros y poner trabas, siempre habrá otros dispuestos a tirar puentes y acercar familias y amigos. Es cierto, la política no cabe en la azucarera, pero la vida es arte y merece el empeño.

Fiel a su estilo e imagen personal, a su arte y necesidad comunicativa, no nos oculta sus canas que contrastan ya con su atuendo siempre negro. La fuerza de su imagen y arte se han solidificado porque la autenticidad del ser humano ha crecido con el tiempo. Sin embargo, a pesar del tiempo y las canas, Carlos Varela nos confiesa que sigue siendo aquel niño que no deja de soñar con un país mejor, por una vida mejor y un espacio para el amor. Porque él sabe que hay otros que soñamos igual y que un día, sí, un día, aunque hayamos envejecido soñando, ese maldito sueño se puede volver real.


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