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  • Orlando Márquez

DÉJÀ VU

Mango Macho era el nombrete de aquella mujerona, habitante de La Habana y jefa de la “porra femenina” convocada con frecuencia por el alcalde de la ciudad para dispersar a las mujeres que pacíficamente protestaban contra el presidente convertido en dictador, Gerardo Machado, allá por 1930. Capaz de noquear a cualquier dama que levantara su voz contra el señor presidente y dejarla desnuda en plena calle, Mango Macho logró un mínimo espacio en la historia nacional por dirigir la “brigada de respuesta rápida” de la época. *

La “porra femenina” era un desmembramiento de género de la “porra” original, compuesta por personas que vestían de civil pero poco civilizadas, y policías (in)civilizadamente disfrazados de civil, cuya misión era silenciar, a golpe y balazos, cualquier disenso. A pesar de ser elegido según las reglas democráticas para ocupar el puesto presidencial desde 1925, a Gerardo Machado no le interesaba la democracia ni los criterios políticos diferentes al suyo, solo el poder. La dictadura y la “porra” concluyeron de forma violenta en 1933, pero el daño a la incipiente democracia cubana fue demoledor.

Tanto que en 1952, tras dos apretadas décadas con intentos de buenos cubanos por remendarla y ordenarla, otro militar que había sido antes presidente electo democráticamente y quiso repetir por la misma vía sin éxito, violó impúdicamente las reglas con un golpe de estado y se convirtió en nuevo dictador. Solo quería el poder. Sus opositores no corrieron mejor suerte que los del anterior. Ya no se hablaba de Mango Macho, pero apareció un Tigre con su manada, y otros tipos duros para imponer el silencio, temporal o permanente, a los opositores del nuevo general y dictador, Fulgencio Batista. Pero igual se fue, y ya sabemos cómo terminó y qué empezó.

Cuando una dictadura es derrocada de modo violento, no suele ser reemplazada por una democracia sino por otra dictadura, aunque a esta se le llame “del proletariado” y la encabece alguien que nunca fue proletario y solo quiso el poder. Si no existiera la necesidad de imponerse por adelantado y prevalecer sobre cualquier potencial adversario, ¿cuál sería la razón para fusilar cientos de personas en pocas horas, del antiguo régimen o no, cuando se ha conquistado desde el primer minuto la simpatía de la mayoría? Se le llamó justicia revolucionaria, pero no lo fue; su concepto de justicia era peor que el de la dictadura derrocada.

Un abogado que optó por vivir y actuar como un militar, mucho más astuto y sagaz que los anteriores, logró que todas las competencias políticas fueran anuladas del modo más expedito, por duras e injustas leyes creadas según las necesidades, o aplicando las mismas viejas tácticas cuando las circunstancias amenazaban desbordarse: actos de repudio con violencia física, verbal y psicológica.

Algún día los científicos sociales delimitarán, de modo imparcial y justo, las circunstancias, condiciones y caracteres que coincidieron para posibilitar un evento social que perdura por más de sesenta años, aunque envejecido, sin argumentos convincentes ni capacidades de desarrollo.

La dictadura no entiende de oposición. Siendo el gobierno en el que una sola persona dicta las órdenes, la competencia política no tiene espacio. Tampoco el intento de cuestionar las órdenes dictadas, y eso lo saben muy bien quienes forman el círculo íntimo del dictador, tanto del último comandante en jefe, como de los anteriores generales. Pensándolo así, está claro que los militares en el poder han dejado saldos muy negativos en Cuba. La democracia es una cultura que no se cultiva en los cuarteles, aunque allí también se puede enseñar a respetarla.

Lanzar turbas contra el oponente para mantener el poder no es exclusivo de Cuba. Pero tenemos un récord malo en esto. En ciento diecinueve años de república, haber vivido unos setenta bajo gobiernos dictatoriales denota una carencia. Y que de esos ciento diecinueve años, más de sesenta los haya ocupado una sola de las tres dictaduras que ha tenido el país, evidencia la poca experiencia democrática cubana y la prevalencia de quienes la desprecian. Contrario a lo que piensa un dictador y quienes le hacen la corte, no hay mérito alguno al permanecer en el poder por la fuerza y el miedo.


Como un tesoro que se cuida y trasmite a otros, la convivencia democrática debe comenzar a cultivarse en la propia familia, donde la autoridad de los padres no desconoce los sentimientos y aspiraciones de los hijos. La familia puede ser la primera escuela para la democracia, el mejor espacio para convivir a pesar de las diferencias.

Nadie está exento de las tentaciones del poder: ni presidentes ni papas, ni padres ni ministros. Si el ejercicio de la autoridad y el poder que le acompaña, no se entienden como servicio por el bien de la comunidad familiar o social, se siembra la semilla del mal que enferma cualquier comunidad social. Continuarán robando un lugar en la historia, junto a los dictadores, una Mango Macho reciclada, un Tigre pandillero o un “compañero indignado” que, con cabilla o micrófono, repita y haga lo que le indica el guion dictado.

Como un déjà vu se nos han repetido las dictaduras. Habrá también déjà vu de esperanza, no lo dudo. Pero el modo de responder cuando llegue ese día, indicará si hemos aprendido o no la lección.


* Los mejores relatos de la época los he visto en el libro Con el rifle al hombro, de Horacio Ferrer.

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