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  • Orlando Márquez

DEL PRÍNCIPE AL HEREDERO: LA UNIDAD EXCLUYENTE

Una anécdota curiosa he recordado estos días al escuchar que el Partido Comunista de Cuba habla de democratizarse y representar a todos los cubanos en la Isla.

En una ocasión, a inicios del presente siglo y antes de su retiro forzoso por motivos de salud, Fidel Castro se reunió con uno de los tantos líderes comunistas extranjeros que visitaban el país. Yo no estuve allí, obviamente, pero conocí la anécdota sobre una parte del encuentro porque el visitante decidió que era importante pasar el dato al cardenal Jaime Ortega, entonces arzobispo de La Habana, y usó como correo a un sacerdote coterráneo suyo. Ciertamente un hecho extraordinario; pero la Providencia se encarga de hacernos saber lo que le parece mejor.

Mientras no aparezca una transcripción oficial de la charla, apelo a la versión que recuerdo. En un momento de la conversación el visitante le pregunta al comandante si no creía que la sociedad, o el país, debía democratizarse y abrirse más políticamente, aún desde la posición de izquierda o socialista, a nuevas propuestas ante un mundo cambiado. La respuesta de Fidel Castro fue que no podía ponerse en riesgo “la unidad” de la Revolución, lo único que la salvaba de los enemigos. Con delicadeza, el visitante habló sobre la dialéctica necesaria al Partido y aquello de confrontar sus ideas con las contrarias para su desarrollo. Fidel Castro se mantuvo en sus trece insistiendo en “la unidad”, pero añadió una afirmación que sorprendió al interlocutor y motivó, precisamente, la posterior trasmisión del mensaje: la confrontación de las ideas, el ejercicio dialéctico, estaban dados por los pronunciamientos críticos de la Iglesia católica.

En aquellos tiempos la Iglesia, tanto por las cartas pastorales como por otros trabajos en las publicaciones eclesiales, se pronunciaba con cierta frecuencia sobre muchos problemas que afectaban la vida nacional, según la Doctrina Social que coloca siempre a la persona como sujeto primero y más importante.

No sé si Fidel Castro comentó aquella idea a otros interlocutores internos o externos. Era una idea ambivalente pero propia del surrealismo generado por el modelo: por un lado, si el criterio de la Iglesia tenía algún valor social o para contrastar las políticas gubernamentales, nunca lo reconoció públicamente ni permitió la libertad religiosa plena; por otro lado, al atribuir el papel de adversario político tolerado y necesario para contrastar las decisiones políticas internas a una institución como la Iglesia que, más allá de cualquier preferencia política individual de sus miembros, no será ella misma jamás un competidor partidista, solo pretendía justificar la negación al debate democrático dentro de la sociedad y dentro del propio Partido Comunista. Darle carácter ideológico a “la unidad” le permitía cerrar todo espacio para el debate y el ejercicio de la democracia. El disentimiento público no se admite como endógeno sino importado, y se le responde con represión, sutil o brutal.

Fidel Castro no respetaba las reglas políticas, pero las conocía mejor que muchos políticos, las usaba y abusaba tanto dentro como fuera con suma habilidad. Era “el príncipe”, aunque su principado se sostenía más en la leyenda del enfrentamiento glorioso contra el imperio y su incuestionable autoridad y control internos, lo cual impidió desarrollar un pilar esencial: la creación de la riqueza material necesaria para mantener el palacio, la plaza y el alimento de los súbditos. Quizás no lo consideró necesario pues, por decenios, llovió maná soviético hasta que se secaron las nubes rojas.

Los herederos, que nunca serán príncipes, la han tenido más difícil. Han heredado un principado arruinado y decadente donde el discurso y la retórica, aunque aparezcan en primera plana, han perdido todo valor ante la asfixia del día a día. Además de los cambios económicos iniciales que dieron fruto con bastante celeridad, Raúl Castro supo que hacía falta más: “Lo que nos corresponde es promover la mayor democracia en nuestra sociedad, empezando por dar el ejemplo dentro de las filas del Partido”, había dicho en un discurso el 29 de enero de 2012 en La Habana. Demasiado arriesgado. Se retiró y no cumplió, ni siquiera lo dejó de tarea.

El actual heredero, lo es precisamente porque la democracia tampoco fue ejercida en el último congreso del Partido donde fue proclamado, y por la garantía de su compromiso con la inmovilidad -la continuidad-, es decir la no democratización. Por ello seguirá hablando de “la unidad”, aunque sus palabras no coincidan con la realidad: “¿Cómo defendemos esa unidad? Eliminando dogmas, combatiendo prejuicios, enfrentando cualquier vestigio de discriminación” (Granma, 28 de mayo de 2021).

Tal es la esencia de un proceso que concluye dejando fuera al propio marxismo y sus defensores, pero sí mantiene de este la ingeniería de control total, una estructura que parece desafiar la fuerza de gravedad, tambaleante pero con capacidad de maniobra al disponer de todos los controles internos.

Obviamente no será siempre así. No solo la población muestra su agotamiento. Cuando al reclamo de pan y oportunidades solo llegan policías, amenazas y castigos, el poder manifiesta también su agotamiento e incapacidad para satisfacer las demandas ciudadanas. Esto es parte del retrato de la Cuba actual que a tantos duele, también a personas que tenían una idea del socialismo distinta a la que han vivido. En “la unidad” no caben todos.

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