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  • Orlando Márquez

EL BUTACÓN VACÍO

“Cuando el Cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos”

Karl Barth

Ha vuelto a ocurrir, y seguirá ocurriendo. El butacón está vacío, siempre estará vacío, pero la liturgia revolucionaria lo demanda. Él “está ahí”, dicen los ideólogos devenidos en sacerdotes de esta revolución que convirtieron en religión: “Está ahí. ¿No lo ves?”.

La imagen donde aparece Miguel Díaz-Canel en la última sesión de la Asamblea Nacional es elocuente, pero no inédita. Se supone que el presidente del Consejo de Estado ocupe la primera butaca, en primera línea, en esa bancada a la derecha del escenario, seguido por el primer vicepresidente, el segundo, el tercero… Pero no. No la ocupará, como no la ocupó antes Raúl Castro el tiempo que presidió el mismo Consejo.

Al parecer nadie puede sentarse en el sillón que antes ocupó Fidel Castro. Pudiera ser muestra de reverencia sentimental, o de respeto al único, al patriarca y fundador. El mensaje es bastante claro para todos, aunque las interpretaciones pueden ser disímiles: nadie ocupará el butacón, pero tampoco se retirará para no olvidar que él estuvo ahí. ¿O está? El efecto psicológico que provoca no mira al pasado sino al presente. Con micrófono y todo frente a la silla vacía. No volverá a hablar, pero conviene a la sugestión contagiosa, recuerda que todo sigue igual, que su espíritu continúa sentado en ese butacón vacío. Garantía de continuidad. No volverá a hablar, pero ¿quién sabe? Hasta un credo revolucionario dejó, y los niños deben aprenderlo en las escuelas.

Ya la leyenda es mitología. El héroe es ya mitológico, un líder espiritual y religioso, sagrado. La épica y los actos heroicos generan también aquel sentimiento religioso bien definido por Gustavo LeBon en su obra Psicología de las masas: “Una persona no es religiosa solamente cuando adora a una divinidad, sino cuando pone todos los recursos de su mente, la completa sumisión de su voluntad, y el íntegro fanatismo de su alma, al servicio de una causa o de un individuo que se convierte en la meta y en la guía de sus pensamientos y acciones”.

Nos dijeron que no habría culto a la personalidad. Ni calles ni escuelas, ni hospitales ni plazas llevarán su nombre. No hace falta. Pero el culto es real. El butacón es una muestra, y hay más.

En su poema El Cosmonauta, Nicolás Guillén niega a Dios diciendo que el cosmonauta “sube sube sube…”, trece veces sube, y no ve tronos ni potencias, ni ángeles ni santos, ni san Bitongo ni san Cirilo Zangandongo se muestran al cosmonauta. Al final de su ascenso solo encuentra en el cielo inmenso, frío, un butacón vacío.

Era buen poeta Nicolás, pero él también creyó y no previó que el Juan sin nada de ayer sería hoy Juan con menos, ni previó que para buscar a un dios y encontrar solo su butacón vacío no hay que subir tanto. El butacón vacío está ahora en una sala inmensa de La Habana, la misma donde, hace años, alguien llamó a su ocupante “padre nuestro”, y más recientemente otra persona le evocó como el milagroso multiplicador de panes y peces. No importa si para muchos en la población tal multiplicación fue por 0,1. El mito no entiende de ciencias.

La liturgia está lista, los consagrados ocupan el lugar que les corresponde en el templo de la revolución, el pueblo llano debe esperar con fe las palabras del oráculo, inspiradas siempre por el espíritu que pervive allí, en el butacón vacío. “Ahí está. Mira bien. ¿No lo ves? Peor para ti si no lo ves”.

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