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  • Orlando Márquez

EL COMPAÑERO CURA

Actualizado: may 17

Él había pedido que le avisaran cuándo sería la próxima reunión de la directiva del Partido Comunista en el municipio 10 de Octubre. Y, en efecto, recibió el dato. Llegó al lugar del encuentro y esperó fuera, un tanto alejado, mientras los convocados hacían su entrada. Cuando pensó que todos habían entrado lo hizo él. Se sentó en la última fila y esperó. Sabía por qué estaba allí y experimentaba una sensación extraña, como la del intruso que teme y quiere ser descubierto.

La persona que presidía el encuentro pidió silencio y comenzó con las palabras de siempre, las inevitables para fijar el contexto: “Bien compañeros…” Sugirió se fueran presentando todos mientras otro anotaba sus nombres y responsabilidad en el Partido. Cuando todos los convocados habían terminado de presentarse, el intruso permaneció en silencio, sentado al final del salón y un tanto a la sombra, quizás esperando para conocer más sobre el tema del día. No tuvo el privilegio.

“El compañero que está allá en el fondo… Preséntese compañero y acérquese”, gritó por falta de micrófono quien presidía la reunión. Entonces se oyó al fin la voz pausada, algo nasal y modulada con aquel acento ibérico tan singular que, a no pocos, nos hacía recordar la voz del personaje Don Cetáceo de las historias animadas de Elpidio Valdés: “Buenas tardes. Pues mire usted, yo no soy un compañero del Partido. Mi nombre es Jesús María Lusarreta, y soy el cura párroco de la iglesia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, de Santos Suárez…”. Mientras hablaba se desató un murmullo creciente, las cabezas se giraban para verlo y después se miraban entre sí para compartir el asombro y volvían a mirarle nuevamente. Esperó que se calmara el desasosiego para continuar, pero le interrumpió el jefe: “¡Oiga, pero usted…! ¿Usted que hace aquí? ¡Usted no puede estar aquí!”. Entonces retomó el discurso donde lo había dejado: “Pues mire no se preocupe que ya casi me retiro. Solo quería decir lo siguiente: como ustedes van a la iglesia a escuchar al cura cuando quieren, se sientan al final y se quedan allí sin moverse aunque yo les invite a acercarse y se retiran sin hablar, pues yo quería presentarme ante ustedes para decirles que allí me tienen. Si en algo los puedo ayudar pueden contar conmigo. Buenas tardes”. Dicho y hecho.

El padre Lusarreta, religioso de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, había llegado a Cuba en 1993, en el apogeo de la crisis general que azotó el país en la última década del siglo XX y que aún coletea. Como misionero que no perdía tiempo para misionar, adquirió rápida fama en el barrio de Santos Suárez y hasta en las oficinas del Comité Central del PCC. Su metodología y filosofía pastoral eran resultado de aquel ver, juzgar y actuar que tanto ayudó a la Iglesia y le permitió trazar un plan de acción que, a fuerza de empuje quijotesco, no solo peleó contra molinos, también venció unos cuantos y supo evadir otros. Fuera por su condición de inmigrante con una perspectiva menos marcada y lastrada por las prohibiciones, o por su capacidad de ver siempre lo posible en medio de lo imposible, logró resultados no vistos antes de su llegada. Pienso que también le fue útil aquel principio que el cardenal y arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, supo poner en práctica y trasmitir a otros agentes pastorales: “Aquí es mejor pedir perdón que pedir permiso. Si pedimos permiso nunca podremos hacer nada”.


“Que yo no me he inventado nada”, me dijo un día el padre Lusarreta. “Todo está en el Documento Final del ENEC que ha preparado la Iglesia en Cuba: crear la Comunidad desde las comunidades. Esas son las casas-misión y para mí es muy sencillo: si en cada cuadra hay un Comité de Defensa de la Revolución, en cada cuadra debe haber una casa-misión, y eso hacemos”.

Con las casas-misión fue conociendo las duras realidades del barrio. Logró censar a todos los parroquianos tanto de Santos Suárez como del Canal de Cerro y Luyanó en su territorio parroquial. Conoció a los ancianos que tenían hambre de compañía y de comida, los niños que más carecían y también a quienes estaban dispuestos a servir a los demás. Repartió contenedores de zapatos, importó ambulancia y ómnibus para transportar a los abuelos, creó un programa para personas con síndrome Down, puso techos y buscó asistencia a los ancianos que vivían solos y con limitaciones. Conoció a las maestras y directoras de escuelas y, obviamente, a los compañeros del municipio. Con todos creó amistad y buenas relaciones humanas.

Creció la comunidad y creció el Hogar de Ancianos “La Milagrosa” que creó, donde llegaron a acudir diariamente más de doscientos ancianos para recibir alimentos, medicinas, terapias y lavado de ropas. Todo ello gracias a su misión permanente, incluida una carta a Fidel Castro en 1997 pidiendo facilidades para sostener la obra y por la cual logró, tres años después, una asignación de ciertos alimentos básicos similar a la de cualquier otro hogar de ancianos gubernamental o administrado por religiosas en aquella época. Inaudito. Después alguien le dijo que fue por error, pero afortunadamente para los ancianos, el error no fue enmendado.

Con la salud deshecha, y tras veinticinco años de sudado servicio en Cuba, falleció en La Habana el 14 de julio de 2017. Su cadáver fue expuesto en aquella misma parroquia donde ofreció la carne y el espíritu. Allí le despidieron todos. Sus cenizas fueron trasladadas a su tierra natal, en Navarra, España.

Lo he recordado hace unos días tras conocer el nombramiento, como obispo auxiliar de Holguín, de un misionero argentino bien querido en aquella zona, Marcos Pirán Gómez, finalmente mitrado el pasado sábado 15 de mayo. Aunque me sorprendió su elección, pienso que su nombramiento es una muestra de la universalidad de la Iglesia y de la urgencia pastoral del país como tierra de misión.

Innumerables misioneros se han desgastado en Cuba durante decenios, y han dejado huellas hondas en la Iglesia y en muchos católicos. Solo una profunda vocación de servicio percibida a la luz de la fe permite comprender semejantes opciones de vida que los lleva a renunciar a sus vínculos naturales, o incluso optar por “dejar sus huesos en Cuba”, como decía, y cumplió, el salesiano Rafael Giordano y tantos otros. O el mismo padre Lusarreta, el compañero cura que alborotó con su acción pastoral el barrio habanero de Santos Suárez y las mismísimas oficinas del Comité Central de Partido Comunista de Cuba, para ejercer la caridad que, según sus propias palabras, “es mucho más misionera que la palabra”.

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