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  • Orlando Márquez

LO QUE TENÍA QUE TENER

Fue hace poco más de tres años, en la última visita que hice a la consulta de la doctora Martha, médico de la familia en el barrio de Santos Suárez, donde vi, también por última vez, a aquel anciano cuyo rostro me resultaba conocido en el vecindario, aunque nunca supe su nombre.

Yo esperaba mi turno sentado en un banco desequilibrado, no porque estuviera roto sino por estar apoyado en un piso desnivelado. Él entró, nos saludamos y se sentó a mi lado. Allí estábamos, intentando mantener en equilibrio el banco sobre el piso desnivelado, compartiendo la vista que se ofrecía más allá de destartalada ventana: un pequeño jardín, seguido de un fragmento de la calle Goicuría con sus baches profundos, de donde emergían cada día libras de polvo que terminaban posándose en el piso y los muebles de las casas cercanas, o en los pulmones de sus habitantes, vecinos que luchaban aferrados a la vida y animándose mutuamente.

Entonces habló. Empezó preguntando si yo llevaba mucho tiempo esperando, que él solo venía a recoger la receta para el medicamento de la presión arterial, pues esa tarde suministraban el medicamento a la farmacia, que la semana anterior no llegó el medicamento, pero antes de ir a la farmacia debía llegar a la oficina de la libreta de racionamiento por un asunto relacionado con la renovación de la dieta, “total, para lo que dan”, y además necesitaba comer algo. Y que ya estaba cansado.


Yo escuchaba y le miraba, ahora con más atención. Era el mismo rostro que había encontrado ocasionalmente en una esquina, en la bodega o al cruzar la calle Lacret, pero ahora más detallado: las arrugas de los años y las vivencias en un rostro magro, tostado al sol en largas caminatas, y su pelo blanco identificándolo en la distancia.

“Ya estoy cansado”, repitió. “Esto no es vida”, agregó mirándome, pero sin dejar de hablar, como quien indaga pero no desea ser interrumpido. “Corre pa´cá, corre pa´llá por gusto. Ya tengo setenta y tres años y ¿qué tengo? Nada. Yo luché por esta revolución, le di mi vida a esto; estuve en Girón, el Escambray, corté caña en una pila de zafras (azucareras). Siempre defendí esto y ahora que soy un viejo lo único que tengo son diplomas y algunas medallas. Ni el retiro me alcanza. No tengo ná. Bueno sí, tengo lo que tenía que tener como decía Guillén: esto. Lo que tengo es que no tengo ná”.

Tras un silencio triste se abrió la puerta de la sala de consulta y salió una anciana con bastón acompañada por la enfermera, atravesaron la pequeña sala donde esperábamos y recorrieron el corto camino hasta la acera, o lo que quedaba de ella: “Tenga cuidado al cruzar la calle”, escuchamos decir a la enfermera, quien regresó a nosotros y preguntó quién era el próximo para ver a la doctora. Le dije al anciano que pasara él. Yo podía esperar. Me dio las gracias y siguió a la enfermera. “Buenos días Martica. ¿Cómo estás mi´ja?”, dijo mi vecino y temporal compañero de banco, antes de cerrar la puerta.

Sabía que él no era el único anciano cansado o frustrado. Fueron muchos los que creyeron en la revolución como se cree en una religión. Porque religión es también poner en práctica lo que se cree. Creer en una persona que propone un proyecto social no es malo en sí mismo. Pero renunciar a la voluntad, la capacidad de discernimiento y libertad propias para ponerlo todo en manos de una persona es demasiado peligroso.

Mi anciano vecino hacía evaluación de su vida y la compartía conmigo en un momento de gran frustración. Se requiere coraje para preguntarse, y responderse, que tanto sacrificio y entrega con la esperanza en un mañana de bienestar que no llegó, ni llegará por ese camino, fue en vano.

Yo guardé silencio como respeto a su dolorosa revelación, aunque recordé y agradecí, una vez más, al salmista: “No confíen en los poderosos, / en simples mortales, que no pueden salvar:/ cuando expiran, vuelven al polvo, /y entonces se esfuman sus proyectos” (146).

Mi frustración no era la suya. Yo no creí en el proyecto. Pero mi cuestionamiento sí era el suyo: para qué los sacrificios, para qué las rupturas, para qué las denuncias, para qué las guerras dentro y fuera, para qué tantos mártires.

Volvió a abrirse la puerta y salió el anciano, más contento con la receta del medicamento en la mano y un tanto escéptico por si no lograba comprarlo. Nos despedimos por última vez. Entré y saludé a Marta, la misma doctora que habíamos visto llegar años atrás a nuestro barrio para atender al vecindario. Allí estaba, en la misma mesa ahora despintada, el mismo armario cuya puerta ya no cerraba, la misma lámpara ahora sin bombilla, y ante ella, ya abierto, el mismo libro de mi historial clínico, pero ella mostraba la misma sonrisa de siempre: “¿Cómo estás? Siéntate. ¿Me trajiste el resultado de los análisis con el PSA incluido?”

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