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  • Orlando Márquez

MARIUSHKA NO CREÍA

Actualizado: 14 de dic de 2021

Hace exactamente treinta años desapareció la Unión Soviética y pienso en Mariushka.

La conocí en La Habana a fines de la década de los 80s. Mariushka, como le decían sus amigas, era miembro de la colonia rusa residente en La Habana.

Muchas de aquellas mujeres habían llegado del brazo de un cubano, de quien se enamoraron cuando aquellos varones caribeños fueron a estudiar al país de los soviets y regresaron con sus títulos profesionales, el idioma ruso aprendido y sus nuevas familias.

Cuando conocí a Mariushka continuaba casada con su esposo, sus hijos ruso-cubanos eran adolescentes, Mijail Gorbachev era el nuevo secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y se había iniciado el proceso de reformas conocido como perestroika.

El mundo se dio cuenta, poco a poco, de que las decisiones y transformaciones tomadas y practicadas al interior de la URSS, tendrían repercusiones internacionales.

Lituania, 1991. Una mujer se sienta sobre estatuda derrumbada de Lenin. /Gerard Fouet/AFP/Getty Images

Conversando una tarde con Mariushka en casa de una amiga común, me hizo una confesión que denotaba todo el trauma interior que estaba viviendo en Cuba por lo que ocurría en su país, a más de nueve mil kilómetros de distancia. Con su dulce acento, dijo en el mejor español que había logrado aprender después de años de sudar en La Hababa, hacer colas y sufrir apagones como cualquiera de nosotros: “Si alguien me dijera mañana que mi país, la Unión Soviética, ha desaparecido, yo no podría creerlo”. Sin dejar de mirarme, como para estar segura de que podía entenderla, continuó: “No es que yo crea que las cosas no pueden mejorarse, no es que no crea en la perestroika y la glasnost, no es eso. Pero si esto terminara con mi país, la Unión Soviética, sería imposible creerlo. Porque yo nací con la URSS, mis abuelos y familiares derrotaron al fascismo, somos una potencia nuclear, Estados Unidos no nos va a atacar, ayudamos a mantener otros países, como Cuba. Desde que nací me enseñaron que era el mejor país del mundo y eso era para siempre. Quizás sea adoctrinamiento, pero mi cabeza se resiste a aceptar un país distinto al que conozco”.

¿Cómo no entender a Mariushka? Me lo dijo precisamente porque yo podía entenderla. En geografías y contextos algo diferentes, vivíamos experiencias existenciales parecidas.

Pero ni Mariushka ni yo, simples mortales, podíamos prever el desenlace y sus verdaderas razones. No es el enemigo externo, ni las posibles contrarrevoluciones internas aplaudidas o no desde el exterior, la causa de la debacle. Tampoco lo son la geografía o la incapacidad humana para implantar y mantener una dictadura llamada socialista. Como no fueron estas las verdaderas causas que destruyeron el fascismo italiano y el nacional socialismo alemán.

Ni Mariushka ni yo, ni muchos otros simples mortales saturados de discursos y prácticas sociales con métodos de sectas religiosas, podíamos prever lo que vimos después: el derrumbe viene desde dentro, con presiones desde abajo o desde fuera evidentemente. Pero es el desmoronamiento moral interno, generador a su vez del hundimiento social y económico, lo que termina por precipitar la implosión de aquello que siempre fue falso, negación del progreso, del desarrollo sostenido y la verdadera independencia.

Como todo lo anterior se relaciona con los ciudadanos que padecen y viven las inmoralidades, las escaseces y el doble discurso, la dignidad humana es gravemente lesionada, herida en sus aspiraciones, distanciada de lo trascendente, hasta negarse incluso a sí misma. Pero llega un momento, cuando comienza la conciencia de la autodestrucción, en que la locura es forzada a retroceder, lentamente primero, de modo decidido después, por el rechazo popular.

Tanto el fascismo, como el nacional socialismo alemán y el comunismo soviético cayeron porque existe una especie de ley de gravedad social que arrastra hacia abajo, tarde o temprano, todo aquello que daña al ser humano, por ser este precisamente el centro de la sociedad. Un programa social que no tenga como centro, sujeto, principio y fin al ser humano todo y su libertad, es antinatural y es desde siempre un fracaso, aunque se sostenga con apuntalamientos de cualquier tipo. Al final la razón se debe imponer, también del modo menos esperado, cuando se de una confluencia de intereses entre diferentes actores sociales, ubicados en cualquier estrato de la sociedad, que deciden poner fin a la locura.

Así ocurrió con la URSS, el país de Mariushka, tras sesenta y nueve años de existencia (diciembre 1922-diciembre 1991). Hace exactamente treinta años que desapareció la URSS, país fundado sobre dos heroicas guerras mundiales, la industrialización forzada, la anexión de otras naciones y cuya sede fue un inmenso territorio de incontables y valiosos recursos naturales mezclados con la sangre de millones de sus propias víctimas.

Solo un par de veces después de nuestra charla volví a ver a Mariushka. Supe más tarde que había regresado a su país de origen, ahora rebautizado como Rusia. Le acompañó su familia nacida en Cuba.

Mariushka vio y creyó. Y después de experimentarlo por sí misma y ver que era posible, no regresó más a Cuba. Rusia era el futuro, lo posible creíble. Cuba se convirtió en el pasado que ya no podía creer.

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