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  • Orlando Márquez

DIOS LO SABE

Actualizado: mar 30

Éramos muy pocos, casi todos nos conocíamos. Eso no nos importaba, o sí, pero no nos molestaba saber que éramos una minoría tan minoritaria de cristianos visitando el templo cuando todo alrededor era hostil; no al estilo del socialismo despiadado chino, o al estilo checo que generó una Iglesia clandestina, sino al estilo del oportunista y religioso socialismo cubano. Pero la fe en Dios era todo para nosotros.

En aquel tiempo celebrar la Semana Santa era cosa de unos pocos inadaptados, quienes no habíamos superado los rezagos del pasado burgués, o la ignorancia, incapaces de comprender que la ciencia lo explicaba todo. Salir de misa un Domingo de Ramos con el guano bendito llegó a ser un anacronismo social, a veces provocaba la burla o generaba ojerizas. Era un dato importante que debía reportarse a los compañeros que preguntaban por la actitud de los vecinos. Nos daba igual. Dios lo sabía.

Participar en el triduo pascual era toda una aventura. Cuando desapareció el feriado de Semana Santa, como el de Navidad, se hizo normal ir del trabajo al templo, o de la escuela al templo, con uniforme y todo. No siempre había tiempo para cambiarse de ropa, ni darse un baño. Lo más importante no era la apariencia, si no ser y estar en el lugar indicado a la hora indicada. La fe era todo. Dios lo sabía.

Es cierto que a veces fallábamos. Aunque aparentaban ignorar una práctica religiosa que esperaban desapareciera pronto, los compañeros encargados de la lucha ideológica se esforzaban por acelerar el proceso. Había métodos de persuasión psicológica y hasta lúdica: planes para niños los domingos en la mañana, música en los parques frente al templo los domingos de Ramos o Resurrección; trasmisión por televisión, la noche del Viernes Santo y el Sábado Santo, de viejas películas norteamericanas como las de Tarzán, o las nuevas del guerrero Bruce Lee, o cualquier otra que invitara a no salir de casa. Todo un sabotaje de proporciones ideológicas muy creativas: combatir los rezagos burgueses con películas producidas por el mayor enemigo burgués. Dios lo sabía.

No son recuerdos tristes, solo recuerdos. Había algo de hermoso en aquellas experiencias, en afirmar en público la fe, en acudir al templo cuando éramos diez o veinte personas, u optar por perdernos una película entretenida porque éramos convocados a celebrar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. La sociedad nos era hostil pero igual hicimos y mantuvimos esa opción sin creernos por ellos superiores, y así éramos libres. Dios lo sabía.

Las cosas han cambiado ligeramente en Cuba, no sustancialmente, respecto a la vida religiosa. A los cristianos se les mantiene a raya, “observados”, y será así mientras exista un Partido único que gobierne como “la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado” y organice y oriente “los esfuerzos comunes en la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”, según señala el artículo cinco de la Constitución. Como el socialismo no tiene fecha de término para su “construcción” y no se define qué es la “sociedad comunista”, solo queda en la práctica lo que es tangible: el Partido Comunista como “fuerza política dirigente superior” que decide qué, quién, dónde y cuándo. Dios lo sabe.

Pero algo ha cambiado, y con las visitas de los papas san Juan Pablo II y Benedicto XVI, se agregaron al calendario nacional los feriados de Navidad y Viernes Santo, incluidas trasmisiones televisadas o radiales, previa solicitud puntual y la aprobación correspondiente, de celebraciones litúrgicas tanto nacionales como de la Santa Sede. Cuando llegó el Papa Francisco ya no quedaban fechas litúrgicas para añadir como feriado nacional. Pero es bueno que los cristianos cubanos, sobre todo aquellos imposibilitados de ir a los templos, o acceder por otras vías a las celebraciones en Roma, puedan al menos verlo desde sus casas. Están muy agradecidos. Dios lo sabe.

Sin embargo, ahora que es posible observar el feriado de Navidad o del Viernes Santo, cuando aparentemente existe más tiempo para la oración y la adoración en el templo o en la casa, con independencia de las restricciones en las iglesias por causa del virus universal, las escaseces diarias obligan a permanecer horas en las colas y rezar allí, o poner en el altar propio cada día el sacrificio de la inseguridad del día siguiente. La oración no vale menos así, pero la pobreza y la incertidumbre diaria también atentan contra la salud espiritual y del alma. El contexto sigue siendo hostil para la vida de fe en Cuba. Dios lo sabe.

Tanto por opción, como por engaño o imposición, hemos recorrido un largo calvario social, no religioso sino existencial, una gran carga espiritual para la cual no hay cireneos. Pero habrá regreso a la vida, una vez más. Aunque los cristianos estemos convencidos de que la plenitud de la vida se alcanza más allá de este mundo, esperar vivir en este mundo el bien al que tenemos derecho y sabemos es posible, sin dudas es también una esperanza legítima a la cual no debemos renunciar. Esa esperanza la compartimos con todos los cubanos, y Dios lo sabe.

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