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  • Orlando Márquez

EL PROBLEMA IDEOLÓGICO DEL GOBIERNO CUBANO

Actualizado: jun 30

No importa cuán extenso sea el sistema de salud cubano dentro del país, ni el abrumador número de médicos; no importan la cantidad de escuelas y graduados, ni las investigaciones y sugerencias de los economistas locales. Cualquier estrategia está condenada al fracaso mientras se mantenga vivo el virus que carcome la sociedad cubana: el ideológico.

El 18 de mayo de 1967, en la clausura del tercer congreso de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), Fidel Castro dijo: “Para nosotros la lucha por desarrollar la economía y alcanzar éxitos económicos forma parte de la ideología”. Otras partes del discurso cobran actualidad en el contexto nacional debido al desastre económico y las sanciones que se aplican, o los intentos por culpar a otros:

“Si dentro de 40 años hay todavía un campesino que quiere estar solo, aislado, trabajando allí con una yunta de buey, con una productividad muy baja y quiere estarlo, lo dejamos […] Eso no perdurará eternamente; pero no perdurará eternamente en virtud de ninguna ley de ningún tipo, no perdurará eternamente en virtud del increíble, descomunal desarrollo de la agricultura de este país, de la sociedad cubana, del descomunal desarrollo de la técnica, del descomunal desarrollo de los programas sociales y de los programas educacionales.

” […] ¿Alguna vez vamos a meter preso a alguien por practicar esa forma de robo que es la especulación? ¡No! No, ese no es nuestro camino. El que quiera pararse en una carretera y pedir 100 pesos por un guanajo, que se pare en la carretera y venda el guanajo en 100 pesos; el que quiera pararse en una carretera y vender el litro de leche a peso, ¡no importa, que venda el litro de leche a peso! El camino para resolver ese problema se lo voy a explicar, es sencillo, es fácil […] Llegará el día en que las frutas, los vegetales, hasta la leche se distribuirá gratuitamente a todo el pueblo […] nosotros sabemos cuáles van a ser los niveles de producción de este país dentro de algunos años, sabemos cuántas vacas se están inseminando, sabemos cuántas terneras están naciendo, sabemos cuánta leche da una ternera del primer cruce del Holstein con el Cebú y podemos hacer cálculos, podemos hacer cálculos; y sabemos la cantidad de leche que se va a producir, como las cantidades de frutas, sabemos cuántas matas de café estamos sembrando. Llegará un momento, señores, llegará un momento en que podremos decirle también al pueblo: ‘El café que quieran vayan a buscarlo al mercado gratuitamente’ […] les voy a decir una cosa: el nivel de nuestra técnica agrícola entre los pequeños agricultores está más o menos igual que cuando Diego Velázquez empezó la colonización de este país; la agricultura nuestra, nuestra pequeña agricultura, salvo excepciones, tiene el nivel técnico de hace cuatro siglos, ¡de hace cuatro siglos! […] Vamos a darles duro a los yankis revolucionando nuestra agricultura, superando nuestro atraso, tecnificando nuestra agricultura, porque el golpe más doloroso que van a recibir los yankis es cuando sepan que […] a pesar de su bloqueo, a pesar de sus agresiones, hemos superado todos los problemas, liquidamos la libreta y resolvemos los problemas del abastecimiento”.

Apelando al plural mayestático, concluyó sus lecciones a los campesinos como quien sienta cátedra tras haber vuelto del absoluto de sí mismo: “[…] tenemos el propósito de demostrar que en el campo del desarrollo de la economía y en el campo de la construcción del socialismo y del comunismo, el camino que nosotros estamos siguiendo es el camino más correcto, es el camino más revolucionario”.

Ya sabemos lo que sucedió cuarenta años después de aquella promesa, y lo que sucede hoy, sesenta años después, cuando la agricultura del país sigue estando “más o menos igual que cuando Diego Velázquez empezó la colonización”.


En cualquier país es normal que los políticos hagan promesas que no siempre se cumplen, y eso puede ser decepcionante. Pero los políticos, cínicos o no, saben que sus programas y propuestas serán confrontados no solo por la realidad que no pueden controlar, sino también por otras fuerzas políticas que actúan en la sociedad con las cuales deben debatir, buscar consensos y convivir.

El marxismo-leninismo no es una doctrina política pues no pretende competir con otros en este campo, es una ideología surgida de la presunción de haber descubierto “la verdad científica” que pone fin a los males terrenales. Afirma haber visto la “verdad” que los demás no ven pero también necesitan, aunque no lo sepan. Por eso se apela a las revoluciones radicales, único modo de imponer aquella “verdad” descubierta una vez y para siempre. Todo lo que no sea esa “verdad” es malo y erróneo, de ahí que no admita el debate, el cuestionamiento, el consenso ni la convivencia con una visión diferente del mundo. Nunca fue concebida como una doctrina que sirve de guía para avanzar con flexibilidad y ajustarse en el camino, sino como medio y fin al mismo tiempo. Es una “verdad” que se agota en sí misma y se devora a sí misma.

Esa falsa verdad y fundamentalismo ideológico, ese saberlotodo es la causa de los males sociales y económicos que Cuba ha arrastrado por décadas, aunque hoy los ideólogos no se atrevan a hacer promesas como las hizo Fidel Castro.

El bloqueo económico, o embargo, dependiendo de quien se refiera a las sanciones económicas de Estados Unidos, ha tenido y tiene ciertamente un peso grande en determinados aspectos de la vida nacional. Personalmente creo es “injusto y éticamente inaceptable” como dijera san Juan Pablo II, porque separa y divide, porque los verdaderos afectados son los ciudadanos comunes y se ha convertido, indirectamente, en magnífico complemento de las abrumadoras restricciones internas. Pero esas medidas impuestas desde fuera no son el causante principal de los males. El propio Fidel Castro, en el discurso mencionado, estaba seguro que todos los éxitos se lograrían “a pesar del bloqueo”.

Con el tiempo, en ciertos aspectos Fidel Castro se tornó menos ideologizado y más pragmático, aunque no pestañara en defender y aplicar a diestra y siniestra el modelo socialista totalitario de estilo soviético, pero ya con su sello personal. Tuvieron que pasar casi tres décadas más para que reconociera ante el periodista Jeffrey Goldberg que “el modelo cubano no funciona ni siquiera para nosotros”, según el texto publicado en The Atlantic el 8 de septiembre de 2010. Hubo después intentos de “aclarar” lo declarado, pero fue inútil.

Que “el modelo cubano” marxista-leninista-fidelista no funciona lo ratifican, en cierto modo, los documentos Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista, y el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social hasta 2030, aunque sean solo textos saturados de infinitivos sin ejecución práctica. Porque la metástasis del lastre ideológico del modelo, ha penetrado hasta la pituitaria de la burocracia gubernamental cubana incapacitándola para poner en práctica las medidas positivas que ella misma propone.

Fue Raúl Castro quien levantó expectativas en la población al criticar el marabú y la falta de leche para los mayores de siete años; al barrer con el corrupto aparato de la “batalla de ideas”; al promover la repartición de tierras en usufructo; y al denunciar públicamente la intromisión del Estado en las relaciones entre los individuos, realmente una novedad. Fue él quien eliminó el “permiso de salida” y defendió a los trabajadores por cuenta propia. Fueron todos estos pasos, buenos para el país, los que atrajeron la mirada del mundo y condujeron a las relaciones con Estados Unidos. Pero no eran buenos para los ideólogos, porque con la independencia ciudadana decrecía su poder. De modo que no continuó, no pudo, no quiso y comenzó la regresión.

Ese es el problema ideológico del gobierno cubano, convertido en prisionero de sí mismo, atrapado en el absurdo de aquella delirante y falsa “verdad”. Porque cuando el virus del marxismo-leninismo-fidelismo entró en agonía y solo quedó el espanto, cuando ya no hubo atractivo ni en los símbolos, la clase dirigente se ofreció a sí misma como única “verdad”, nueva forma de expresión ideológica ella misma, elegida por el destino para demandar la resistencia en la desesperanza. Por ello, ante la urgencia de elegir entre la continuidad de una postura ideológica que no acepta otra verdad que la del “modelo que no funciona”, o una decidida renovación que logre la prosperidad ciudadana, ha elegido, hasta hoy, la continuidad.

Esta distorsión total del ejercicio del poder detuvo el presente, despreció el pasado e intenta detener el futuro, siempre inasible. Imposible ocultar el estancamiento y la desolación. Sin embargo, no tiene que ser más así, no debe ser así. Basta tener el coraje de poner en práctica las medidas prometidas y después cultivar lo no cultivado durante décadas: un ideal de país, más importante y útil que un país ideologizado.

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