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  • Orlando Márquez

EL “SUICIDIO ASISTIDO” DE CHIBÁS

“Chibás no quería morirse”, me dijo un día Juan Emilio Friguls mientras conversábamos en un salón del arzobispado de La Habana. En los últimos años de su vida conversamos varias veces en aquel lugar que él había frecuentado en múltiples ocasiones cuando era un joven periodista, católico y cercano al clero y la jerarquía eclesiástica antes de 1959. “El que quiere suicidarse con una pistola -continuó Friguls su reflexión- se dispara a la cabeza, no a la barriga”.

Este 16 de agosto se cumplen setenta años de la muerte de Eduardo “Eddy” Chibás, fundador y líder del Partido del Pueblo Cubano, más conocido como Ortodoxo, cuyo accionar en el periodo republicano yace en la historia contada hoy como un retrato boca abajo. Involuntariamente recuerdo mi diálogo con Friguls, testigo primero de tantos episodios de nuestro siglo veinte.

Para la mayoría de los cubanos, en un ambiente político violento y corrompido, Eduardo Chibás era la esperanza política del país. Su lema “Vergüenza contra dinero” había captado atención popular y se convirtió en el candidato presidencial con más probabilidades de ser elegido en las elecciones previstas para 1952. Pero aquella tarde del domingo 5 de agosto de 1951, mientras se dirigía a la estación de radio en CMQ, sabía que su carrera política había concluido. Y esto debido a una disputa pública iniciada semanas atrás con el ministro de educación, Aureliano Sánchez Arango, a quien acusó de haber robado grandes sumas de dinero para invertirlo en propiedades en Guatemala. Prometió que mostraría las pruebas también públicamente, pero no había tales pruebas y no pudo cumplir su promesa.

Eduardo Chibás en uno de sus programas radiales. / Foto tomada de internet.

Aquella acusación constante de Chibás contra políticos corruptos, usualmente en el programa radial que tenía cada domingo en la tarde, le convirtieron en un verdadero influencer adelantado a nuestra era digital. Como hábil político y comunicador, supo aprovechar el alto consumo radial de una porción amplia de la población y terminó por obligarse a sí mismo a sostener una arenga moralista de entrega por capítulos, para algunos auténtica y para otros demagógica, en una Cuba que no hallaba acomodo social a pesar de haber celebrado ya varias elecciones presidenciales en su breve periodo de independencia y democracia.

Avergonzado por no poder cumplir su promesa pública, Chibás decidió cometer acto de suicidio del modo más sonado que pudiera pensarse: en vivo durante la trasmisión radial. Esperaba así agitar la conciencia pública contra el gobierno y los corruptos.

La historia más difundida narra que, al concluir su mensaje, Eduardo Chibás hizo un dramático llamado: “¡Pueblo de Cuba despierta! ¡Este es mi último aldabonazo!”, tras el cual disparó el arma contra sí mismo. Pero Friguls me dijo que el clamoroso llamado al pueblo cubano y el disparo solo pudieron oírlo los que estaban en el estudio de radio, no el pueblo, porque Chibás había consumido ya su tiempo y fue retirado del aire. Los cubanos sintonizados escucharon un comercial mientras Chibás atentaba contra su vida.

“Pero murió como consecuencia de ese disparo, se suicidó de verdad”, le dije a Friguls en nuestra conversación. “¡Claro que tenía que morirse si lo mataron en el hospital! El intento de suicidio fue real -agregó- porque Chibás tenía realmente un concepto del honor y no había podido cumplir su promesa. Por razones de mi trabajo yo iba dos veces al día a recoger el parte médico. Chibás rebasó la operación primera, a pesar de haberse perforado los intestinos. Pasaban los días y los médicos ya estaban más confiados. Date cuenta que él muere diez días después del intento de suicidio, cuando el peligro mayor había pasado”. La noche del 15 de agosto, bien tarde, Friguls pasó una tercera vez por el hospital “por casualidad”, fue así testigo del agravamiento repentino de Chibás y el posterior informe médico de su muerte en las primeras horas del 16 de agosto, lo que le permitió ser el primero, o de los primeros, en reportarlo.

Obviamente le pregunté cómo era eso de que lo habían matado, quién, por qué. A pesar de estar solos en el salón del arzobispado, acompañados únicamente por el retrato del cardenal Manuel Arteaga, Friguls me habló en susurros, como si el retrato, u otra persona tras las paredes, pudiera oírlo: “Fueron los del pesepé. Eso no se publicó, pero yo lo sé.”, reveló finalmente. Según su versión, para mí inesperada, los principales líderes del Partido Socialista Popular (antes Partido Comunista), no querían que saliera vivo de allí. “Ellos sabían que Chibás iba a ganar en las elecciones y no se sentían seguros con él en la presidencia”. Los líderes del PSP eran blanco frecuente de sus críticas.

A pesar de no haber demostrado su acusación y el intento de suicidio, la imagen pública de Eduardo Chibás creció con cada día de lucha por su vida. Aunque su mejoría era constante, debía ser tratado con anticoagulantes para eliminar trombos intestinales y esto supuestamente dio la oportunidad a los del PSP, quienes habrían ordenado a sus militantes secretos en el hospital y con acceso directo o indirecto al convaleciente, aumentar la dosis de anticoagulante y provocar el sangramiento incontrolable que produciría la muerte.

Únicamente de Juan Emilio Friguls escuché semejante historia, tan difícil de probar como las acusaciones contra Sánchez Arango. Sin embargo, la información que Friguls tenía sobre la vida republicana política, social y religiosa, era tan real como su esquelética figura. Cierto o falso, las acusaciones permanentes y aquel posible “suicidio asistido” de Chibás contribuyeron, como tantos otros actos de los otros partidos políticos, a enturbiar los destinos de Cuba. Su muerte solo ayudó a los enemigos de la democracia: facilitó el golpe de estado y la implantación de una dictadura militar, la posterior guerra civil y la imposición de otra dictadura que prometió cerrar el ciclo revolucionario martiano, todavía abierto.

Hay varios modos de atentar contra la democracia, siempre generosa y siempre frágil.

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