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  • Orlando Márquez

ELECCIONES 2020: LOS PRONÓSTICOS Y LA CERTEZA

Hace muchos años, durante una conferencia, escuché del profesor Humberto Galis-Menéndez y Mateo de Acosta un pronóstico atribuido al “Ché” Guevara, según el cual, por su desarrollo tecnológico, Estados Unidos sería el primer país en llegar al comunismo.

El doctor Galis-Menéndez, como se le conoció en Cuba, fue uno de aquellos tres eruditos panelistas que iniciaron el programa televisivo de conocimientos Escriba y Lea. Cuando refirió el pronóstico del guerrillero no dijo si lo compartía. A mi me sonó a pura ficción, sobre todo en aquel momento cuando se afirmaba que ya la Unión Soviética creaba las bases materiales para dar el salto al comunismo, pero, al parecer, ni el “Ché” Guevara se lo creía. Y ninguno de los dos pudo ver que todo aquello se fue a… la historia.

Nunca más oí hablar sobre tal posibilidad, hasta el presente. Algunas voces republicanas en los mismos Estados Unidos, alertan que los candidatos demócratas pueden conducir el país hacia el socialismo-comunismo. Entre los demócratas se escuchan voces sugiriendo que otros cuatro años de “trumpismo” destruirían la democracia en este país.

Yo pienso que no ocurrirá ni una cosa ni otra. Es cierto que hay cabezas calientes y extremistas de uno y otro lado, y vándalos oportunistas al acecho de cualquier protesta justa para desatar su patología social. Sin embargo, hay un elemento muy enraizado en la sociedad más poderoso que esos extremos, más poderoso incluso que las ideologías de ambos partidos. Se trata de aquella experiencia que es a una vez fundamento, columna y cubierta del templo institucional del país, su sistema de gobierno y la misma cultura popular, no siempre bien aplicada, pero persistentemente al alcance de todos cualquiera sea su interpretación: la libertad.

No imagino un presidente en este país interviniendo empresas petroleras, ordenando la distribución de dos hamburguesas McDonald´s por persona cada mes, encarcelando legisladores opositores y finiquitando la Décima Enmienda y por tanto toda la Constitución. Creo que también hay ficción cuando se pronostica que, con la próxima elección, podrían desaparecer los Estados Unidos de América que conocemos hoy.

José Martí supo captar ya en el siglo XIX esta certeza de la libertad. Me pareció interesante releer en estos días su crónica del 2 de julio de 1886 para el periódico La Nación de Buenos Aires, Argentina, sobre los violentos enfrentamientos entre ciertos obreros y la policía, ocurridos en mayo de ese año en Chicago. Hoy también vemos eventos similares por otras razones, porque el contexto social y político puede cambiar, pero la naturaleza humana no. Su descripción sobre lo acontecido es fotográfica, pero me resulta más interesante su análisis lúcido sobre los protagonistas y el entorno que compartían.

Una huelga en reclamo de la jornada laboral de ocho horas, ley sancionada y firmada antes por el presidente Andrew Johnson pero ignorada por los empresarios industriales, es contaminada por una mezcla explosiva de socialistas y anarquistas, mayormente inmigrantes europeos en Cincinnati, Milwaukee pero sobre todo en Chicago, epicentro de las cruentas confrontaciones. Al parecer estos inmigrantes, a diferencia de los trabajadores originarios del país, en sus justos reclamos no fueron capaces de distinguir la diferencia entre los imperios y monarquías europeas donde nacieron y la república que los recibía. Así lo describió Martí:

“En Alemania, bien se comprende, la ira secular, privada de válvulas, estalla. Allá no tiene el trabajador el voto franco, la prensa libre, la mano en el pavés, allá no elige el trabajador, como elige acá, al diputado, al senador, al juez, al Presidente: allá no tiene leyes por donde ir, y salta sobre las que le cierran el camino: allí la violencia es justa, porque no se permite la justicia.

”Esos alemanes, esos polacos, esos húngaros, criados en miseria y en la sed de sacudirla, sin más cielo sobre las cabezas que el tacón de una bota de montar, no traían, al venir a esta tierra, en los bolsillos de sus gabanes blancos, en sus cachuchas, en sus pipas, en sus botas de cuero y sus dolmanes viejos, aquella costumbre y fe en la libertad, aquel augusto señorío, aquella confianza de legislador que pervade y fortalece al ciudadano de las repúblicas: traían el odio del siervo, el apetito de la fortuna ajena, la furia de rebelión que se desata periódicamente en los pueblos oprimidos, el ansia desordenada de ejercitar de una vez la autoridad de hombres, que les comía el espíritu, buscando salida, en su tierra de gobierno despótico.

”Lo que allí se engendró, aquí está procreando. ¡Por eso puede ser que no madure aquí el fruto, porque no es de la tierra!”

Al final, relata Martí, el peso de los sindicalistas nacionales moderados y dialogantes se impuso y se rebajaron las horas de trabajo, por esa “tendencia al arbitramiento general, la atención al gran problema, la fe en la sensatez pública, y como cierto legítimo orgullo, que ya se nota, de ver cómo el aire de la libertad tiene una enérgica virtud que mata a las serpientes”.

Es muy importante cuidar la libertad individual responsable, promover la sana convivencia y la justicia social, único modo de evitar los excesos y las serpientes que sí propiciaron en otros países, como Cuba, la cosecha de un socialismo de tipo marxista y totalitario. Porque “sólo los que desesperan de llegar a las cumbres -también aseguraba Martí-, quieren echar las cumbres abajo. Las alturas son buenas, y el hombre tiene de divino lo que tiene de capaz para llegar a ellas; pero son propiedad del hombre las alturas, y debe estar abierto a todos su camino”.

El 3 de noviembre próximo una propuesta política ganará y otra perderá, según las reglas, pero ese es solo un momento en el proceso democrático. El otro momento, más importante y necesitado siempre de protección, ocupará el espacio de tiempo entre esta elección y la siguiente.

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