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  • Orlando Márquez

LA INQUIETUD DEL PADRE OBISPO

Hace unos días pude ver un cartel conmemorativo por otro aniversario de la muerte de quien fuera obispo de Santa Clara, Cuba, Monseñor Fernando Prego Casal (1971-1999). Falleció el 9 de enero de 1999 en su diócesis. Un año antes tuvo el privilegio de recibir a san Juan Pablo II para la primera misa pública que ofició un Papa en Cuba, el 22 de enero de 1998. Aquella eucaristía estuvo dedicada a las familias cubanas y se celebró en un llano próximo a la Loma del Capiro, en los terrenos del Instituto Superior de deportes.


Monseñor Prego recibe a Juan Pablo II en Santa Clara, el 22 de enero de 1998.

Al pensar en monseñor Prego, “el padre obispo” para sus diocesanos, no puedo evitar el recuerdo de su desasosiego cuando las autoridades locales le propusieron que aquella misa papal fuera celebrada en la Plaza de la Revolución “Che Guevara”.

Como responsable de la oficina de prensa de la Iglesia, yo era parte de la Comisión preparatoria conjunta del Gobierno y de la Iglesia. La rigurosidad en la preparación de una visita pontificia demanda inspeccionar los trabajos preparatorios en las diócesis que visitará el Papa cuantas veces sea necesario; en algún momento participa también el mismo responsable de los viajes pontificios fuera de Italia, quien vuela al lugar desde Roma con otros de su equipo. Por aquella época, el responsable de los viajes del Papa era el sacerdote jesuita Roberto Tucci, un hombre práctico y muy capaz, quien había dirigido antes La Civilttá Catolica y Radio Vaticana.

En un viaje de inspección, volamos todos juntos desde La Habana para visitar las otras diócesis que recibirían al Papa: Santa Clara, Camagüey y Santiago de Cuba. Al llegar a Santa Clara, en el mismo aeropuerto, nuestro grupo fue recibido por Miguel Díaz-Canel, entonces primer secretario del Partido Comunista en la provincia, y otros funcionarios locales. Allí estaba también monseñor Prego acompañado de varios sacerdotes. La cara del padre obispo era de angustia, y apoyado en su bastón se movía nervioso e inquieto.

Monseñor Prego había preparado una reunión inicial en el obispado con el grupo de la Iglesia, previa a la reunión de la Comisión con las autoridades locales para revisar los preparativos. Sin perder su compostura episcopal, pero en un lenguaje que denotaba su sufrimiento interior y la necesidad de ayuda de los presentes, monseñor Prego nos dijo que las autoridades provinciales le habían propuesto recientemente, con insistencia y de un modo que no dudaba quería ser conclusivo, que la misa tuviera lugar en la Plaza Che Guevara y no en la Loma del Capiro, como ya se había discutido inicialmente. Le inquietaba, y con razón, las interpretaciones o consecuencias de una misa papal en aquel lugar con una significación ideológica propia tan fuerte y alejada del mensaje cristiano, lo cual podría alterar todo el sentido religioso de la celebración.

El padre obispo, hombre bondadoso y particularmente sensible ante los sufrimientos humanos y los padecimientos absurdos del día a día, no manifestó resentimiento contra el entonces primer secretario del Partido ni su equipo. Fue Miguel Díaz-Canel quien, después de no poca insistencia del obispo y por las razones que hayan sido, entregó en 1995 a monseñor Prego la gran estatua de mármol de la Inmaculada Concepción que alguien ordenó, en una madrugada y como quien comete un crimen, arrancar de su pedestal a la entrada de la ciudad poco después del triunfo revolucionario. Redescubierta accidentalmente a mediados de los ochenta sepultada en un charco fangoso, fue escondida nuevamente durante otra década por las autoridades provinciales hasta que fuera complacida la solicitud del padre obispo, quien la colocó frente al portón de la Catedral, donde permanece con sus daños y manchas indelebles, como huellas del ultraje. Le llaman la Virgen de la Charca.

Para las nuevas generaciones de cubanos, también para muchos en el mundo, la figura del Che Guevara es presentada, y asumida, como la de un santo y mártir por la causa de la justicia, un ideal de ser humano. Pero no pocos en Cuba vivieron experiencias distintas con el guerrillero argentino, y para ellos ha sido más bien una pesadilla inhumana.

El padre Tucci escuchó al obispo sin ser conclusivo, dejándolo todavía en la angustia. Su estrategia no se limitaba a una celebración, sino a toda la visita –programada inicialmente para inicios de los noventa y suspendida abruptamente por el Gobierno–, su alcance, sus consecuencias para la Iglesia local y universal, y aún su proyección en ámbitos no católicos.

La carga ideológica de la propuesta gubernamental era mucho mayor si se piensa en el momento propio de la visita. A los treinta años de su muerte, los restos del Che Guevara y varios de los que murieron con él en Bolivia, fueron repentinamente encontrados y trasladados a Cuba tres meses antes de la llegada del Papa, en medio de los preparativos de la visita, la gran misión eclesial nacional puerta a puerta y otras motivaciones religiosas de cada diócesis. Los restos fueron colocados en un memorial ubicado en el interior del monumento que domina la plaza, bajo la imponente estatua de bronce.

Obviamente todo fue calculado. Los restos de los guerrilleros no habían aparecido por casualidad ese año. Desde hacía tiempo, varias fuentes bolivianas habían hecho saber a las autoridades cubanas el lugar exacto donde estaban enterrados. En una ocasión, para asegurarse de que su mensaje llegaba al destinatario, esas fuentes dieron la información a obispos bolivianos para pasarlo a los obispos cubanos, con la finalidad de que también estos lo hicieran saber al Gobierno de la Isla, y así se hizo. Pero alguien decidió que el mejor momento para resucitar la memoria del Che Guevara era aquel en que coincidían los treinta años de su muerte con la preparación de la visita del Papa, Sumo Pontífice de Dios en la tierra, quien podría bien celebrar una misa en aquel otro templo, el de la Revolución, en el altar del guerrillero.

No solo monseñor Prego estaba pendiente del padre Tucci mientras recorríamos la plaza, también las autoridades, quienes a cada paso daban nuevos detalles de la conveniencia del lugar incrementando la visible inquietud del padre obispo. El padre Tucci llamó a su asistente y caminaron solos por el lugar observando y conversando en privado.

Minutos después, el sacerdote jesuita regresó con su respuesta. Dijo que el lugar tenía, en efecto, muy buenas condiciones para un gran evento. Y añadió palabras que cito libremente: “Sabemos que el Che Guevara fue consecuente con sus ideas y supo morir por ellas, y es muy respetado en Cuba y otros países de América Latina. Sin embargo, es una figura muy controvertida. No podemos poner al Santo Padre en una situación que trasmita un mensaje de confusión a los católicos, ni de Cuba ni del mundo”.

Mientras hablaba, monseñor Prego se relajaba, como quien pierde un peso enorme. Las autoridades del gobierno aceptaron serenas las palabras del padre Tucci.

Altar levantado en Santa Clara para la misa presidida por san Juan Pablo II el 22 de enero de 1998.

La primera misa de San Juan Pablo II en Cuba se celebró así en los terrenos de la escuela de deportes de Santa Clara, a los pies de la Loma del Capiro, y el papa ofició en un altar en forma de bohío criollo construido para la ocasión. Monseñor Fernando Prego, el padre obispo, era el más feliz aquella mañana. Desde aquel altar, que es para mí el más hermoso y mejor logrado de todos los construidos en Cuba para las visitas de los tres papas, san Juan Pablo II lanzó a la nación un llamado que no ha perdido vigencia: “¡Cuba: cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón!”.

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