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  • Orlando Márquez

Caen estatuas


En el tren de las protestas contra el racismo y la violencia excesiva de la policía, iniciadas tras la muerte de George Floyd a fines de mayo en Minneapolis, se han subido también rencores por largo tiempo acumulados y personas violentas a la espera de oportunidades para actuar. Con las demoliciones de estatuas en varias ciudades de Estados Unidos, pareciera que también se pretende reescribir la historia y reivindicar el pasado.

Después de las demoliciones o removidas de los monumentos a los confederados, tocó el turno a Cristóbal Colón y alguna que otra figura española de la época de la conquista, porque sus detractores dicen que son un memorial al daño y sufrimiento de los pueblos nativos. Hasta un monumento a Miguel de Cervantes fue atacado con pintura roja, aunque no se le conociera ningún vínculo con la esclavitud, salvo los cinco años que pasó él mismo como esclavo en Argelia.

Dice Fray Bartolomé de las Casas en su Historia General de Indias, que el Almirante convirtió indios en esclavos porque creía que así complacía a los reyes cuando ya perdía su atención. En la misma obra, sin embargo, el propio Las Casas reconoce que, para evitar la esclavitud y exterminio de indios, aceptó y promovió la propuesta de varios labradores de la isla Española para traer negros esclavos de Castilla que sustituyeran a los indios libres. Después comprendió su error y se arrepintió, pero no pudo revertirlo. La historia es más compleja de lo que algunos piensan. Juzgar con criterios de hoy lo acontecido en aquella compleja época puede ser desacertado. Solo en el contexto de una sociedad esclavista se puede comprender lo anterior, o que incluso hubiera negros libres dueños de negros esclavos, o que otros africanos se aliaran con europeos para capturar a sus coterráneos de otras tribus.

Por qué tendría que marcar el dolor de la esclavitud de modo tan particular al África negra, es una pregunta que no sabría responder. Pero antes que los europeos se especializaran en el comercio de esclavos africanos hacia América, los árabes habían abierto una ruta que ascendía desde el sudeste del continente hasta Egipto, el Medio Oriente y otros territorios tocados por el océano Índico. Y esta entrega de vergüenza controlada fundamentalmente por musulmanes, se prolongó desde el siglo XII hasta el XX, cuando los últimos llegaron a Libia en 1913. Sin dudas hay dolor en el cimiento de las civilizaciones.

Pero los promotores de estos destrozos, ajenos ya al movimiento inicial contra el racismo, al parecer quieren más. En San Francisco, California, a plena luz del día, echaron abajo una estatua de san Junípero Serra, el fraile evangelizador y fundador de misiones, dicen que el cristianismo dañó sus cultos. Si pudieran, probablemente harían lo mismo con su estatua conservada en el Capitolio en Washington. También en San Francisco, estatuas de Francis Scott Key y Ulises Grant han caído. El primero, autor del himno nacional, porque en su tiempo defendió la esclavitud, y el segundo, aunque general líder de la guerra civil que puso fin al esclavismo del sur y fue después presidente que luchó contra el KKK, porque tuvo un esclavo antes de la guerra y promovió la expansión hacia el oeste en detrimento de los indios americanos.

Como miembro de la Comisión de Historia para la beatificación de los mártires de la Florida, supe que muchos de aquellos cristianos, tanto misioneros franciscanos como indios conversos, murieron a manos de indios de tribus enemigas, aliadas de los ingleses que querían expulsar a los españoles de la península. Si los indios descendientes de aquellos mártires quisieran reivindicar su pasado, sin dudas tendrían que denunciar a esas otras comunidades indígenas también originarias y enemigas en el pasado.

Los males sociales no desaparecen solo con la denuncia o la demolición de estatuas. La destrucción de símbolos, con argumentos válidos o no, difícilmente pase de ser otro acto simbólico. Las protestas reivindicativas debieran promover el encuentro y aun la revisión de historia si alguien considera que esta no ha sido bien escrita o alterada, para que los errores e injusticias pasados no se repitan. Pero cuando no se busca el encuentro y la convivencia, aun desde las diferencias, solo se promueven la separación y el temor, el odio y la deshumanización.

En la película Da 5 bloods, estrenada días atrás en Netflix, hay un diálogo obviamente concebido y escrito mucho antes del actual derribo de estatuas, y sin embargo suena estremecedor en estos días: “No hay nada más precioso que la independencia y la libertad. Así dijo nuestro tío”, comentó el joven guía a los cuatro veteranos negros que regresan a Vietnam en busca del botín escondido décadas atrás. “¿Qué tío?”, pregunta uno de los veteranos, y el joven responde “Tío Ho Chi Min. Padre de nuestro Vietnam moderno. ¡Como George Washington para ustedes!”. “Mi querido y desinformado hermano vietnamita -riposta el veterano-, nuestro ‘tío George’ tenía ciento veintitrés esclavos.”

Me pregunto si caerán estatuas de George Washington.


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