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  • Orlando Márquez

CURA DE CAMPO


“Cuco” me envió esta foto. “Cuco” es Pedro Jesús, el mulato joven y fornido que aparece al frente, sentado en primera fila. Completa la imagen un grupo de adolescentes y jóvenes alrededor de nuestro párroco de entonces en San Agustín, La Habana, a inicios de los años ochenta: Carlos Manuel Fortuna Pérez y Rodríguez, para nosotros el padre Carlos o, como le gustaba le dijeran, el cura.

Una foto es capaz de remover el fondo del cajón, reactivar el disco duro. Entonces ya no vemos solo la gente que aparece en la foto y más bien empezamos a recordar sus historias, de dónde vinieron, cómo llegamos a conocerlas, cómo fue nuestra relación, qué experiencia compartimos.

Recuerdo esos rostros, los nombres de algunos no los encuentro por más que escarbe. La memoria no es tan fiel como la foto. Pero sé que ese era el grupo de adolescentes a quienes daba catequesis en aquel tiempo. Tal vez otros del grupo no recuerden tampoco el nombre de quien está a su lado, tal vez, pero de seguro no olvidan al cura de sotana sentado en medio.

Inolvidable padre Carlos. A todos nos dejó un recuerdo grato: un abrazo paternal, una cachetada suave, una pequeña ayuda financiera, o un “mijito ¿qué te pasa?”. En su mesa nunca faltaron espacios y platos disponibles por si alguien aparecía a última hora, de casualidad o de modo intencional, daba igual, lo mismo jóvenes que adultos, negros y blancos, limpios o sucios. Su generosidad no tenía límites. No daba lo que le sobraba sino lo que se quitaba, literalmente, como en aquella ocasión en que, protegido por su sotana, se quitó los pantalones nuevos para regalarlos a uno que llevaba los suyos rotos.

Divertido y bromista también era, un adulto con sotana y cruz al pecho que nunca dejó morir al niño que una vez fue. Hasta en la misa buscaba momentos para generar alegría sin dañar el rito. Le gustaba iniciar la misa aspergiendo el agua bendita a derecha e izquierda, avanzando por el pasillo central desde el fondo hasta el altar. Un día decidió cambiar -aunque nunca para las misas solemnes- el aspersorio por un pequeño frasco plástico, de esos que se aprietan para que el contenido salga por el orificio que tienen en la tapa y así, con el brazo levantado, enviaba el sagrado líquido por los aires. Claro que el instrumento no era el mismo, pero el contenido seguía siendo agua bendita y la presión del chorro dependía de él: para niños o jóvenes, un chorro bien dirigido, también para aquellas ancianas de maquillajes abundantes. Nadie se ofendía. Dios nos sonreía con aquel cura, sin disminuir la sacralidad que exigiera cada momento.

No puedo olvidar aquel domingo, poco antes de comenzar la misa, cuando una de las señoras designadas para una lectura subió al presbiterio y llegó hasta el ambón a revisar el texto. La recuerdo bien, una anciana solterona pero presumida que iba cada domingo a misa muy maquillada, con peluca y tacones altos ya peligrosos para su edad. Revisó el texto y se dispuso a regresar a su asiento, pero calculó mal los pasos, se saltó un escalón y cayó a todo lo largo unos tres metros hasta dar contra el reclinatorio del primer banco. En la caída, la peluca se desprendió y voló en otra dirección. Tanto el padre Carlos como yo estábamos cerca y acudimos a ayudarla. Afortunadamente no tenía fracturas y mientras yo la levantaba, vi que él no podía controlar la risa. Me miraba e intentaba apretar los labios, pero le era imposible y yo le miraba un poco confundido. Para concluir la operación rescate, optó por colocar él mismo aquella peluca color caoba en la cabeza de la señora, pero sin mirarla, porque no podía sostener la vista sobre la pobre mujer, y vi cómo el rostro de la dama desapareció de pronto, por unos breves segundos, detrás de la cabellera desajustada, hasta que ella misma, con estilo y destreza, hizo girar el artificio y pude ver nuevamente sus facciones. La acompañamos al banco y yo evitaba mirarlo, pero seguía oyendo su frase incontrolada y casi de ventrílocuo: “¡La peluca! ¡La peluca!”. A mí no me sucede, pero comprendo que algunas personas no pueden evitarlo y él era una de esas, también para reírse de sí mismo.

Sí, era bromista y alegre sin dejar de ser párroco y hombre de fe. Aquel cura nos cambió, nos hizo mejores, nos enseñó a amar la vida y la Iglesia a pesar de las adversidades, a buscar siempre el lado bueno de los acontecimientos y las personas. También cambió la vida de nuestra parroquia, creó comunidad, logró que los jóvenes se interesaran por los mayores y que estos no fueran ajenos a la vida y empeños de los más jóvenes.

Diría que cambió, en parte, la vida del mismo barrio. Había sido por muchos años párroco en Catalina de Güines, era “cura de campo”, como decía él, pero desde que llegó como párroco a San Agustín, a fines de la década del setenta, comenzó a tocar las campanas que habían permanecido mudas por años, media hora antes de la misa. El rumor de las molestias por aquellas campanadas inusuales un domingo a las 7:30 a.m., se extendió por todo el barrio. Durante un tiempo fueron continuas las llamadas ofensivas al teléfono de la parroquia. Nada lo hizo cambiar: “la Iglesia llama a misa”, decía. Una “santa provocación”.

Como lo eran también sus andanzas a pie con aquella sotana negra por el territorio parroquial, en plena ciudad y en momentos de ateísmo oficial. Desde Kohly hasta Buenavista, atravesando la Sierra o Alturas de Almendares, para ver enfermos, dar la extremaunción o una simple visita a sus parroquianos. Aceptó las burlas iniciales de niños y adultos, pero aquella imagen anacrónica se fue haciendo habitual, común y, con los años, cercana y familiar. Muchos de ellos le invitaron después a su casa a ver un enfermo.

No era ilustrado, él lo sabía y nosotros también, pero su sencillez y confianza en Dios fueron suficientes para hacerlo nuestro referente y guía espiritual. Eso precisamente era lo que necesitábamos, nada más.

Se le extrañó mucho en San Agustín cuando fue trasladado a Nuestra Señora del Pilar a inicios de los años noventa. Poco después, los parroquianos del Pilar le extrañaron también mucho cuando emigró. Pudo haber salido de Cuba mucho antes, y más de una vez, pero había decidido quedarse y servir allí a la Iglesia. Entonces, en aquellos años duros del todavía hoy sobreviviente “periodo especial”, le llegó el segundo infarto cardiaco. Le trataron de maravillas en la Covadonga, pero ante la escasez de recursos y medicamentos, el propio médico le aconsejó emigrar si le era posible. Pidió permiso al arzobispo y se vino a vivir a Miami, con su hermano también sacerdote, el padre Luis Pérez.

En la parroquia de San Lázaro, en Hialeah, lo visité una vez hace muchos años. Entonces le acechaba otra enfermedad, esa que devora por dentro de modo incontrolable. Estaba tranquilo y confiado. Poco después murió. No recuerdo la fecha. Ahora me interesa más cómo vivió que el tiempo que vivió.

Inolvidable padre Carlos, amigo, protector y párroco. Ofició en mi matrimonio, bautizó a mi hijo mayor y fue padrino de mi hijo menor. Estoy feliz de haberle conocido. Y también de estar ahí, en esa foto que “Cuco” me envió, atrapado en esa imagen con esos jóvenes, junto a nuestro “cura de campo”.

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