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  • Orlando Márquez

DE MIJAIL A MIGUEL

Actualizado: abr 24

La interrogante de si Díaz-Canel pudiera ser el Gorbachov cubano, ha revoloteado desde hace tiempo entre numerosas personas, y no solo cubanas. Por ahora, la similitud entre uno y otro es solo de nombre.

Hace años conocí a un académico cristianamente convencido de que, a mediados de la década de los ochenta del pasado siglo, la Divina Providencia había enviado al arcángel Miguel a iniciar una cruzada por la Unión Soviética para eliminar el comunismo totalitario del mundo. Así lo creía y lo decía, porque Miguel, Mijaíl en ruso, es el nombre del arcángel que, para la tradición católica, encabeza el ejército de Dios en la lucha contra el mal. ¿Quién sino Dios para poner fin, del modo menos esperado, a aquel proyecto social ateo y tiránico que demandaba adoración plena de los ciudadanos? Y es que, justamente, ese el significado de Miguel: “quién como Dios”.

Evidentemente, solo por llevar tal nombre uno no es obligado a ser cristiano.

Mijaíl Gorbachov, hoy con noventa años, no creo se vea a sí mismo como enviado divino, y sigue pensando en un socialismo posible. Gorbachov fue promovido dentro del Partido Comunista de la Unión Soviética por Yuri Andropov, anterior secretario general del Partido y dirigente del KGB (la gente del “aparato” tienen la información real de toda la sociedad), por su nivel intelectual y fidelidad al Partido. La idea de Andropov era eliminar la corrupción, destrabar la economía y mantener el rumbo soviético con mano firme. Gorbachov comprendió pronto que no era suficiente, que la complejidad del país necesitaba una restructuración más profunda y promovió la perestroika. Mas la perestroika no avanzaría mucho sin remover el marasmo y la apatía generados por la supercentralización y el estalinismo brutal que había agotado todo el sistema. Entonces promovió la glasnost, la transparencia, el diálogo, más autonomía y participación para motivar el compromiso ciudadano, cuyo sentimiento de auto marginación, obediencia y descompromiso, era endémico.

Sin dudas suena, cuando menos, ingenuo. Pero no deja de manifestar cierta ética. Gorbachov estaba convencido, como revela en sus Memorias de los años decisivos, de que el socialismo soviético necesitaba un “rostro humano”, lo cual implicaba modificar las estructuras no solo económicas, sino también políticas, sociales, culturales. No pudo lograrlo. Con el tiempo llegó a la conclusión de que la Unión Soviética era en realidad “un país donde la ideología comunista fue elevada al rango de ideología de Estado y donde las formas correspondientes de estructura social se impusieron por todos los medios de que dispone un régimen totalitario”. Para él, “el desmoronamiento del totalitarismo en la antigua Unión Soviética es la derrota de un sistema determinado al que se le llamó socialismo… aunque de hecho nunca llegó a ser socialismo”.

En una entrevista a la BBC en 2016, dejó entrever que pudo haber forzado la permanencia de las repúblicas en la Unión al estilo estalinista, aunque se generara una guerra interna, pero “no hubiera podido permitir que eso pasara. Renunciar fue mi victoria”. Sea traidor para unos y héroe para otros, con tales argumentos y actos podría ser absuelto por la historia.

Fidel Castro, como todos los que sintieron que el control podría perderse, consideró a Gorbachov traidor, no así muchos militantes comunistas de base que esperaban la llegada de la perestroika a la Isla. No solo no llegó la perestroika, sino que dejaron de llegar Novedades de Moscú y Sputnik, publicaciones que solían envejecer ignoradas en el estanquillo de periódicos hasta que aparecieron las ediciones que informaban sobre la perestroika en la Unión Soviética, los diálogos de Gorbachov con el presidente Ronald Reagan o los casi veinte millones de muertos provocados por Stalin. ¡No más!, decretaron los cuadros del Partido Comunista Cubano (PCC), quienes propusieron como respuesta el Proceso de Rectificación de Errores, popularmente llamado la “esperaestoica” y que posibilitó la continuidad de los errores.

Foto: Estudios Revolución / tomada de Granma digital.

No hay nada novedoso en el nombramiento de Miguel Díaz-Canel como nuevo primer secretario del PCC. Había sido anunciado tiempo atrás por el propio Raúl Castro. Es la continuidad.

Tampoco hay motivos para pensar que Miguel Díaz-Canel haya sido nombrado presidente, y ahora primer secretario del Partido, para profundizar las transformaciones económicas que tanto urgen al país y a los ciudadanos, o dar un rostro más humano al “socialismo cubano”. La continuidad no requiere hablar ya de prisas ni pausas, porque las reformas -incluida aquella que permitiría a los mayores de siete años tomar cada día un vaso de leche- las detuvo el propio Raúl Castro poco después de iniciarlas, aunque al anunciar su retiro formal en el Congreso del Partido haya dicho que lo hacía “con la satisfacción del deber cumplido”.

Continuar con las reformas podría traer beneficios a la población, pero debilitaría el control del PCC y eso no está en los planes. Miguel Díaz-Canel fue designado para continuar eso que llaman “socialismo cubano”, sin una filosofía e ideología específica más allá de un discurso que evoca sin cesar las épicas del Moncada, la Sierra Maestra o Girón. Como demostró la gran imagen que presidió el último Congreso, donde el antojo intentó trasmitir la supuesta coincidencia entre José Martí, Carlos Baliño, Julio Antonio Mella y Fidel Castro, todos junto a un simbólico número ocho, los fundadores del socialismo “científico” Marx, Engels y Lenin, ya no aportan ni importan al “socialismo cubano”.

Mijaíl Gorbachov intentó reformar un socialismo totalitario poderoso y fracasó. Miguel Díaz-Canel intentará continuar un socialismo totalitario debilitado ya fracasado según sus promesas iniciales, aunque todavía con capacidad de maniobra. Mijaíl supo elegir y cumplir su misión en esta vida, asumió riesgos y fracasos. Treinta años después, Miguel ha aceptado en Cuba una grave responsabilidad que demanda decisiones urgentes, por las cuales responderá solo él, por muy continuador de otros que diga ser. Los problemas del país pueden parecer minúsculos comparados con los de la inmensa Unión Soviética, pero el dilema es el mismo: mantener el control absoluto del Partido o promover el progreso económico y espiritual de todos.

Hasta hoy, la vida ha demostrado la imposibilidad de reformar lo que no es, por naturaleza, reformable, y que no es posible democratizar lo que no puede vivir en democracia. Pero ¿quién sabe sobre el mañana? No lo sabía Mijaíl, tampoco lo sabe Miguel. ¿Quién sino Dios?

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