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  • Orlando Márquez

EL PRECIO DEL DESPRECIO

Actualizado: 10 de dic de 2020

Fidel Castro aseguró al cardenal Jaime Ortega, durante un encuentro que tuvo lugar en marzo de 2001, que el objetivo de la llamada Batalla de Ideas que él mismo promovía no era perjudicar a la Iglesia, aunque las acciones dictadas por el Partido Comunista en La Habana y contenidas en un documento oficial que alguien había hecho llegar a manos del cardenal, indicaban precisamente eso.

El verdadero y único propósito de la Batalla de Ideas, según reconoció Fidel Castro al arzobispo de La Habana, era "ganar a los jóvenes para la Revolución". Esfuerzo inútil.

Han transcurrido poco más de veinte años desde que comenzara aquella Batalla…, una nueva generación de cubanos ha entrado en escena y la Revolución, o sus líderes, no logra atraer a los jóvenes en el modo que quisiera y necesita, mucho menos convencerlos de que las políticas que se aplican son realmente necesarias, justas y motivadoras.

Fidel Castro era consciente de la brecha entre las nuevas generaciones y el desactualizado programa revolucionario. Lo que para él fue una vez un sueño, para buena parte de las generaciones posteriores fue una pesadilla creciente. Ni siquiera los hijos, y otros descendientes de los máximos dirigentes del Gobierno, desean comprometerse con la propuesta desfazada de sus antecesores. Buena parte de ellos han emigrado o trabajan con firmas extranjeras radicadas en la Isla.

Lo ocurrido en San Isidro es solo una fracción del rechazo a las restricciones impuestas a los ciudadanos y que, en correspondencia con el momento, alcanzó gran difusión mediática. Y la imagen de los artistas plantados a la puerta del Ministerio de Cultura no tiene precedentes. Pero el reclamo de los intelectuales y artistas, y de muchos otros cubanos, para que se respeten su espacio y creatividad ha estado ahí por décadas, y no envejece ni se renueva con cada generación porque es siempre el mismo: libertad. Aquella intimidante afirmación inicial de Fidel Castro “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”, en la que solo él definía qué era su Revolución, logró su propósito por mucho tiempo, aunque nunca faltaron algunos rebeldes. Pero está claro que ya no funciona, porque la misma Revolución, tal como ha sido manipulada, no es lo que fue alguna vez.

En cada generación posterior a 1959, hubo muchos motivados por la leyenda narrada en una historia escrita por los triunfadores. Pero cuando aquella historia de los mayores se convirtió en un obstáculo para vivir la propia historia, la apatía se hizo inevitable, y la apatía se ha convertido en desprecio al discurso oficial. Esa es la verdadera causa del rechazo, también de la aceptación falsa e hipócrita, reforzado ahora con el portazo en la cara a quienes procuraban un diálogo abierto e incluyente. Quien propone el diálogo acepta la realidad del contrario, no es cierto que busque su destrucción, pero ni eso admiten. La Revolución devora a sus hijos, pero no puede evitar la indigestión que le provocan. Es el precio del desprecio.

Es patético que hoy, sin recursos ni riquezas para poner en manos de la población, sin argumentos políticos sólidos y convincentes, ni ideales motivadores cuando más se necesita el aporte de todos, como pionero envejecido sobre tarima en matutino escolar, el presidente del gobierno cubano solo pueda responder a los reclamos de diálogo con socialismo y continuidad. Continuidad de un socialismo que no tiene ya nada para socializar, si acaso el estancamiento económico, la pobreza, las restricciones y policías especiales. No son necesarias fuerzas externas para destruir lo que ya ha sido destruido desde dentro.

El corresponsal de Televisión Española en La Habana, José Manuel Martín Medem, recogió en su libro ¿Por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti? (El Viejo Topo, Madrid, 2005), la narración del cardenal Ortega sobre el antes mencionado encuentro de 2001 con Fidel Castro. El cardenal también dijo al periodista lo que pensó al escuchar la sorpresiva revelación del comandante: “Le escuchaba y pensaba que los pioneros terminarían llevando camisetas con leyendas estadounidenses como los jóvenes de todo el mundo… las ideologías empiezan anunciando un hombre nuevo y terminan en cemento y ladrillos. La Batalla de Ideas será solo reparación de escuelas y hospitales”.

También fue fuente de corrupción y oportunidad de mercado negro para sus jóvenes responsables, hasta que Raúl Castro la desmanteló. Pero no le faltaba razón al cardenal Ortega, los jóvenes han sido empujados a la acera opuesta. Y, con el tiempo, los ladrillos y el cemento se dedicaron casi de modo exclusivo a levantar hoteles de lujo para el turismo, mientras el deterioro y derrumbe de hospitales, escuelas y casas, alcanzó una velocidad de espanto. Hasta el espíritu mismo de la nación, gestado siglos atrás, cada día que pasa es herido por la incapacidad de quienes niegan la evolución en nombre de la Revolución.

Los reclamos y protestas continuarán mientras la gente no satisfaga sus naturales demandas y necesidades. Importarán cada vez menos los fusilamientos mediáticos y otros castigos, porque al paso del tiempo crece la diferencia de intereses que separa a las nuevas generaciones de aquella primera que ha envejecido y perdido gloria y credibilidad en las páginas del Granma. También crece la brecha entre el discurso oficial y la realidad, entre los dirigentes y los dirigidos. Debería mostrarse verdadero respeto a las nuevas generaciones, prestarles atención y dejarles vivir su historia. Inevitablemente, serán ellos quienes escriban mañana la historia de estos tiempos.

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