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  • Orlando Márquez

EL PROFE PETECO, EL PRE, Y LA VIDA A PESAR DE…

“Murió el profe Peteco”. Así decía el SMS que envió Paco Almagro el sábado 15 de agosto pasado. “El profe Peteco, el de Física…”, me dijo después cuando hablamos. Tuve que “viajar en el tiempo” más de cuarenta años atrás: hasta fines de los setentas, al preuniversitario “Pablo de la Torriente Brau”. Ya sabía que la juventud quedó atrás hace tiempo, igual creo que aquellos fueron tiempos buenos e interesantes a pesar de...

En los dos años que estudié allí, del 77 al 79, tuve otro profesor de física cuyo nombre, con pena, no recuerdo. Pero sí tengo la imagen de un hombre que aún no llegaba a la mediana edad, grueso, de gran paciencia y mesura, casi pelirrojo, como un escocés atrapado en La Habana de entonces. “Peteco” venía a nuestro grupo si faltaba nuestro profesor.

Pero a Peteco lo conocía todo el mundo. Su sonrisa siempre a la vista, era una invitación a la confianza de los alumnos, y sus ojos parecían desaparecer cuando mostraba su blanca dentadura contrastando con su piel negra. El afro moderado, tan firme como su cortesía y respeto. Para todos se detenía a saludar, preguntar “cómo te va” o “qué haces por aquí”. Nunca molesto, nunca distante, nunca sin tiempo para escuchar. Único, distinto. ¡Cómo no recordarlo!

Antes La Salle Miramar, para nosotros el Pre Pablo / Foto tomada de Facebook.

El recuerdo del profe fallecido me trae otros recuerdos. No puedo evitarlo. El “Pre Pablo”, como le decíamos, fue sede del Colegio La Salle de Miramar antes de ser intervenido. Un funcional edificio ubicado en la Primera Avenida, entre las calles 34 y 32, frente a la costa.

A pesar de las largas caminatas que debía hacer desde casa, me gustó el lugar desde la primera vez. Bajando avenidas y en dirección norte, hacia el mar, nos encontrábamos en el camino viejos y nuevos compañeros de estudios. Veníamos de La Sierra, Kholy, Buenavista, Miramar, otros de Marianao y La Lisa, del Vedado y hasta del otro lado de la bahía había gente allí. Muchos dejaron amores de estudiantes destrozados en los dienteperros de la playita de 34.

De Alamar venía aquel pecoso tímido, aunque en realidad era de Guantánamo. Aquel “guantabanero”, como yo le bauticé, sonreía mucho, pero con una mano en la boca y otra en el abdomen como si intentara reprimir una risa que le provocaba dolores estomacales. Poco a poco se acercó a mí sin razón aparente, como si buscara amistad. Como él era militante de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y yo un católico identificado por mi expediente, un día le pregunté si le habían asignado la tarea de “apadrinarme”, entonces se puso una mano en la boca y otra el abdomen. Fuimos buenos amigos en doce grado.

No lo volví a ver después de graduarnos. No vi más a Vázquez, Rodolfo, el Jabao, Rebeca, Adriana, Rosa, Humberto, Kike, Martica, Jorge, Glauco… Amigos de chistes, meriendas, de estudios y fiestas los sábados con pitusas ajustados y botas Centauro, de gustos musicales compartidos arañados a las ondas sonoras de una estación situada a 90 millas llamada WQAM, o sintonizados en un programa de radio local llamado Now, entre una parrafada antimperialista y otra.

Fueron años agitados. En 1977 los gobiernos de Cuba y Estados Unidos acordaron abrir Oficinas de intereses, el primer acercamiento diplomático después de veinte años. En una casa de 34 y 3ra, detrás del campo deportivo, vimos por primera vez a unos gringos diplomáticos. Por aquellos años comenzaron a salir miles de presos políticos de las cárceles que a los pocos días emigraban con toda la familia. Llegaron los vuelos de la comunidad con los cubanos emigrados, antes “gusanos” y ahora “mariposas” coloridas, olorosas y dolarosas. Así cayó un mito, y aquellas mariposas dejaron incubando nuevos gusanos en la Isla.

En los primeros días de marzo de 1979 se realizó el Havana Jam, un festival especial con músicos cubanos y norteamericanos en el teatro Karl Marx. Fui uno de los ilusos que creyó podría disfrutarlo en vivo. Niet compañerito, había que evitar el “diversionismo ideológico”, solo invitados inmunizados y miembros del PCC y la UJC podrían disfrutar aquellos tres días donde Irakere y la Aragón, Pablo Milanés, Elena Burke y muchos más, compartirían el escenario con la Fania All-Stars, Kris Kristofferson, Rita Coollidge, Billy Joel y muchos más. Para sorpresa de los visitantes, la mayor parte de los compañeros invitados, y sus familiares, cantaban sus canciones en inglés. Para información de las autoridades locales, entre los portadores de carnets rojos había muchos con problemaideológico. Ese mito se ocultó.

Creo que a partir de esos y otros acontecimientos, la pureza ideológica de la Revolución comenzó a diluirse para quienes creyeron que existía, pero la hipocresía ganó más terreno. Y a pesar de la fuerte propaganda ideológica de la serie En silencio ha tenido que ser, estrenada en el verano de 1979, el terreno estaba servido para el sacudón antideológico que vimos en 1980 con la invasión de la embajada de Perú (por sacos se recogieron carnets rojos lanzados a la calle), el éxodo del Mariel, o los bárbaros actos de repudio como muestra de los genes revolucionarios. Así cayó otro mito. Con los años continuaría la desmitificación, hasta hoy.

Somos testigos de la verdad que perforó el muro, todavía tambaleante, de la mentira.

Elevaré una oración por Peteco, otra de agradecimiento por mis compañeros de aquellos tiempos. Sí, doy gracias a Dios por lo que he vivido, a pesar de...

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