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  • Orlando Márquez

LA VISITA POSPUESTA DE JUAN PABLO II

Fue hace más de treinta años, exactamente el 15 de enero de 1992, cuando el diario Granma publicó en primera plana el texto titulado “El coro de la infamia”, firmado por Guillermo Cabrera Álvarez, una especie de portazo final a la visita de Juan Pablo II a la Isla programada para inicios de los años noventa.

A Cabrera Álvarez le llamaban “El Genio” en el ámbito periodístico cubano. Usaba con maestría las palabras, y del mismo modo conducía las ideas e inyectaba el sarcasmo. Evidentemente nadie publica en primera plana de Granma, ni en la última, para atacar al Papa y a la Iglesia católica, sin la autorización de –y la información proporcionada por– los ideólogos del Partido Comunista de Cuba (PCC).

Según “el genio” del autor, los infames coristas eran el papa san Juan Pablo II, el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan (1980-1988), y el líder del sindicato polaco Solidaridad, y después presidente, Lech Walesa. Ellos, con el apoyo de otros, serían los principales conspiradores y responsables de la caída de la Unión Soviética y del socialismo europeo. La vieja tesis de que el enemigo verdadero está fuera, mientras el enemigo interno no es más que un puñado de tontos mercenarios, pero reciben el castigo.

Ver desde la distancia ayuda a entender mejor la sucesión de acontecimientos que terminan en el texto de marras, posterior a las invitaciones cursadas ya tanto por la Iglesia local como por el gobierno.

El 20 de enero de 1989, la agencia cubana de noticias Prensa Latina publicaba unas declaraciones de Fidel Castro expresándose de modo positivo sobre una eventual visita a Cuba de Juan Pablo II. Dos meses después, en marzo, los obispos invitaron oficialmente al Papa, y en abril, la invitación del Gobierno cubano fue entregada en Roma personalmente por José Felipe Carneado, entonces jefe de la Oficina de Atención a Asuntos Religiosos del Comité Central del PCC.

Para 1990 el país avanzaba hacia la crisis. En el mensaje de Navidad, los obispos se refieren a los primeros síntomas de lo que las autoridades llamarían después “periodo especial en tiempo de paz”, y advierten que se evidenciaba “una etapa particularmente difícil en la que las dificultades económicas que hacen más dura y laboriosa la existencia cotidiana, generan entre otras cosas, el desconcierto y las incertidumbres acerca del futuro”.

En marzo de 1991, monseñor Jaime Ortega, arzobispo de La Habana, escribe en el boletín Aquí la Iglesia sobre las transformaciones ocurridas en Europa del Este desde 1989 a la fecha, y el lugar de la Iglesia en ese proceso. Rechazó las “consideraciones simplistas” que se difundieron desde diferentes posturas políticas respecto a la actitud de la Iglesia, y enfatizó que las palabras de Jesucristo en el Sermón de la Montaña, “contienen un llamado a la acción y lanza a los cristianos a un programa universal de servicio que abarca desde el establecimiento de la concordia y el equilibrio social hasta la atención al preso, al enfermo y al que sufre”. Agregaba que se debe escuchar a la Iglesia “cuando reclama misericordia, reconciliación o justicia, no como a quien está de parte de una u otra facción o en desacuerdo con una línea política determinada y a favor de otra, sino como quien tiene su propio modo de abordar los problemas del hombre y de intentar soluciones a partir del Evangelio”.

Ese mismo mes, mientras visitaba Brasil para asistir a la toma de posesión del presidente Fernando Collor de Mello, Fidel Castro se reune con religiosos de varias denominaciones cristianas en Sao Paulo. Les dijo que los obispos cubanos eran más obispos de Miami que de Cuba: "¡Ojalá tuviéramos obispos como ustedes"!, dijo lastimoso. Viniendo el ataque del comandante en jefe, el mensaje era claro: la Iglesia católica en Cuba volvía a convertirse en el problema para el Gobierno. El escenario para la visita papal se enturbiaba.

El primer día de mayo de 1991, reconocido internacionalmente como Día del Trabajo, se hace pública la encíclica Centesimus annus, del papa Juan Pablo II, donde se puede leer: “El error fundamental del socialismo es de carácter antropológico […] considera a todo hombre como un simple elemento y una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social […] El hombre queda reducido así a una serie de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral, que es quien edifica el orden social, mediante tal decisión. De esta errónea concepción de la persona provienen la distorsión del derecho, que define el ámbito del ejercicio de la libertad, y la oposición a la propiedad privada. El hombre, en efecto, cuando carece de algo que pueda llamar ‘suyo’ y no tiene posibilidad de ganar para vivir por su propia iniciativa, pasa a depender de la máquina social y de quienes la controlan, lo cual le crea dificultades mayores para reconocer su dignidad de persona y entorpece su camino para la constitución de una auténtica comunidad humana”.

En noviembre de 1991 se celebró la Primera Semana Social Católica en Peñalver, La Habana, organizada por la Iglesia y con el empeño del laico Dagoberto Valdés. Acompañé a monseñor Jaime a la clausura y en el viaje comentábamos sobre el singular momento que vivíamos. Un mes después, y durante la Segunda Sesión anual de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el entonces jefe del Departamento ideológico del PCC, Carlos Aldana, alertó sobre las amenazas ideológicos que acechaban a la Revolución, atacó las reformas soviéticas y aprovechó la ocasión para denunciar, sin entrar en detalles, “una reunión reciente de unos religiosos”, a donde llegó también “un gran personaje… con sabiduría sibilina”. Como no mencionó nombres ni lugar, ni siquiera el nombre del evento mismo, solo los que estuvieron presentes allí o habían sido informados, podían entender que hablaba de la Semana Social Católica en Peñalver, de los participantes y del arzobispo de La Habana, Jaime Ortega.

Hasta poco antes se había mantenido el recorrido de la imagen de la Virgen Peregrina en La Habana, como preparación de la visita. Apoteosis de fe no vista después de 1959. Para unos fue alegría y para otros fue susto. En el recorrido por Guanabo sucedió una rara y nada clara confrontación. Al día siguiente José Felipe Carneado llama al arzobispo de la Habana y le cuestiona por qué no para las procesiones, si en definitiva “el Papa ya no viene”. La respuesta del arzobispo fue aguda: “¿Eso dónde se ha dicho? Publiquen una nota en el Granma diciendo ustedes que no viene y yo detengo las procesiones preparatorias para la visita”. En la edición del día siguiente se publicó la nota confirmando que no habría visita, al menos no en aquel momento.

En junio de 1991, Boris Yeltsin, quien había renunciado al Partido Comunista de la Unión Soviética, es elegido presidente de la Federación Rusa y la Unión Soviética desaparecía el 8 de diciembre de 1991, festividad de la Inmaculada Concepción de María en el calendario litúrgico.

Una visita pontificia en ese escenario era un inconveniente mayor para el gobierno cubano.

Habría que esperar unos años más, hasta enero de 1998, para que Juan Pablo II pisara suelo cubano. Ya no era visto como un duro anticomunista, infame corista y enemigo público. No sé qué habría pensado “el genio” de la visita, pero Cuba vivió cinco jornadas magníficas que desempolvaron la memoria religiosa del pueblo y revivieron su espiritualidad. Y en la plaza de tantos discursos revolucionarios Juan Pablo II habló de Dios, de la libertad, la justicia y el amor.

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