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  • Orlando Márquez

LAS RAZONES DEL ARZOBISPO PRIMADO

Yo había pedido varias veces a monseñor Pedro Meurice copia de sus palabras de saludo al Papa. Le explicaba las razones de entregarlas por anticipado y bajo embargo, como los textos del Papa y los demás obispos que ya teníamos, le hablé de los miles de copias que debíamos hacer la noche anterior a cada celebración, pero me lo negaba una y otra vez. “Se enteran de mis palabras cuando las lea en la misa en Santiago”, me dijo la última vez que le llamé, horas antes de la llegada del Papa a Cuba para su histórica visita.

Al inicio de cada misa yo entregaba a la prensa en el lugar la homilía del Papa y el saludo del obispo local, también entregaba algunas copias a las autoridades presentes y repartía a los sacerdotes, o a cualquier otro asistente, copias sobrantes. Al mismo tiempo se entregaban a la prensa en nuestra oficina en el hotel Habana Libre Tryp. En Santiago de Cuba, la diócesis primada, fue diferente. Cuando los periodistas que trasmitían desde la Plaza Antonio Maceo, y el funcionario gubernamental, me preguntaron por el texto del arzobispo primado, les trasmití su mensaje: se enteran cuando lo lea.

Monseñor Pedro Meurice recibe a Juan Pablo II en Santiago de Cuba para la misa del 24 de enero de 1998.

Mientras él leía su discurso de saludo al Papa al inicio de la misa aquella mañana del 24 de enero de 1998, yo comencé el ascenso por un lateral de la plaza hacia el fondo del altar. Al terminar, según el ritual, monseñor Meurice abrazó al Papa y fue a ocupar su lugar. Hice señas como pude a monseñor Santo Gangemi, entonces secretario de la Nunciatura Apostólica, se acercó y le solicité que pidiera al arzobispo sus palabras para pasarla a la prensa. Así obtuve finalmente el conocido texto.

Las personas que trabajaban en nuestra oficina en La Habana me llamaban con insistencia reclamando el discurso. Muchos de los periodistas acreditados pensaban que les ocultábamos intencionalmente el texto y lo reclamaban con vehemencia, algunos hasta con cierta violencia verbal.

Descendí la gran escalinata y caminé, lo más rápido que pude y bajo un sol que quemaba tanto los zapatos como la cabeza, hasta el Hotel Meliá Santiago, donde se ubicaba la sala de prensa para la ocasión. De inmediato envié por fax a La Habana el texto para que lo distribuyeran, y pagué por dos o tres decenas de copias para entregar entre los periodistas que cubrían la misa allí mismo.

Al concluir la celebración, quienes viajábamos de regreso a La Habana nos dirigimos en las guaguas hacia el aeropuerto de Santiago. El Gobierno había habilitado dos aviones para el traslado diario hacia las diócesis. En un avión viajaba el Papa con el séquito y los periodistas acreditados por la Santa Sede; en otro avión las autoridades del Gobierno, los obispos cubanos y otros religiosos invitados por la Conferencia de obispos, el fotógrafo de la Iglesia y el fotógrafo oficial del Gobierno cubano, el reconocido Alberto Korda. Junto a Korda, en el primer asiento inmediato detrás de la cortina que nos separaba de las autoridades, me sentaba yo. Aquel día, al frente del grupo gubernamental iba Raúl Castro.

Por causas que nunca conocí, monseñor Meurice no subió al ómnibus con los demás obispos para ir al aeropuerto. Estábamos todos listos en el avión y el arzobispo no llegaba. El avión con el Papa despegó y nosotros seguíamos esperando. Ya estaba incluso Raúl Castro en su asiento en el avión, y le escuché decir algo así como: “Esperemos al arzobispo de Santiago para salir”. Fue la única voz clara que oí detrás de aquella cortina, donde el silencio se alternaba con algún susurro fugaz. Creo que esperamos más de treinta minutos dentro del avión hasta que finalmente llegó el arzobispo primado. Atravesó la primera parte de la nave, entre los asientos donde se ubicaban los funcionarios gubernamentales. Confiado en mi memoria, me arriesgo a decir que volví a escuchar una vez más a Raúl Castro: “Bueno, llegó el arzobispo. Ya podemos salir”. No percibí ironía ni molestia en su voz, ni expresó frases negativas audibles durante el vuelo. Aunque no suelo especular en lo que pudo ser y no fue, no puedo evitar pensar que, muy probablemente, otro habría ordenado despegar el avión sin el arzobispo. Monseñor Meurice pasó entonces la cortina que separaba los dos espacios y muchos de los obispos y sacerdotes gritaron su nombre y aplaudieron al verlo, mientras él avanzaba y mantenía su rostro inexpresivo y sin decir palabra, hasta el fondo del avión.

El domingo 25 de enero, tras concluir la misa en la Plaza de la Revolución de La Habana, mientras me dirigía en el carro hacia nuestra oficina en el hotel, al pasar frente a la Biblioteca Nacional, una persona que trabajaba entonces en la Conferencia de Obispos y ayudaba ese día en la sacristía habilitada en la Biblioteca, me vio y me detuvo. Me dijo que monseñor Meurice había perdido la guagua -una vez más, pensé- que llevaba a los obispos a un almuerzo en el arzobispado de La Habana con el Papa; también había quedado atrás monseñor Mario Mestril, entonces obispo de Ciego de Ávila. Este último se acomodó en el asiento trasero junto a las dos asistentes que trabajaban conmigo en nuestra oficina de prensa, y el voluminoso arzobispo de Santiago se sentó a mi lado.

La multitud se dispersaba por la ciudad, y en aquel recorrido todos oímos de él su motivación para proclamar aquel discurso al Papa y al mundo. A pesar del respeto que imponía, monseñor Meurice era más bien tímido, prefería estar fuera del foco, activo en la discreción, menos notable que su antecesor Enrique Pérez Serantes, de palabra siempre urgente para el evangelio y las exigencias sociales de cada día.

- ¿Qué piensas de mis palabras de ayer? -preguntó mirando al frente. Como éramos cuatro más en el carro, le pregunté si hablaba conmigo.

- Sí. ¿Qué piensas de lo que dije ayer en la misa de Santiago?

- Bueno, pues hoy está usted en las primeras portadas del mundo y los periodistas han llenado páginas con su discurso.

- No me interesa lo que digan los periodistas, te pregunto a ti. ¿Qué piensas tu?

- Cuando preparábamos la visita -respondí-, nos dijeron desde Roma que toda declaración, mensaje o entrevista de la Iglesia local debía hacerse antes o después de la visita papal. Cuando el Papa llega al lugar para su visita pastoral, es el centro y foco de atención. Nadie más. Hablando en cubano, usted ayer “se robó el show”. Pero si usted, en su conciencia, creyó que debía decirlo, está bien dicho.

Tras una pausa continué:

-No creo que al Gobierno le haya gustado, por supuesto, aunque algunas de las cosas que usted dijo, de algún modo, fueron dichas ya en la carta “El amor todo lo espera”.

Monseñor Meurice esperó unos segundos y dijo con voz suave pero bien audible:

-Lo hice por Pérez Serantes. Se lo debía a monseñor Pérez Serantes. Cuando estaba ya enfermo y cercano a la muerte me dijo: “Muero en silencio, como un perro”.

Por unos minutos no hubo más palabras. Su antecesor y mentor amó a Cuba como el que más, y se entregó en cuerpo y alma al servicio del país según su condición. Pastor celoso de la Iglesia y de su pueblo, monseñor Pérez Serantes no escatimó tiempo ni energía en denunciar o llamar la atención sobre los males que aquejaban a la sociedad, o para alentar lo que estaba bien. Lo hizo en La Habana a inicios del siglo XX cuando era un joven sacerdote interesado en las cuestiones obreras, y lo siguió haciendo después como vicario general en Cienfuegos, como obispo de Camagüey y, finalmente, como arzobispo de Santiago de Cuba. Desde allí, además de su decisiva intervención, en coordinación con el cardenal Manuel Arteaga, para salvar a los sobrevivientes del ataque al cuartel Moncada, entre ellos el mismo Fidel Castro, proclamó numerosos mensajes y cartas pastorales, muchas de clara inspiración social. Lo hizo aún después del triunfo de la Revolución, hasta que ya enfermo y sin fuerzas, se sintió forzado al silencio, mientras su alma gritaba. Según él mismo confesara a su sucesor, como un perro sin fuerzas que intuye y espera la muerte, en silencio...

Antes de llegar al arzobispado tuve tiempo de decirle a monseñor Meurice lo que él ya sabía: “En lo adelante, las cosas para usted y su arquidiócesis, serán más difíciles”. Así fue: más trabas, más negativas, más molestias. Incluso, en ocasiones, se organizó la conga santiaguera, única por su retumbe telúrico, frente a la catedral cuando él oficiaba misa. En 1999 Fidel Castro lo acusó públicamente de conspirar para sabotear la Cumbre Iberoamericana de La Habana de aquel año, a lo cual respondió de inmediato el cardenal Jaime Ortega desmintiéndolo públicamente y dando su apoyo al arzobispo primado.

Durante los años siguientes, dentro y fuera de Cuba, en varias ocasiones monseñor Pedro Meurice se refirió a aquellas palabras suyas y las reacciones que provocaron dentro y fuera de la Iglesia. Sabía que no podía controlar las más variadas interpretaciones que generaron, a favor y en contra. Pero estaba tranquilo.

Pienso que al saldar lo que él consideró su deuda moral con monseñor Pérez Serantes, saldaba también una deuda consigo mismo, la deuda inevitable de quien ha recogido la antorcha, y juntas se convirtieron en las razones que lo motivaron, en conciencia, a decir lo que dijo ante el Papa y ante el mundo. Años antes, se había referido a Pérez Serantes con estas palabras: “¡Qué hombre tan valiente! Sentía que tenía que decir una palabra de aclaración, que emitir un juicio de valor sobre una situación determinada, sobre limitaciones a la libertad o sobre derechos humanos pisoteados, y lo decía libremente, sin necesidad de leer entre líneas. Esa era la expresión de su fidelidad a este pueblo al que le había dado todo, y también de su fidelidad a la Iglesia”.

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