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  • Orlando Márquez

MANOLO, EL ZAPATERO MARIELITO

Actualizado: oct 29

Era uno más en aquel grupo de ancianos que se sentaban en los escalones de una vieja bodega de nuestro barrio, en la esquina donde la calle 54 partía en dos la avenida 41, en Marianao, hoy municipio Playa.


Me gustaba a veces sentarme junto a ellos y escuchar sus historias de antes y de entonces. Hombres sencillos, cuya academia había sido la calle o la vida en el campo, gustosos de gastar su vejez conversando mientras veían pasar la gente y los carros. Sentados en aquellos escalones eran patriarcas en su templo, en el portal de la bodega y bajo el techo que comenzaba a desconcharse; hasta los jóvenes se levantaban y cedían el espacio cuando los ancianos comenzaban a llegar de modo sincronizado, como si llegaran a un trabajo nuevo después de haberse retirado del otro.

Compartían anécdotas y experiencias del pasado, a veces verdaderas y a veces falsas, tan fantásticamente falsas que parecían más reales que las verdaderas. Allí se sentaba Tatica, gallego de Lugo y viudo, era como el abuelo que no tuve. Allí se sentaban también otros cuyos nombres no recuerdo, pero sí algunas historias, como la de aquel otro español, muy anciano y bonachón, gordo y de paso lento, siempre fajado con la vecina de su edificio, porque estaba seguro que era el hijo de ella quien le tocaba la puerta para que él abriera la pequeña puertecita de la mirilla y, al pegar el ojo, lanzarle una “escupitiñada” y salir corriendo dejándolo ciego y en la duda. O el anciano que había vivido en La Habana por muchos años sin abandonar su alma de guajiro macho, quien un día provocó un alboroto sensacional en su casa y en su calle, pues decidió dar planazos con un machete a su nieto homosexual: “En mi familia no vive ningún m….”, gritaba a todos, también a los policías llamados a poner orden.

Las anécdotas de Manolo eran distintas. Se había unido al grupo tiempo después, tras salir de la cárcel donde estuvo varios años como preso político. Era el más joven, pero cercano a los setenta años. Un hombre decente y correcto que ya no temía decir en voz alta: “Yo no trabajo pa’los comunistas”. Yo estaba allí uno de esos días que lanzó su grito desafiante, de pie en la acera, recostado en la columna y abanicando su brazo a la altura del hombro, ciento ochenta grados de derecha a izquierda, como si quisiera abrir la cortina del escenario para que todos oyeran. Su mano terminó en la boca de una mujer que se acercaba por la acera detrás de él, y todos oímos el golpe. Manolo pidió perdón, una y otra vez, y la mujer lo miraba y se alejaba, como quien huye de un loco.

Se le conocía también como “el zapatero” de las mujeres del barrio. Hasta mi madre le compró uno de aquellos suecos de madera toscamente pulida, cubiertos de vinyl y tachuelas a los lados. Comprendo que, ante la escasez de zapatos en las tiendas, el trabajo de Manolo salvó a no pocas señoras y señoritas que mostraban por el barrio aquel colorido y espantoso desfile de suecos cubanos, según las posibilidades de los abastecedores clandestinos. La madera, el vinyl, las tachuelas y el pegamento, con el esfuerzo laboral de Manolo, se convertían en aquel producto final que reflejaba el éxito del mercado negro. Y así Manolo podía sostener a su familia, porque él nunca trabajaría pa’los comunistas. Su voluntad fue cumplida.

Fue un domingo, en el verano de 1980, mientras su esposa y su hija preparaban el almuerzo y Manolo escuchaba la radio en su pequeña sala-comedor, cuando dos hombres con uniforme del Ministerio del Interior se pararon a la puerta de su casa, abierta para dejar entrar el viento. En tono interrogatorio dijeron su nombre, él se identificó. No venían por el tráfico de vinyl ni por la venta ilegal de calzado. Manolo no estaba preparado para la propuesta alucinante de uno de los uniformados: “Sabemos todo lo que hace. Si no quiere volver a la cárcel por vago y delincuente, venga con nosotros ahora mismo para que salga por El Mariel como escoria, usted solo”. Quedó atontado, contó después su esposa también atontada, ya para siempre.

Por más que Manolo, su esposa y su hija se esforzaron por no creerlo, esa era la oferta y no habría discusión. Manolo se negó a ser expulsado del país, una y otra vez. Pero las mujeres comprendieron la seriedad de la amenaza y no querían que regresara a la cárcel. Rápido, como el paso de un tornado, hubo llanto, abrazos y separación. La vida de Manolo se partió del modo más inesperado.

El almuerzo quedó suspendido, el hogar se desplomó en minutos y allí quedaron madre e hija, quienes nunca habían estado en prisión y no tenían derecho a ser expulsadas a Estados Unidos. Las mujeres del barrio perdieron a su zapatero, y los viejos de la esquina de 41 y 54 no oyeron más el grito desafiante de Manolo, el zapatero, convertido en un “marielito” anciano e involuntario, en un país dónde no podría vender sus zapatos.

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