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  • Orlando Márquez

PADRE BRUNO ROCCARO: UNA ENTREGA GOZOSA A CUBA*

Actualizado: nov 6

La muerte del padre Bruno en Santa Clara, Cuba, el pasado 3 de noviembre, no fue exactamente una sorpresa. Podía ocurrir en cualquier momento en una persona de cien años de edad, como él, aunque no lo pareciera ni en lo físico ni en lo espiritual.

Mi vínculo con los salesianos fue tardío, cuando ya casado y con hijos me mudé de Playa a La Víbora, y de la parroquia San Agustín a la parroquia San Juan Bosco. Allí le conocí personalmente, aunque su nombre, como el de los también salesianos italianos Giordano y Paoli, sonaba en toda La Habana desde hacía muchos años, y dejó huellas y una herencia espiritual en el corazón de muchos cubanos y sus familias. Eso es precisamente lo mejor que puede dejar un cura tras su paso por esta vida.


En el año 2006, le hice una entrevista al padre Bruno para la revista Verdad y Esperanza, que publicábamos en Cuba los miembros de la Unión Católica de Prensa (UCLAP). ÉL había tenido una misión muy destacada en la Reflexión Eclesial Cubana (REC) y el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) veinte años antes, y de eso hablamos, y de la Iglesia en Cuba a la que sirvió durante cincuenta años, hasta el último aliento. Me dijo que el ENEC había demandado de él “una entrega gozosa, enormemente enriquecedora”. Pero yo le pedí que hablara también de sí mismo, porque quería entender cómo alguien se hace misionero del modo en que él lo fue, cómo puede estar siempre viendo el lado bueno de la vida y compartirlo, cómo se vive a plenitud el servicio y el ánimo, incluso cómo había logrado a los ochenta años subir, como uno más del grupo de jóvenes que le acompañó, el pico Turquino, hazaña que volvió a repetir años después. Esto me dijo entonces:

“Nací en la provincia de Scorzé, que pertenece a Venecia, en Italia, el 23 de julio de 1920. Fui el último de diecisiete hijos de mis padres. Crecí en una familia campesina muy religiosa. Mi párroco deseaba que entrara en el Seminario diocesano, porque dos de mis hermanos ya eran salesianos. Pero cuando me presenté en el Seminario diocesano no me aceptaron. Entonces de regreso a casa pasamos por el colegio de los padres salesianos de Mogliano Veneto y allí me aceptaron como estudiante externo. Allá iba todos los días en bicicleta, como a unos once kilómetros de casa. La vida salesiana, como la veía vivir, me encantaba; soñaba con las misiones y los misioneros salesianos, como era el caso de mi hermano Luis, misionero en Chile.

Al terminar el colegio, entré en el noviciado salesiano en Este, Padua. Cursé los estudios de filosofía y humanidades en Nave, Brescia, y continué estudios en la Universidad de Padua, donde alcancé la Licenciatura en Matemáticas y Física, durante los duros años de la segunda guerra mundial.

Fui ordenado sacerdote en Monteortone, Padua, el 3 de julio del 1949. Enseguida me enviaron como profesor al Colegio de Este, después a Castello de Godego, Padua. Desde el año 1954 fui profesor y coordinador de estudios para los estudiantes salesianos de filosofía-humanidades en Nave, Brescia, y después en Cisón de Valmarino. En 1967 regresé al colegio de Nave, ahora como Director, y al terminar mi compromiso allí me enviaron a Cuba como profesor del Seminario San Carlos y San Ambrosio. Llegue acá el 13 de octubre del 1970; a los 50 años realizaba así mi sueño de misionero. Ya papá y mamá habían dejado la tierra”.

Detrás de esa narración sencilla y humilde está la grandeza del padre Bruno. El menor de diecisiete hermanos supo lo que es la vida en familia, en esa familia forjó la seguridad de su vocación sacerdotal como misionero y la necesidad de pedalear 22 kilómetros cada día, durante años, para lograrlo. Los conocimientos de física y matemática, y la práctica del magisterio, prepararon el camino del misionero que esperó cincuenta años para ser enviado a Cuba, para él la única y definitiva tierra de misión. La larga espera fue compensada con una larga misión de cincuenta años, hasta la muerte, en el país y la comunidad que lo acogieron en vida y acogerán ahora sus cenizas. Humilde llegó y humilde partió.

A la Iglesia cubana, a la cual se entregó, dejó también una huella singular como corredactor, junto a monseñor Fernando Prego y monseñor Emilio Aranguren, del invaluable y todavía necesario texto conclusivo del ENEC: “Nos encerramos por una semana en el edificio del obispado de Santa Clara. Y allá vio la luz el hijo tan deseado: el Documento Final del ENEC”.

En nuestra entrevista del año 2006, le pregunté por último si creía que los frutos del ENEC, veinte años después, seguían siendo válidos. Aún hoy, cuando han transcurrido treinta y cuatro años del importante evento, su respuesta, visión y propuesta para la Iglesia en Cuba, mantienen una vigencia apreciable:

“[A] veinte años de distancia la situación ha cambiado enormemente a nivel mundial, y se refleja también en Cuba. Nuevos problemas sociales, económicos, políticos, humanos, religiosos y culturales, sacuden y preocupan al mundo y al pueblo cubano, en particular a nuestros feligreses. Problemas en parte ya señalados por el ENEC, problemas que parecen exigir también a la Iglesia cubana una nueva reflexión, un nuevo análisis más cuidadoso, técnico y profundo de la realidad, con el objetivo de situarse más realistamente frente a ella y cumplir más eficazmente su misión evangelizadora.”

Yo conocí a ese hombre santo que tal vez, como otros muchos, no tenga mañana un retrato o una escultura colorida de su cuerpo en un altar de alguna iglesia. No lo necesita.


Padre Bruno juega con los jóvenes de la parroquia el 28 de octubre de 2020, seis días antes de morir.


* Actualizado el 6 de noviembre de 2020

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