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  • Orlando Márquez

PAPA FRANCISCO EN IRAK

“Pedro, ¿me amas?... Apacienta mis ovejas”.

A eso se resume el último mandato que hizo Jesús a Pedro, cuando se encontraron junto al lago de Tiberíades. Tres veces preguntó y tres veces ordenó lo mismo a quien le había negado tres veces: “Apacienta mis ovejas” (Jn. 21, 15-17).

Apacentar las ovejas, en el lenguaje bíblico, no significa mandar a sentar o levantarse a un grupo de borregos. Para el pueblo hebreo, y para los cristianos, está bastante clara la imagen de Dios como el pastor que cuida lo más preciado que tiene, sus ovejas, y estas siguen y confían en quien las cuida, su pastor. En esa cultura se encarnó Jesús y se presentó como el Buen Pastor.

Lo que Jesús pide a Pedro, pues, es cuidar a la comunidad eclesial que le ha sido confiada, defenderla, alentarla, confirmarla en la fe. Especialmente cuando más duramente ha sido probada esa fe.

Las imágenes del papa Francisco recorriendo Irak, cuando aún son visibles las huellas de la guerra, la destrucción y el dolor, y la misa del domingo 7 de marzo, son realmente sobrecogedoras y emotivas. Uno no puede menos que pensar en los cientos de miles de cristianos que en los últimos años, y tras la llegada del califato islámico y su ejército fundamentalista y cruel, fueron asesinados, secuestrados, torturados u obligados a emigrar por razones de su fe. El testimonio de los que allí quedaron es de un valor incontestable.

Durante el congreso mundial de la desaparecida Unión Católica Internacional de Prensa (UCIP) celebrado en 2004 en Bangkok, tuve la oportunidad de conocer al entonces arzobispo de Mosul, Irak. En aquel momento, la persecución de los cristianos estaba en auge y escuchar su testimonio de primera mano fue recordarnos las distintas experiencias de vivir la fe. Poco después de nuestro encuentro y de regreso en su país, aquel arzobispo fue secuestrado y, milagrosamente, liberado. Su sucesor también fue secuestrado en febrero de 2008, y murió a manos de sus captores. El martirio por odio a la fe no es un hecho del pasado.

Los católicos iraquíes de los ritos oriental o caldeo, católico romano, los asirios, armenios y sirio ortodoxos, todos fieles al Papa y a Roma, han sido probados duramente en su fe y ahora han sido bendecidos de modo especial en este viaje del papa Francisco. San Juan Pablo II lo intentó en el año 1999 con motivo del Jubileo que abrió las puertas al tercer milenio cristiano, pues quería iniciar el Jubileo precisamente en Ur, la ciudad donde nació Abrám, renombrado Abrahán, padre de nuestra fe, pero no le fue permitido. Ur se encuentra ubicada en lo que antes se conoció como Sumeria, donde apareció la escritura y se inició la civilización que conocemos hoy.

Nadie puede asegurar que este viaje sea garantía de paz en el país y la región, pero todo esfuerzo por lograrlo vale la pena.

Al mismo tiempo, uno siente que Dios está más cerca cuando es visitado y alentado por el Papa. Los católicos cubanos sabemos que es así. El sucesor de Pedro alienta a sus hermanos en la fe y da razón de aquel diálogo celebrado una fresca y fructífera mañana de pesca, hace más de dos mil años, junto al lago de Tiberíades.

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