Buscar
  • Orlando Márquez

Valores

En una esquina habanera, una valla propagandística –las nuestras no son publicitarias– muestra un dibujo con el siguiente mensaje: “Haz bien y no mires a quién”. Suena bien al leerlo y escucharlo, o más bien re-escucharlo. Es una de esas viejas frases que cayeron en desuso cuando se cuestionaron y acabaron muchas tradiciones, el tiempo de las ceremonias y las formalidades, el gusto por el vestir con decencia, el respeto por los mayores y el pan con frita. Lo último alimenta el cuerpo, o entretiene al estómago, pero lo anterior alimenta el espíritu de la sociedad, protege la convivencia y contribuye a la paz social.

El empuje revolucionario no soporta los moldes, necesita, como su nombre indica, sofocar las tradiciones, y desordenando la sociedad establece el nuevo orden social. Y a ese “nuevo orden” surgido del desorden impuesto sobre la vieja sociedad, fuimos convocados todos los ciudadanos, niños, jóvenes y adultos. En los niños y jóvenes tuvo su mayor impacto la convocatoria, porque vivir la “liberación” de las normas sociales y del control paterno ha sido siempre agradable a los jóvenes, y fue aquí para muchos el modo juvenil de vivir, y ser parte de, la transformación revolucionaria.

La inicial movilización para la alfabetización generó la sacudida de buena parte del espíritu clasista que pervivía. La luz del farol chino que iluminó al alfabetizador y al alfabetizado, generaba la sombra sublime de la solidaridad y de la dignidad que iguala a los hombres. Fue una buena movilización y arrojó buenos resultados. Pero como la revolución debía ser permanente en el tiempo, también permanente debía ser la movilización, y ya los resultados fueron otros, para los movilizados y para la movilizada sociedad. Y como dice Jesús en el evangelio, “el espíritu es fuerte, pero la carne es débil”. No faltó la disposición, pero cuando la carne no pudo soportar el peso demandado, cuando la exigencia del nuevo orden y sus movilizaciones superó la capacidad humana del débil a quien le fue imposible igualarse al más fuerte, cuando la convocatoria movilizadora penetró la propia conciencia y violentó el terreno sagrado de lo individual y familiar, el espíritu de muchos también se debilitó y aprendió a mentir, porque era el único modo en que el cuerpo podía “cumplir” con la convocatoria y estar a la altura demandada por el nuevo orden: la mentira se hizo viral y nos contaminó. Hoy le llamamos doble moral.

El fraude de un examen de matemáticas para ingresar a la Universidad fue noticia publicada el pasado abril, pero es algo bastante frecuente desde tiempo atrás aunque no se publicara. Después de exigir durante décadas a los maestros no tener alumnos suspensos para mantener alta la promoción escolar, o condicionar después el salario a la misma promoción escolar, lo cual abrió las puertas al oportunismo de algunos profesores para obtener “regalos” a cambio de promociones, o chantajear denigrantemente a los alumnos por igual propósito, logramos enviar a los preuniversitarios y universidades un número considerable de estudiantes cuyas calificaciones no eran el resultado del esfuerzo personal que quita horas al sueño o al entretenimiento, y mantuvimos en sus puestos a unos cuantos profesores inmorales, muchos de ellos ex alumnos que practicaban ahora lo que otros profesores les hicieron a ellos antes. ¿Por qué la sorpresa ante este fraude? Durante años desviamos la mirada, cambiábamos el foco del lente y apuntábamos a otro lugar, a algo bonito, pero el monstruo de la falsedad siguió creciendo hasta alcanzar proporciones inocultables para el lente, forzado ya a mostrarlo.

A esta hora es posible que “los cinco profesores”, y algunos más, hayan sido sancionados. Y es reprobable el acto, y condenable, pero para quien ha crecido en el fraude, lo moral es un peso innecesario, una molestia para la vida diaria y la sobrevivencia. Y ya no importan aquí los bajos salarios y las urgencias materiales, porque una vez que se cruza de modo reiterado la línea que divide lo correcto de lo incorrecto, sea involuntaria o voluntariamente, para sobrevivir o para cumplir una orden, ya no habrá más cuestionamiento ético a la propia conciencia, individual y colectiva, todo puede ser relativizado, la verdad es ignorada, la autoridad es burlada por la espalda aunque de frente se le aplauda, el engaño será común y ordinario, tanto como respirar y “resolver”. La amoralidad, como marabú social, nos reta e intenta prevalecer.

Casi todos hemos sido víctimas y cómplices del engaño y el fraude. Fraude cometíamos cuando en la escuela al campo declarábamos falsamente haber cumplido la norma dejando detrás un daño que provocaba angustia en el guajiro; fraude comete el joven que declara su vocación sacerdotal y espera la primera oportunidad de estudios en el exterior para convertirse en emigrante; fraude es asegurar a los cubanos más pobres o de menores ingresos, que el transporte público mejorará cuando los cubanos con más recursos compren los automóviles liberados, sabiendo que eso no ocurrirá mientras se mantengan esos precios de burla, que deberían al menos avergonzar a los fabricantes, ya que no avergüenzan a quienes los venden o decidieron tales precios.

Muchos sinónimos tiene la palabra fraude: estafa, falsificación, timo, robo, engaño, trampa, simulación, falacia…, y un solo antónimo basta: verdad. Es la verdad lo que debemos buscar y elevar, porque solo así llegaremos a las causas de los males que nos aquejan. Si solo continuamos despidiendo o encarcelando a defraudadores o ladrones, sin esforzarnos por eliminar las causas que los conducen a delinquir, seguiremos arando en el mar. Combatir solo los efectos no impedirá la reproducción del vicio y el mal social si no se actúa sobre las causas. Todos debemos sentirnos responsables, o al menos asumir la cuota de responsabilidad que nos toca y actuar según nuestras posibilidades.

Hemos oído un llamado a rescatar valores, es decir recuperar cualidades personales y sociales perdidas. Los valores pueden ser atributos añadidos por la familia y la sociedad a los individuos desde sus primeros años, y quedan como marca de hierro candente en el alma del ser humano y condicionan su actitud y respuesta a los desafíos y retos de la vida personal y social, pero se pueden perder. Y cuando no se añaden valores, se añaden contravalores, que siempre son dañinos y también permanecen.

Valores como honestidad, lealtad, respeto, solidaridad, tolerancia, entre otros, son útiles para la convivencia social. Pero si no se trata ahora de meras consignas, entonces deberíamos ir un poco más a fondo, hasta aceptar ciertos valores que son inherentes a nuestra condición humana, valores que son fuente de la cual brotan otros valores individuales y sociales que queremos recuperar. La Doctrina Social de la Iglesia considera estos valores como de alta prioridad para combatir lo que llama el pecado social, es decir el mal social, y para promover la sana convivencia, el progreso y la paz social. Estos valores, que no desconocen ningún otro valor, sino que más bien los asumen y los posibilitan, son: la verdad, la libertad, la justicia y la caridad.

La convivencia entre los seres humanos, cuando se funda en la verdad, es sana y fecunda, y más nos alejamos de la arbitrariedad y la confrontación cuando buscamos resolver los problemas sociales de acuerdo con la verdad que radica en el origen de esos problemas. La transparencia y honestidad, tanto en lo personal como a escala social, es fundamental para la sana convivencia, y en esto tienen un papel esencial los medios de comunicación. Una población como la cubana, bastante entrenada por la escuela de los libros y de la calle, de naturaleza aguda y vivaz, capta rápidamente la mentira o la manipulación de la información, la amputación de la verdad, y la diferencia entre lo público y lo publicado.

La libertad es sagrada y es signo de la sublime dignidad de cada persona (GS. 17). Todos tenemos derecho a ser considerados libres y responsables, tanto si creemos que es la voluntad de Dios o no. La libertad de cada uno, por otro lado, solo se expresa cabalmente cuando se reconoce la libertad del otro, lo cual crea lazos de reciprocidad que unen y generan respeto, para cerrar así las puertas al individualismo arbitrario, pues la libertad, como valor, debe ser también expresión de rechazo a todo acto negativo que atente contra la dignidad individual y social. Teniendo en cuenta lo anterior, la libertad, como cualquier otro valor, necesita ser reconocida y practicada públicamente, de modo que cada persona pueda realizar o buscar responsablemente su propia vocación, expresar sus propias ideas, decidir plenamente sobre su vida en el orden religioso, económico, cultural, social y político, siempre dentro de un marco legal justo.

La justicia, para un cristiano, manifiesta la voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que es debido (CIC 1807). Pero creyentes y no creyentes podemos coincidir en la necesidad de reconocernos todos como personas dignas, con iguales derechos y deberes, merecedoras de trato justo. Cuando, en condiciones como las actuales, la dignidad y derechos de los ciudadanos pueden quedar supeditados a criterios utilitarios de tipo político o económico, la justicia como valor personal y social requiere particular cuidado para que no sea reducida o desvirtuada. Aunque haya sido definida, redefinida y actualizada según las épocas (justicia conmutativa, distributiva, legal, social, restaurativa, etc.), la justicia no es una simple norma académica, pues lo justo es inherente a la persona y su dignidad, siempre anterior a la ley.

La verdad, la libertad y la justicia, son así valores que sustentan el edificio humano y social. Estos valores son garantía de paz y ordenada convivencia, pues todos compartimos la misma naturaleza racional, aspiraciones, intereses, espacio y tiempo, sin que nada sugiera que unos somos superiores a otros, cualquiera sea nuestro lugar en la sociedad. Mas todos estos valores, a su vez, necesitan de ese otro que la Iglesia llama caridad. No es necesario tampoco ser creyente para reconocer el amor como la única virtud capaz de apelar y movilizar la bondad presente en todo ser humano.

Si potenciáramos y privilegiáramos esos valores, fuente originaria de otros valores, creo que podríamos ahorrarnos muchas incomodidades y desilusiones, confrontaciones y conflictos, ataques y castigos, y hasta aprovechar mejor nuestros limitados recursos económicos. Podríamos tener y compartir una vida y sociedad mejores. Y no estaría mal promoverlos en nuestras vallas propagandísticas.

(Palabra Nueva, Junio de 2014)

13 vistas

Subscribe to Our Newsletter

  • White Facebook Icon

© 2020 by otraPalabra. Proudly created with Wix.com