A confesión de parte: cómo el “continuador” se relevó de pruebas
- Orlando Márquez

- hace 11 minutos
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Escribir sobre Cuba por estos días no es un placer. Pero no denunciar tanta desdicha, de un modo u otro, puede doler más; bastante más.
Admito que no soy jurista, pero me gusta leer sobre el tema y me atraen tanto sus razonamientos teóricos como los aforismos populares. Uno de ellos volvió a mi memoria días atrás mientras veía un reel, de los muchos que invaden el teléfono sin ser invitados, el cual resume una vieja máxima jurídica: “A confesión de parte, relevo de prueba”.
“Nuestra amada Cuba vive las horas más difíciles de este siglo y tenemos la histórica responsabilidad de salvarla”, dijo el designado presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez el 18 de junio pasado, al finalizar la tercera sesión extraordinaria de la décima legislatura, ante una Asamblea Nacional donde no están representados todos los cubanos.
Para las “horas más difíciles” se anunciaron, a bombo y platos vacíos, las 176 medidas. “Todo lo aprobado hoy -recordó el designado- llegó aquí con el respaldo de sucesivos análisis, debates, acuerdos, lineamientos, conceptualizaciones, congresos del Partido y programas de Gobierno. Lo que hacemos es saldar una deuda con nuestras propias decisiones anteriores, pendientes de ejecutarse”.
¿No es una deuda con la población? ¿No hay deuda con quienes confiaron en las promesas de hace quince años, e invirtieron dinero en emprendimientos que después fueron liquidados política y económicamente, o expropiados porque -como declarara Esteban Lazo- la expropiación “le duele más a la gente”?
Sí hay una deuda con cientos de miles de cubanos que se vieron impulsados a emigrar para vivir un poco mejor y ser dueños de sus vidas. Sí hay obligación moral por la separación forzosa de las familias. Debería responderse ante los jóvenes que protestaron pacíficamente para pedir eso mismo que ahora se anuncia, quienes por hacerlo fueron atropellados, golpeados y enviados a prisión. Hay deuda pendiente con los miles de cubanos que padecen hambre y enfermedades por la arrogancia de los dirigentes cubanos, quienes prefirieron bloquear las medidas que ellos mismos anunciaron quince años atrás. Debería haber un gramo de vergüenza y asumir la deuda con los médicos, enfermeros, enfermeras y técnicos que no tienen recursos y no pueden curar enfermos o pueden hacer poco ante los que mueren cada día, cuando pudieran salvarlos con cierta facilidad. Y si hablaba desde su posición de “continuador”, entonces podría asumir, entre otras, una deuda de setenta años con los campesinos imposibilitados de producir y vender libremente sus cosechas para alimentar a los cubanos.
Los gobernantes cubanos tienen una deuda con toda Cuba por ponerla en los niveles más bajos de todos los indicadores nacionales e internacionales que marcan el desarrollo humano.
Otra generación se ha perdido en los últimos quince años. Resulta bastante ofensivo que vuelvan a hablar de erradicar el marabú en los campos de Cuba, tantos años después de haber prometido su erradicación, los mismos que constituyen el único marabú social que ha destruido el cultivo de la vida nacional, e impedido “el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”, deseado por José Martí.
La perorata ideológica del designado no oculta el propósito de toda medida social o económica de los dirigentes cubanos: pensar en sí mismos, no en Cuba ni en los cubanos.
Bastaría una medida, tan solo una, que haría innecesarias las 176 anunciadas, en las que ya no es posible confiar. La única medida necesaria, si hubiera el mínimo decoro, sería apartarse del poder, poner fin a la agonía del país y permitir su reconstrucción.
Los causantes y continuadores de la ruina que comenzó a incubarse hace casi setenta años, no pueden garantizar la reconstrucción nacional si no son capaces de aceptar su responsabilidad en lo que ocurre.
Si realmente amaran a Cuba no la destruirían día a día provocando el sufrimiento de sus ciudadanos. Al ser amado no se le reprime, ni se le viola diariamente, ni se le insulta con mentiras, tampoco se le condena al hambre, a las enfermedades, ni a vivir en condiciones deplorables.
Ya ni siquiera intentan convertir el revés en victoria, como predicara Fidel Castro, el comandante que supo muy bien “hacer la ley y la trampa” -otra definición jurídica de la sabiduría popular. Se trata solo de pretender esconder la realidad paralela que crearon y sostienen, pero sin sufrirla, mientras continúan chapoteando en las aguas pantanosas del “bloqueo”, que tampoco sufren.

Metió la pata el designado presidente. Su propia declaración lo releva de pruebas al admitir que las reformas anunciadas hace quince años no se ejecutaron debido al “bloqueo” u obstáculos externos, sino porque decidieron postergarlas, sin explicar por qué. Ante el juicio de la historia, y ante los ojos de los cubanos, tal confesión no pasa de ser una excusa política para el ejercicio del poder; pero no justifica tal decisión, menos sus consecuencias; tampoco elimina la responsabilidad de quienes decidieron.
¿De verdad no pueden hacer algo mejor?



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