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LA INTERVENCIÓN DE LA IGLESIA TRAS EL ATAQUE AL CUARTEL MONCADA

  • Foto del escritor: Orlando Márquez
    Orlando Márquez
  • 2 ago
  • 7 Min. de lectura

Según la prensa de la época (Parte I)


Conocí a Juan Emilio Friguls personalmente a fines del pasado siglo, y era reportero de Radio Reloj. Pero en su larga vida de periodista, había trabajado mucho antes para El Diario de La Marina, hasta su clausura por el gobierno revolucionario el 12 de mayo de 1960.  Un día le pregunté cómo se había convertido en testigo directo de la intervención de monseñor Enrique Pérez Serantes para salvar la vida de los sobrevivientes fugitivos del asalto al cuartel Moncada, incluido Fidel Castro.

Me respondió que esa era una historia interesante y poco conocida; que todo el mundo sabía de la participación de monseñor Pérez Serantes en aquellos hechos, y pocos sabían del breve pero decisivo papel que tuvo el cardenal Manuel Arteaga, arzobispo de La Habana, tras reclamos de los familiares del jefe del movimiento.

Días después del asalto, tal vez el jueves 30 de julio, el cardenal Arteaga le telefoneó y le pidió que estuviera bien temprano la mañana siguiente, viernes 31, en el arzobispado de La Habana. Cuando llegó, fue llevado al salón de espera ubicado a la derecha del zaguán del edificio. Poco después vio pasar al menos dos mujeres, una era Mirta Diaz-Balart, esposa de Fidel Castro. Se reunieron en privado con el cardenal Arteaga y se retiraron. El cardenal se reunió después con Friguls. Le confirmó que, en efecto, aquella joven era la esposa de Fidel Castro, responsable del ataque al cuartel militar días antes. Había ido a pedir su intervención para salvar a su esposo por consejo de su hermano, Rafael Díaz-Balart, amigo de Fidel Castro durante la etapa universitaria, y para entonces, cercano al dictador Fulgencio Batista y miembro de su gobierno. “Si quieren salvarle la vida, vayan a ver al cardenal porque solo la Iglesia puede hacer algo en este momento”, recordó Friguls del relato del cardenal Arteaga.

El cardenal aceptó intervenir. Como él no podría ir al lugar de los hechos, y aquel tampoco era su territorio de gobierno pastoral, habló por teléfono con monseñor Enrique Pérez Serantes, arzobispo de Santiago de Cuba. Le informó de la solicitud de la familia, pidió su asistencia y le informó que enviaría a un representante en su nombre, Juan Emilio Friguls. El primado de Oriente, quien ya había hecho llamamiento público a la paz tras los acontecimientos e iniciado alguna gestión, aceptó comprometerse en la mediación, como tan eficazmente solo él podía hacer desde su altura pastoral y moral.

El cardenal Arteaga también informó a la oficina de Batista sobre su gestión y su intención de enviar a Friguls en su representación. No hubo reparos. “Usted sale esta noche para Santiago”, le informó el cardenal a Friguls, quien, esa misma noche del viernes 31 de julio, voló desde el aeropuerto militar de Columbia, en La Habana, a Santiago en un avión militar y rodeado de oficiales y soldados con caras de pocos amigos. “Yo sentí miedo”, me dijo Friguls, mientras sonreía y hacía su habitual gesto de tapar con la mano izquierda su sonrisa.

La crónica que escribió, apareció en la primera plana del Diario de la Marina el 5 de agosto de 1953. Dada su exclusividad, fue usado y reproducido por otros medios. Esta es la crónica de Friguls:


RELATO DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL SOBRE LOS ATACANTES DEL MONCADA

 

“A las seis y media de la mañana, en un Jeep chapa 16037, salimos del arzobispado de Santiago en busca de los fugitivos. Monseñor Pérez Serantes tomó asiento en la parte delantera junto al chofer Óscar Anglada, de la entera confianza del Prelado. En los asientos posteriores ocupamos lugar el señor Enrique Canto, sobresaliente dirigente católico, y nosotros.

“No llevábamos ninguna escolta militar. Ni la representación de la prensa, que fue citada para horas después de la salida.

“El Jeep partió a moderada velocidad hacia las afueras de la ciudad por la carretera que va a la playa Siboney. A todo lo largo de la vía, la carretera estaba despejada y el tránsito era normal. Como en cualquier otra ruta.

“Monseñor Pérez Serantes, que iba sin manteo, llevando solo pectoral, nos narró durante el viaje, las infructuosas gestiones realizadas el viernes por algunos de los montes cercanos, dando fuertes voces de llamada a los fugitivos, sin ningún resultado. ‘Dios quiera que esta vez -nos dijo con voz velada Monseñor- esta misión tenga éxito para el bien de Cuba’. Llevaba esta vez Monseñor una esperanza más fundada en el éxito. Hasta el arzobispo habían llegado rumores de que cerca del poblado llamado Sevilla, en el término del Caney, ocho jóvenes que habían tomado parte de los sucesos del domingo 26, deseaban acogerse al bando dictado por el coronel Chaviano, y el Arzobispo quería no demorase la entrega a las autoridades. Los datos que se tenía a mano, sin embargo, eran bien pocos. Pasados dos o tres kilómetros de Sevilla, un hombre señalaría el lugar donde estaban escondidos los jóvenes, y una vez el Arzobispo en el lugar indicado, se entregarían a las fuerzas sin hacer oposición.

“Eran las 7 y 10 de la mañana cuando el polvoriento Jeep se acercó más o menos al lugar señalado. Monseñor dio orden de moderar la velocidad. Y lentamente, mirando a uno y otro lado, fuimos recorriendo un par de kilómetros.

“A medida que los minutos pasaban nuestra esperanza iba esfumándose. ¿Caería la humanitaria gestión en un fracaso como el del viernes? Había seguridad de que los fugitivos conocían ya de la intervención de Monseñor y de las garantías dadas, y tan caballerosamente cumplidas, por el coronel Río Chaviano, jefe del Regimiento Oriental.

“Precisamente, horas antes de nuestra salida de Santiago, un avión militar había volado a baja altura sobre los montes cercanos, distribuyendo desde el aire gran número de volantes anunciando la visita del Arzobispo e invitándoles a la rendición con respeto para sus vidas. Según tuvimos noticias, ese avión fue tiroteado por los fugitivos; a pesar de ello, los aviadores militares no ripostaron para hacer buena la garantía del coronel Río Chaviano.

“Pasaron unos minutos más que parecieron siglos, y a la izquierda de la carretera, saltando una cerca de púas, un campesino de unos treinta años, trigueño, que vestía pantalón azul, camisa blanca y sombrero de yarey, hizo señas de parada al Jeep. Con voz nerviosa, mirando fijamente a Monseñor y sin acercarse al vehículo, dio las señas prometidas: ‘Sigan nomás un poco adelante; vean una curva y allí se paran’. ‘¿Y usted? -le dijo Monseñor- ¿No viene con nosotros? Aquí tiene cabida’. ‘No, señor, no cabríamos, allá hay ocho que esperan para entregarse y no cabríamos todos’. ‘Pues siga adelante’, ordenó Monseñor Perez Serantes al chofer. Y ya con seguridades de más éxito, nos aproximamos despacio hacia el norte.

“Unos metros más y también a la izquierda, una curva ligeramente pronunciada. El Jeep se detiene. Nada. A un lado y a otro montes y lomas. Un poco hacia el norte, unos bueyes.

“Monseñor, ya algo inquieto, decide apearse, aceptando las sugerencias de Enrique Canto. ‘Quizás sea bueno que se baje, Monseñor, y camine por la carretera para que puedan distinguirlo’.

“Pasan unos minutos, Monseñor solo camina unos metros. Su arrogante figura se destaca dentro del verde paisaje que nos rodea. Pasan unos minutos y nada. Pero ya cerca de las ocho, y un poco alejados de la curva, se divisan unos hombres que, en fila india y guiados por un campesino, se dirigen hacia el norte de la carretera.

“Rápidamente el Jeep da la vuelta. Monseñor, a pie, va hacia ellos, cuando suena un disparo de rifle, cuyo eco repercute en los montes cercanos. Un segundo tiro y otro. Y otro más. Por la carretera en dirección contraria a Santiago, un soldado rifle en mano, se acerca. Otro más que sale de las malezas y da orden categórica de detención a los jóvenes: ‘Todos manos arriba. Que nadie se mueva’. Monseñor, con voz firme, aunque amistosa, les dice a los soldados: ‘Soy el Arzobispo de Santiago de Cuba. Estos muchachos se entregan y estoy respaldado por vuestro coronel, que me ha dado todas las facilidades para esta ocasión de paz, de reconciliación de hermanos´. ´La vida de estos hombres, padre, está garantizada´, responde el soldado, que agrega rápido con voz de mando: ´Pero no se puede uno fiar de ellos. Estos mismos quisieron matarnos a todos a traición, en emboscada´. Monseñor vuelve a intervenir.

Los ocho fugitivos que aceptaron entregarse por la mediación del arzobispo Enrique Pérez Serantes, el sábado 1 de agosto de 1953. Primero a la izquierda, Fidel Castro. / Foto: Bohemia, Agosto 9 de 1953.
Los ocho fugitivos que aceptaron entregarse por la mediación del arzobispo Enrique Pérez Serantes, el sábado 1 de agosto de 1953. Primero a la izquierda, Fidel Castro. / Foto: Bohemia, Agosto 9 de 1953.

“Y entonces el soldado responde: ´Lo siento padre, pero tengo que hacer entrega de ellos a mi jefe, que está en las lomas, donde se han entregado tres más. Hable usted con él cuando regrese´.

“Mientras tanto, otros soldados, ordenan sentarse en la hierba a los cinco detenidos, todos jóvenes de 20 a 30 años, uno negro, otro mulato y tres blancos, los que son tratados con corrección. No lucen demacrados ni han dicho una palabra. Sus ropas de civiles lucen ajadas y rotas por el largo uso.

“La gestión de Monseñor está en estos momentos en su punto culminante. Hay que avisar a las autoridades de Santiago y Monseñor nos ordena a Canto y a nosotros, que vayamos en busca del coronel Río Chaviano, jefe militar de la provincia. Él, Monseñor, quedará junto a los detenidos, en pleno campo.

“En el auto del señor Jorge Abascal, que casualmente pasaba por allí, nos trasladamos a toda velocidad a la residencia del doctor Mendieta, fiscal de la Audiencia. Duerme aún, pero ante el requerimiento urgente se presta gustoso a llamar al Cuartel. Canto, con voz entrecortada, da la noticia al propio comandante Pérez Chaumont, que anoche, precisamente, fue compañero nuestro en viaje aéreo desde La Habana.

“Hay un breve diálogo, y Canto, sonriente, nos refiere el resultado: ‘Dice el comandante que inmediatamente va con fuerzas a su mando en busca de los detenidos, y que la vida de todos está plenamente garantizada, cumpliendo órdenes del Gobierno’.

“Rápidamente regresamos hacia el reparto Sevilla. Allí hay tres jóvenes más que se han entregado a las fuerzas del Ejército amparados en la gestión del Prelado oriental, y entre ellos Fidel Castro.

“La caravana se pone enseguida en movimiento hacia Santiago. Va adelante el Jeep del comandante Pérez Chaumont, y sigue un carro abierto, con fuerzas del Ejército y en el centro, sentados, los ocho detenidos. Detrás el Jeep donde vamos Monseñor, Canto y nosotros. Vamos en dirección al vivac después de dar una amplia vuelta a la ciudad.

“Con todo orden los detenidos son internados en el vivac. El comandante Pérez Chaumont saluda y despide a Monseñor y, como despedida a nosotros nos dice: ´Pueden dar la noticia de que entre los detenidos está Fidel Castro´.

“Son exactamente las nueve menos cuarto de la mañana. La acción cristiana y humanitaria de Monseñor Pérez Serantes está cumplida. Cuba se había ahorrado, gracias a sus esfuerzos y a la buena voluntad del coronel Río Chaviano, posibles nuevas horas de tragedia. La mano de Dios había estado con nosotros.”

 
 
 
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