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A MI ME FUSILARON UNA VEZ

Foto del escritor: Orlando Márquez
Orlando Márquez
hace 8 minutos
6 min de lectura

Hay recuerdos que nos acompañan para siempre, aunque sean experiencias ajenas, porque su impacto humano es tan fuerte que puede calar en otras vidas. El siguiente texto es la reconstrucción de un testimonio oral que escuché como una confesión espontánea, reprimida pero urgida de salpicar el espíritu dispuesto de otros. Está escrito en primera persona, habiendo modificado ligeramente la narración original solo para facilitar el relato. 

Sí, a mí también me fusilaron una vez. ¡Figúrate! Del carajo fue aquello… Yo empecé en la conspiración desde temprano… Yo era miembro de la Agrupación Católica Universitaria, la ACU. También había conspirado contra Batista; en la ACU casi todos conspirábamos contra Batista. Y después, cuando vimos que esto era comunismo, también. Aunque no todos, es verdad. Casi todos éramos revolucionarios pero no comunistas; algunos sí creyeron que el comunismo era lo mejor pero la mayoría de nosotros no. En fin.

Yo era parte de un grupo y estábamos conspirando contra la Revolución. No podíamos hacer mucho… En realidad, después pensé que éramos unos comemierdas, porque no podíamos tumbar el gobierno ni nada de eso. Los tipos de la Seguridad del Estado sabían más de nosotros que nosotros mismos, ¿tu me entiendes? Aunque en ese momento, claro, no pensaba así, y esas eran nuestras ideas y luchamos contra esto. No solo por nuestros principios, sino porque de verdad vimos que empezaron a atacar a la Iglesia, a botar los curas, cerrar las escuelas religiosas, los fusilados…

Para mí era un problema porque ya mis padres estaban mayores, ya mis hijos habían nacido, tenía mi esposa… ¿Tú me entiendes? Y al final me agarraron, nos agarraron a todos. Me dio mucha pena con mi familia, la verdad; no por lo que yo pensaba, eso mi esposa lo sabía, pero sí por la situación que venía, y los muchachos. En fin…

Primero me llevaron para Villa Marista. Yo había estado antes ahí, de visita. Yo no estudié allí, yo había estudiado en el Colegio de Belén pero sí había estado alguna vez en Villa Marista, y aunque no lo conocía completo, lo que vi esa vez era muy distinto del recuerdo que yo tenía; no por fuera, porque por fuera era lo mismo, pero por dentro era otra cosa. Bueno, me llevaron allí, me identificaron, me revisaron todo, me quitaron el cinto, los cordones de los zapatos y un guardia con un fusil me indicó una puerta, crucé y él detrás de mí, y oí que la puerta se cerró. Caminé por un pasillo, un poco oscuro y el guardia me ordenó que me parara y yo me paré ahí. Entonces él me pasó por el lado, se viró y abrió una puerta ahí mismo, que yo ni la había visto. Me dijo que entrara y yo entré, y cuando entré cerró la puerta detrás de mí. Estaba todo oscuro, no veía nada y claro, lo que uno normalmente hace es estirar los brazos y tantear así… con las manos. Doy un paso y cuando estiré el brazo lo que toco es una pared, y busco a los lados y lo mismo, otra pared, solo tres paredes y una puerta detrás de mí. Solo podía dar un paso adelante y uno atrás. Y ahí ya sentí miedo, de verdad. Me dejé caer en cuclillas y ahí me quedé.

¡Figúrate! Mi cabeza era un hervidero. Pensé en mi esposa, mis hijos, mis padres… Cuando me agarraron preso yo creí que me iba a encontrar a alguien conocido en una celda, y lo que me encuentro es un hueco oscuro… estaba como tapiado, pero de pie. El piso estaba como hundido por un lado, después me di cuenta de que ahí había una letrinita en una esquina. No sé cuántas horas pasé ahí agachado. En un momento se abrió un huequito por debajo de la puerta, como una puertecita, y pasaron un plato con algo de comida, un pan con algo, y un jarrito con agua. ¡Figúrate! Ahí tuve que orinar y todo. Ahí me tuvieron creo yo que por lo menos tres días… No sé bien, porque perdí la noción del tiempo. A veces oía una voz afuera, una puerta que sonaba. Nada más.   

Cuando al fin me sacaron de ahí, con una peste ya del carajo que tenía yo, me llevaron para que me bañara, me dieron otra ropa que ni sé de quién era, porque no era mía y era usada. Me dieron algo de comer y me llevaron a un cuarto. Me indicaron una silla ahí, y como había más sillas y una mesita, ya pensé en el interrogatorio. ¿Tú me entiendes? Esperé… no sé qué tiempo, no sé, de verdad, y al final entraron dos tipos vestidos de uniforme. Ahí empezó la cosa del interrogatorio y todo eso.

Yo, de verdad no sabía casi nada. El grupo en el que yo estaba no andaba con armas ni nada de eso, la verdad. Como yo tenía mi consulta médica y tenía carro y me movía bien, me pedían que recogiera unos papeles acá y los llevara para allá, o llevara a alguna persona, cosas así. Pero los tipos de la Seguridad, no sé si por mi estatus, o mi nivel de vida y eso, decían que yo estaba más comprometido de lo que yo decía. Para mí que también se ensañaron conmigo, porque ellos ya sabían todo de mí, de mi familia y lo que yo hacía en el grupo, pero en fin…

Aquello en Villa Marista duró como... casi tres meses, con los interrogatorios y el cará’. A veces estaba días sin ver una ventana, sin ver a nadie; no sabía si era de día o de noche. Estaba totalmente desorientado. Una vez, en el cuarto donde yo dormía, en una colchoneta en el piso, llevaron a otro hombre y estuvimos juntos como una semana, pero yo ni hablaba con él, solo “¿qué tal?” y eso. Pero no estuvo mucho tiempo ahí.

Y en uno de esos interrogatorios -cuando llevaba como un mes allí- me dijeron que fuera con ellos. Me levantaron y me llevaron casi cargado, pero caminando. Ya era fácil levantarme porque había perdido no sé cuántas libras. Me llevaron afuera del edificio y me metieron en un carro, en el asiento de atrás, con un guardia a cada lado, el chofer y uno de los interrogadores, todos con fusil. Estaba como amaneciendo. Cuando el carro arrancó, uno me agarró por el cuello y me bajó la cabeza y me apretó así, para abajo. Yo oía el ruido de los carros y las guaguas, y hasta las voces de la gente cuando el carro paraba, pero no podía ver nada. No sé a dónde me llevaron, la verdad.

Cuando el carro paró, me pusieron un saco de tela en la cabeza, me sacaron del carro y me agarraron de los brazos y caminamos un tramo, no sé qué distancia. Nos paramos y me empujaron un poco así, hacia un lado y ahí sentí el poste en la espalda y me amarraron los brazos contra el poste. Me di cuenta de que me iban a fusilar. ¡Figúrate!... “¡Se acabó!”, fue lo que pensé. ¿Tu me entiendes? No recuerdo si me pasó por la mente toda la película de mi vida, pero sí vi a mi esposa, mis hijos y mis padres. Todo fue rápido. Cuando dijeron “preparen” me oriné, y después “apunten” y “fuego” … ¡Figúrate!... Y sonaron los tiros. Las rodillas se me doblaron, pero yo no sentía nada, me di cuenta que no me dolía nada. Yo pensé que habían apuntado mal. Y en eso oigo la risa… Aquellos tipos empezaron a reírse, burlándose. Ahí me di cuenta que habían disparado salvas. Ellos estaban muertos de risa y yo todo orinado, llorando detrás de aquel saco en la cabeza.

Al rato me soltaron del poste aquel. Allí mismo me bañaron con una manguera y me dejaron un rato sentado en la tierra, hasta que me sequé un poco y me llevaron a otro carro, era como un panelito, cerrado todo. Me quitaron el saco de la cabeza y me metieron en la parte de atrás, solo. Me imagino que sería por la peste que yo tenía, y me llevaron otra vez para Villa Marista. Así fue…

Allí estuve hasta que me llevaron para La Cabaña. Después de eso pude ver a mi familia por primera vez en todo ese tiempo. Yo no les dije esas cosas… ¿Para qué? Después vino el juicio y todo eso… Pero en La Cabaña conocí a un muchacho que lo habían “fusilado” dos veces, y una tercera lo tiraron al mar desde un helicóptero, amarrado por aquí, por debajo de los brazos. Cuando se hundió un poco en el mar, lo levantaron y se lo llevaron otra vez para Villa Marista.

No les guardo rencor... Es verdad que me hicieron sufrir bastante, y a mi familia también, pero yo no puedo odiar a nadie. ¿Tú me entiendes?

 
 
 

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