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DIPLOMACIA REVOLUCIONARIA: DEL INTENTO DE SECUESTRO AL ACTO DE REPUDIO

Foto del escritor: Orlando Márquez
Orlando Márquez
hace 6 minutos
4 min de lectura

Por estos días, a propósito de cierto revolú creado por los representantes cubanos ante Naciones Unidas el pasado 27 de octubre, y encabezados por el canciller, recordé el capítulo tormentoso protagonizado por otros diplomáticos de la Isla en Madrid, España, a pocos días de la Navidad de 1985.


Delegación cubana en la sede de las Naciones Unidas el pasado 27 de noviembre de 2026, encabezada por el canciller Bruno Rodríguez. / Foto EFE.
Delegación cubana en la sede de las Naciones Unidas el pasado 27 de noviembre de 2026, encabezada por el canciller Bruno Rodríguez. / Foto EFE.

Fue un evento extraordinario, tanto por su acción decidida como por su chapucero final.   

Los diplomáticos cubanos pueden ser tan efectivos como los demás: discretos, arriesgados, hábiles. Pero, como en todo cuanto sucede en la Cuba de las últimas décadas y con sus funcionarios gubernamentales -dentro o fuera-, cada acto vital está condicionado por lo que se estima “defensa de la Revolución”. Ni los actos públicos ni la vida privada pueden desprenderse de ese culto a la “Revolución” omnipresente, omnipotente, omnisciente, omnímoda y omnidestructora; ni siquiera siete décadas después, en su versión actual, cuando los herederos se empeñan en frankestear la imagen y el espíritu del idolatrado.  

En fin, que se puede ser diplomático y educado, y al mismo tiempo dar zapatazos en la mesa y organizar “actos de repudio” en las sedes donde solo se espera el gesto respetuoso, o al menos la cordura y la decencia. O ser diplomáticos y practicar actos incivilizados, como el que vino a mi recuerdo.

En noviembre de 1985 llegaba a Madrid el funcionario cubano Manuel Antonio Sánchez Pérez, vicepresidente de la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN). Para sus superiores iba en misión oficial, pero Sánchez Pérez tenía otra misión personal. Poco después de su llegada, el 9 de diciembre, solicitó asilo político ante las autoridades españolas. Dado su alto perfil -todo un “cuadro” revolucionario que gozaba de absoluta confianza-, fue protegido y custodiado, pero el exfuncionario fue imprudente.

El viernes 13 de diciembre de 1985, Sánchez Pérez se presentó solo en un céntrico Banco de Madrid para retirar dinero y documentos de una cuenta registrada a su nombre.   

Al salir del banco fue interceptado por cuatro personas, dos de ellas empuñando armas de fuego, quienes a golpes y con amenazas de muerte, lo fuerzan a entrar en un pequeño auto con placa diplomática de la embajada cubana.

Manuel Sánchez Pérez gritó desesperadamente por su vida y ante los gritos, varias personas que transitaban aquella mañana por el Paseo de la Castellana impidieron el movimiento del vehículo diplomático. Un Taxi también se atravesó y otros guardias se sumaron después, pistola en mano al ver a dos de los secuestradores armados.

Así se frustró el rapto concebido revolucionariamente en La Habana y ejecutado criminalmente en Madrid por diplomáticos acreditados ante Su Majestad Juan Carlos I de Borbón, Rey de España.

El evento alcanzó niveles escandalosos en el mundo diplomático y enfrió -por un tiempo- las relaciones entre Cuba y España.  

Los cuatro diplomáticos cubanos, detenidos en el acto, fueron expulsados horas después. La protección a Sánchez Pérez se incrementó y mientras la noticia recorría el mundo, en Cuba solo supieron del suceso los autores intelectuales y quienes escuchábamos Radio Exterior de España u otra emisora internacional por onda corta.

Al embajador de Cuba ante el Reino de España, Oscar García Fernández -quien no estaba en Madrid el día de marras y de la marranada-, correspondió tragar la ira formal del gobierno. La prensa española reportó que, en su encuentro con las autoridades españolas, declaró no saber nada del asunto. Pudiera ser.

Su señora madre asistía a misa a la parroquia San Agustín, mi parroquia de entonces, y por ella supimos que no fue tratado respetuosamente al terminar su misión y regresar a La Habana, años después. En el mismo aeropuerto revisaron minuciosamente su equipaje como si fuera un sospechoso. Quien llevó la peor parte fue la mascota, una desdichada cotorra sacada de la jaula por el funcionario designado de cachearla en toda su anatomía y de torcerle el cuello hasta arrebatarle la vida a la vista de los recién llegados.

Era un mensaje, obviamente, bastante aterrador y perverso, pero no para el ave inocente.

De cualquier modo, aquello de “defender la Revolución al precio que sea necesario” mediante un intento fallido de secuestro en la vía pública, un acto de repudio internacionalizado, un zapatazo en la mesa, un bofetón de pasillo o la entrega en mano de una copia en vídeo de un acto íntimo grabado en secreto, revelan la fácil transición del comportamiento diplomático a la acción anti diplomática.

Y no se trata de santurronería en las relaciones internacionales. Todos los gobiernos promueven sus intereses y todas las sedes diplomáticas realizan labores de inteligencia. Pero en el caso cubano -además de la distancia entre los intereses del gobierno y los intereses de la población-, lo que se hace evidente pero no sorprendente, es un orgulloso placer por la vulgaridad y la transgresión en nombre de la Revolución que solo sirven para evidenciar la decadencia de lo que se defiende.

 
 
 

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