EL ÚLTIMO GUARDIÁN DE LOS TERRY EN CUBA

Conocí a Tomás Andrés Terry y García-Montes en la parroquia San Agustín, nuestra parroquia. Nos separaban seis décadas de vida, pero comenzamos a relacionarnos cuando yo era un adolescente de 16 años. En la rampa de acceso al templo por la avenida 37, antes de cerrar cada domingo después de misa de diez el portón de hierro y cristal, despedía a los últimos en abandonar el edificio y comencé a intercambiar con los mayores: Paquita, Amadito y Panchita, Duval y Blanquita… y Tomás.
Mis charlas con Tomás, aunque informales, se hicieron más frecuentes. Al llegar el verano de 1978 le comenté que había matriculado en la escuela de Veterinaria y me dijo que él había obtenido el título de Doctor en Veterinaria, aunque nunca la ejerció (yo no terminé el primer año).
Un día me dio su teléfono y me invitó a visitarlo en su casa del cercano y exclusivo barrio Kohly. Después de acordar una cita, una tarde me presenté allí. Me recibió una mujer anciana, contemporánea con él y poco dispuesta a la bienvenida. Supe por Tomás que aquella mujer -no menciono su nombre- no tenía vínculos de sangre con la familia, pero había vivido casi siempre junto a él y su señora madre.
Tras abrir la puerta e interrogarme hasta estar segura de que tenía una cita con “el doctor” -como ella le llamaba-, me indicó esperar en una pequeña sala a la izquierda de la entrada, al pasar la escalera. Tras unos minutos observando cuadros y adornos, apareció Tomás vistiendo bata de seda, pantalón largo y pantuflas.
Para romper el hielo charlamos sobre los estudios de veterinaria y rápidamente pasamos a sus temas favoritos, como la filatelia. Don Tomás tenía una de las colecciones filatélicas más valoradas de Cuba y orgulloso me mostró algunos de sus álbumes. Con placer de experto me indicaba los ejemplares más preciados, los más raros, algunos de los cuales tenían muy pocos coleccionistas en el mundo. También me narró sus experiencias en la creación -no exitosa- del cohete postal cubano.
Sus estampillas predilectas eran sobre aviones. Poco antes (1971) había logrado publicar en La Habana su libro El Correo Aéreo en Cuba. Sus colecciones de estampillas participaban en exposiciones internacionales a solicitud de la Federación Filatélica cubana, aunque él no acudía a esas exposiciones.
Otra de las más atractivas colecciones que poseía era la de armas. Vi muchas, tanto medievales como modernas. Las tenía para uso personal y de caza, armas blancas y de fuego no automáticas, prevenientes de todos los continentes. Según Tomás, la mayor parte de ellas habían sido usadas en combate y compradas por su bisabuelo, Don Tomás Terry y Adán -nacido en Caracas, Venezuela-, y por su abuelo, Andrés Terry y Dorticós.

Acaso la más impresionante era una imponente espada japonesa, de unos tres metros de longitud, orgullosamente ocupando un privilegiado espacio de pared. Un extenso colmillo de marfil que alguna vez estuvo en la anatomía de un elefante había sido transformado en una obra de arte de relieves compactos y figuras caladas, exhibiendo decenas de guerreros samuráis, caballos y plantas.
Tomás, disfrutando mi admiración por la obra, buscó una escalera y desde su altura, agarrando la empuñadura, tiró de ella con cuidado para mostrarme tan solo el primer segmento de la hoja de acero, brillante y afilada.
Con no poco orgullo me comentó sobre los intentos de un diplomático japonés en Cuba quien unos años antes, al enterarse de aquella obra de la Era Meiji guardada en una casa de La Habana, pidió verla y terminó ofreciéndole un millón de dólares en nombre del gobierno imperial, los cuales rechazó.
Tomás gustaba hablar de sus antepasados y mostrar sus colecciones, yo disfrutaba de sus charlas y la mujer que fue como de la familia, supo mantener su rostro poco amigable al traernos el café.
Durante una de nuestras tertulias, mi anfitrión me mostró un libro con textos en inglés y láminas a color, abriendo directamente la página donde aparecía el retrato de don Tomás Terry y Adán, su bisabuelo y patriarca de la familia. La imagen estaba acompañada de una nota al pie que lo describía como uno de los hombres más ricos del mundo en la segunda mitad del siglo XIX, dueño de una fortuna estimada en unos veinte millones de dólares en oro.
Se dedicó, entre otras cosas, a la producción azucarera, pero también a la política y el mecenazgo. Sus descendientes inmediatos levantaron el magnífico Teatro Tomás Terry, en la ciudad de Cienfuegos.
No recuerdo la fecha exacta de la muerte Tomás, pero fue en 1984. El bisnieto del patriarca Terry que decidió permanecer en la Cuba revolucionaria despojado de propiedades y lejos de su familia emigrada, terminó sus días en la casona de Kohly.
El padre Carlos Pérez, nuestro párroco entonces, me contó que pudo administrarle la extremaunción, y mientras por la puerta principal retiraban el cadáver todavía tibio de don Tomás, por la entrada lateral hacia el garaje ya había comenzado el trasiego de carretillas bajo las órdenes de la directora de Patrimonio Nacional, Marta Arjona, retirando cuanto objeto de valor hubiera.
La biblioteca familiar, como lo había dispuesto el difunto, fue para el Seminario “San Carlos y San Ambrosio”. Los propios seminaristas cargaron días después los libros, al menos los que quedaban allí.
Por entonces yo trabajaba en el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología, cuyas oficinas ocupaban una parte de la planta alta del Castillo de la Real Fuerza de La Habana. La otra parte la ocupaba la dirección del Museo de Armas, con su área de exposiciones en la planta baja del castillo.
Un día supe que habían llegado nuevas piezas para el Museo, cuyo antiguo dueño había fallecido poco antes en La Habana. Forzosamente tenía que ser la colección de los Terry.
El director del Museo me permitió ver las piezas mientras las retiraban de las cajas y antes de inventariarlas. Las que vi ya las había visto, y había visto otras que no vi allí. “Esto es todo”, me respondió el director cuando le pregunté por las otras armas. Al Museo de Armas de La Habana no llegó ni la tercera parte de la colección de armas de los Terry.
Obviamente, tampoco llegó el gigantesco sable ceremonial que un diplomático japonés intentó comprar y regresar a su lugar de origen. ¡Quién sabe dónde habrá ido a parar aquella rareza del arte y la cultura del Japón!
Entiendo que la famosa colección filatélica -o parte de ella- terminó en el Museo Postal Cubano, en la sede del Ministerio de Comunicaciones, y es posible que el Museo Numismático de La Habana conserve su colección de monedas, o parte de ella.
Desde que Tomás Andrés Terry y García-Montes decidió permanecer en Cuba y lejos de los suyos, sería hasta su muerte guardián de bienes ajenos, pues ya no habría herederos para conservarlos en la familia.




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