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  • Orlando Márquez

BENEDICTO XVI: SABIO Y HUMILDE SIERVO DE DIOS

Tuvo enemigos, como cualquier figura pública, también dentro de la Iglesia. Le llamaron “rottweiler de Dios”, “panzer-kardinal”, “inquisidor”, “retrógrado”, “ultraconservador”. Él se veía a sí mismo como el “siervo inútil”, alguien que solo desea cumplir con su responsabilidad y deber a pesar de las incomprensiones, sin esperar premios. Recordaba con frecuencia el pasaje evangélico donde Jesús compara nuestra relación con Dios, con la del siervo y su amo: vivir el cristianismo cada día no es el papel de un actor que esperaría un premio si, en verdad, “solo hemos hecho lo que debíamos hacer” (Cf. Lc. 17,10).



Tampoco intentó defenderse. Sobre los insultos expresados en su contra tras la publicación del libro-entrevista “Informe sobre la fe” (1984), cuando era prefecto de la Congregación encargada de proteger la doctrina y solo conocido como cardenal Joseph Ratzinger, cuenta Vittorio Messori, el autor, que le preguntó si no pensaba responder, y él solo sonrió y dijo “no”.

Fueron bastante escandalosas y difundidas por entonces las furias expresadas en su contra por varios promotores de la Teología de la Liberación (TL), cuando eran llamados a encontrarse en Roma con la Congregación, después haber recibido una y otra vez sugerencias o solicitudes de precisiones sobre el contenido de sus propuestas. Creo que los teólogos de la liberación tenían razones sobradas para analizar, pronunciarse y promover, desde la academia de la fe cristiana, una pastoral que iluminara la tremenda injusticia que imperaba -no ha desaparecido- en los países pobres de América Latina, o Asia. El problema surgió cuando se centró exclusivamente en este mundo y apeló a los instrumentos de este mundo, de modo particular el marxismo “científico” y su concepto de la “lucha de clases”.

La revolución cubana fue inspiración para varios teólogos de la liberación. Cuando visitaban Cuba, no podían entender por qué la Iglesia de la Isla no era “revolucionaria”, o por qué la teología de la liberación no era promovida en los seminarios o entre los católicos del país. Así quedó para siempre en la memoria aquella frase del sacerdote brasileño promotor de la TL, Leonardo Boff (hoy suspendido), durante una de sus visitas a Cuba y muy difundida por la prensa oficial: “la revolución cubana es la manifestación del reino de Dios en este mundo”. Para esta TL, el Cristo de la fe era desplazado por el Jesús histórico y terrenal quien, por otro lado, nunca intentó “liberar” a Israel del dominio romano por las armas, sin que por ello dejara de expresar la preferencia por los pobres y los que sufren.

Pero los pronunciamientos sólidos y fundamentados del cardenal Ratzinger sobre el islam, la decadencia espiritual de Europa, o sobre el grave peligro de considerar que todas las religiones son iguales y que podíamos rezar todos juntos a dioses distintos, también le hicieron blanco de la ira y los insultos de quienes sentían que les ajustaba el sayo. En esas ocasiones tampoco respondió aquel “siervo inútil” que cumplía con su deber, incluso ya como Benedicto XVI.

Solo aspiraba a ser un humilde profesor de teología en Alemania, pero san Juan Pablo II lo quería en Roma, al cuidado de la doctrina de la fe católica. De este modo, llegado el momento, le correspondió presidir y predicar en la misa funeral de su antecesor. En su homilía reflexionó sobre el llamado de Jesús a Pedro: “Sigueme”, y la vida sacerdotal del Papa polaco. De algún modo, sin proponérselo, debió seguir a Jesús sin preguntar hasta convertirse en Sumo Pontífice, sin saber exactamente los caminos que se abrirían, los desafíos que le esperaban. Y siguió, al menos mientras tuvo fuerzas.

Quiso ser un Papa peregrino al Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, y visitó la Isla en marzo de 2012, durante el jubileo de los cuatrocientos años del hallazgo de la imagen. Con su presencia y palabra, expresó tambien que la Iglesia quería acompañar el esbozo de diálogo y reformas que se abría tímidamente en el país, de corta vida y pocos frutos. Pude saludarlo, y habiendo leído ya buena parte de sus obras, percibí en él la sencillez y humildad de la verdadera sabiduría.

Quizás la mayor muestra de humildad fue decirle al mundo que no tenía fuerzas espirituales y físicas para continuar al frente de la Iglesia. Aceptar su debilidad y ofrecerla al Padre, renunciar al “poder” de dirigir la Iglesia institucional y humillarse ante un mundo en el que el aferramiento al poder tiene carácter adictivo, colocan a Joseph Ratzinger, papa Benedicto XVI, en el espacio sagrado del Siervo de los siervos de Dios. Su capacidad para entender nuestra realidad desde la fe e iluminar con su sabiduría a la Iglesia de nuestro tiempo, es resultado de su humildad y búsqueda constante de Dios.

No es de extrañar que las últimas palabras que pronunció con cierta claridad horas antes de morir, y que solo un enfermero pudo escuchar, parecieran surgir de un diálogo profundo, agónico y dichoso, con Jesús, a quien había entregado toda su vida. Fueron las mismas palabras que pronunciara tres veces Pedro frente al lago Tiberíades en su diálogo con el Resucitado: “Señor, te amo”.

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