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  • Foto del escritorOrlando Márquez

DE PITOS Y BOLETAS

El hombre hablaba en voz baja, movía suavemente la cabeza hacia arriba y hacia abajo mientras nos miraba, al amigo común y a mí, con sus ojos azules bien abiertos y nos contaba el pesado secreto. Era bastante atractivo ver su mano blanca y huesuda, en armonía con todo su cuerpo, colocarse junto a la boca mientras hablaba solo “para nosotros”, y bajar después hasta descansar en el brazo del sillón mientras la otra, la que sostenía el vaso con ron Havana Club, ascendía y dejaba correr el líquido por donde habían salido las palabras.

En el patio de la casa -de mi amigo- nos compartía sus experiencias de los últimos meses como trabajador de la imprenta Federico Engels, de La Habana. Era algún día, de algún mes, del año 1993.

Foto: Reuters

Él, un impresor orgulloso de su profesión, se había visto afectado con la llegada del “periodo especial”. Muchos en la imprenta fueron enviados a sus casas como “trabajadores excedentes” pero otros, como él, permanecieron activos para nuevas tareas.

Ya todo estaba pensado. No había bobinas de papel, pero quedaban algunas cajas y pliegos de cartón, y con cartón y la tinta disponible se podían hacer, por ejemplo, carteles propagandísticos pintados a mano, como hacen los verdaderos artistas. Alguien sabía cómo hacer cajitas para cumpleaños y hasta cajitas para cumpleaños se hicieron, aunque no había mucho para poner dentro.

¿Y las planchas fotosensibles de impresión offset? Destino especial. Aquellas costosas planchas, con recubrimiento químico incluido, servirían para fabricar pitos, o silbatos, y los pequeños podrían hacer mucha bulla en los cumpleaños. Un compañero muy entusiasta llevó un troquel y un modelo para pitos, se cortaron las sofisticadas planchas en tiras estrechas, y se creó la línea de producción. El control de calidad no faltó, por supuesto, y al final de la línea productiva otro compañero o compañera, era responsable de hacer sonar cada pito salido de las habilidosas manos, y con relevo, pues no había ser humano capaz de estar ocho horas soplando pitos.

Y de anécdota en anécdota llegó finalmente a aquella que se había convertido en su pesado secreto, tan secreto que ni a su esposa le había contado. ¿Cómo le iba a contar a nadie si tenía miedo, mucho miedo? Según él, fue “la mismísima gente de la seguridad del estado” quien les prohibió hablar de lo ocurrido aquella noche y madrugada en la imprenta Federico Engels. Pero más de un año después, en la casa de mi amigo, el ron y el clima de confianza le animaron a perder el miedo y contar su secreto.

Quien no ha vivido la experiencia socialista cubana puede preguntarse cómo puede ser “secreto” un hecho que involucró a decenas de personas, como los impresores y responsables de la imprenta, los agentes enviados a custodiar y a quienes enviaron a los agentes. Mucho menos entendería que un acontecimiento cualquiera, o lo dicho por un dirigente, no es real si no se reproduce en la prensa. Lo no publicado se niega al público, y de este modo no es cierto, no ocurrió; ni es realidad convertida en ficción por alguna mente equivocada porque tampoco es ficción, simplemente no es, ni fue ni podrá ser.

Sí fueron reales las “elecciones” del 20 de diciembre de 1992 para componer las asambleas municipales del Poder Popular en el país. La rara jornada electoral mostró por primera vez que, a pesar de los urgentes y revolucionarios llamados a la ciudadanía para cumplir con la “tarea de votar”, un número inesperado de ciudadanos se negó a cumplir la tarea y esto sorprendió a las autoridades. El por ciento mayor de boletas anuladas y en blanco, y de ausencia, se contó en La Habana, donde se habló del 12,9%, el 5,4% y el 5,2% respectivamente (“El proceso electoral en Cuba 1992-1998”, publicado por el Centro de Estudios sobre América, La Habana, 1998). Cifras aceptables en cualquier sociedad, pero no en la cubana, eso estaba mal. Entonces a alguien se le ocurrió corregir el error popular.

La administración y varios impresores de la Federico Engels, empresa “vanguardia nacional” y ganadora frecuente de la “emulación socialista”, fueron convocados de modo expedito y silencioso después de haber cerrado los colegios electorales y cuando ya era evidente un descalabro demasiado grande para ocultarlo incluso en los enrevesados partes oficiales. Durante horas de la noche y madrugada, las máquinas impresoras con sus destacados impresores al frente, chorrearon galones de tinta y llovieron kilogramos de boletas de al menos dos colores distintos, según nos contó nuestro amigo impresor, hasta el amanecer.

Merienda o desayuno incluidos, al terminar la extraordinaria impresión los compañeros encargados de la seguridad del estado se llevaron los positivos, los negativos, las planchas y hasta el último gramo de papel que pudiera atestiguar lo que allí ocurrió. Y creyeron llevarse también la memoria colectiva, como si allí nada hubiera ocurrido.

Cuando ya el ron había causado el efecto esperado, nuestro amigo impresor nos recordó que aquello era secreto, que debía quedar entre nosotros pues él no quería verse perjudicado. Mejor aún: “olvídense de lo que dije”. El secreto pasó a ser recuerdo, un sueño surrealista, una no verdad.

La “verdad” se publicó después en Granma: “…la nuestra no solo es una democracia participativa, sino que también es verdaderamente representativa, afirmó Alarcón, quien agregó que ´los delegados escogidos directamente por los propios ciudadanos son de verdad sus representantes y el pueblo puede sentirse realmente representado por ellos´”.

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1 Kommentar


Jesus Valladares Nodarse
Jesus Valladares Nodarse
15. Apr. 2023

Saludos, si el lo cuenta debe ser cierto. Pero para q imprimir boletas falsas?…. Al régimen no le hace falta, el lo es todo!

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