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  • Foto del escritorOrlando Márquez

EL CHISTE COMO FORMA DE GOBIERNO

Actualizado: 26 jun 2023

Los días en que vean la luz los reportes sociológicos -más fundamentados de los que hoy existen-sobre el fracasado experimento revolucionario cubano, su ruinoso final y el empobrecimiento económico y ético del país, quizás no estén tan lejos. Pero los análisis y sus conclusiones no son más importantes que la experiencia vivida.

La respuesta coherente a una sencilla pregunta como, por ejemplo, por qué cada medida decretada en el orden económico, en lugar de mejorar la vida de los ciudadanos la hace más difícil y sufrida, quizás no sepan darla ni los propios dirigentes cubanos. Aparentemente no hay racionalidad en las políticas públicas, a pesar incluso de haber elaborado, aprobado y publicado hace más de diez años, un plan de desarrollo que miraba al 2030 e incluía una estrategia para desatar las fuerzas productivas. Hoy continúan hablando de desatar las fuerzas productivas al tiempo que las reprimen. Parece un chiste, pero no lo es.

La irracionalidad generada por un modelo que solo beneficia a unos pocos tiene su propia racionalidad, arropada en un potente cinismo. Así se explica la desfachatada chanza pública del presidente cubano cuando dijo, ante el pleno de la Asamblea Nacional, que la gestión del gobierno que encabeza es “un chiste”, pues “tenemos una Ley de soberanía alimentaria y no hay alimento, vamos a aprobar una Ley de fomento ganadero y no hay ganado, y tenemos una Ley de pesca y no hay pescado”. Y tratándose de una isla donde el pescado está al alcance de la mano, es todo un chiste que en el año 2022 y según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, desde Cuba se hayan gastado 125 mil dólares para comprar atún, sardinas y calamares en Estados Unidos (y más de 300 millones en otros productos), país al que se acusa de mantener un “bloqueo” genocida y ser culpable de todas las desgracias nacionales.

La política como chiste ha arruinado el país. / Foto: Cibercuba

Semejante irrespeto a sí mismo y a toda la población que pierde horas de vida y la vida misma en la agonía diaria de encontrar alimento o una aspirina, evidencia la incapacidad, ineficacia y desprecio por los ciudadanos del presidente designado. En varios países de América Latina, actitudes como esta han provocado la caída de sus presidentes, pero no en Cuba, donde las leyes son para controlar a los ciudadanos, no a quienes las hacen: un grupo selecto disfrazado de partido-gobierno que ha creado su propia “cosa nostra”.

Es fácil acusar de provocar desorden público a un ciudadano que protesta, y sancionarlo según las leyes que para ese ciudadano fueron elaboradas. Quienes implantan políticas que generan el caos económico y social, la emigración masiva y la decadencia moral, es decir, el desorden público a nivel nacional, están por encima de la ley y creen que culpando a quien es ya víctima de sus fracasos, se libran así del peso de la responsabilidad ética y civil de sus actos. La ley para ellos es otro chiste.

En las últimas tres décadas, unas dos docenas de presidentes han perdido el puesto en América Latina, comúnmente por causas como la corrupción, escándalos en los medios sociales de comunicación, una profunda y continuada crisis económica, actos delictivos del mandatario o sus cercanos, incapacidad mental, protestas populares respondidas con represión de las fuerzas del gobierno, entre otros. Incluso en los Estados Unidos, vieja democracia republicana donde el despotismo también brota cuando se hace mal uso del poder, un presidente tuvo que renunciar por espiar a sus oponentes.

Espiar a los ciudadanos, revolucionarios o no, es connatural a la perversión del sistema. Pero cualquiera de las otras causas señaladas puede aplicarse por igual al actual gobernante cubano -también a sus antecesores evidentemente. No solo por ser responsable sino, y contra todo decoro, por defender y sostener políticas públicas que generan corrupción a todos los niveles y agudizan la crisis económica; por sus llamados en los medios sociales a generar una guerra interna y reprimir sin pestañar a quienes reclaman una vida más digna, grave delito del mayor representante del servicio público. Si a pesar de tales resultados durante su primer periodo con el título de presidente, no puede distinguir entre lo que funciona y lo que no funciona, o entre el fracaso y el éxito de una gestión pública, y asume obedientemente un segundo periodo de continuidad, se hace bastante evidente su incapacidad para el puesto, y no entender que su misión es procurar la paz, estabilidad, felicidad y vida digna de los ciudadanos. Pero estar por encima de la ley y ser intocable es todo un chiste.

Hace varios años, en la ciudad de Orlando, Florida, conocí a un descendiente del expresidente y dictador cubano Gerardo Machado, quien se viera obligado a huir del país en 1933 para evitar la furia del pueblo hacia su persona por sus numerosos crímenes y desmanes, a pesar de haber impulsado numerosas obras beneficiosas para el país. Cuando me presentaron al señor noté de inmediato un parecido con las fotos que había visto de su antecesor, incluyendo unas gafas graduadas de montura circular. Pero su apellido ya no era Machado, pues debido a un simple intercambio y desplazamiento de letras, ahora él y parte de la familia se habían creado un pasado escocés. Heredar y trasmitir un apellido que tanto daño causó, no resultaba conveniente.

Ojalá el segundo periodo del gobernante cubano, si lo concluye, le sirva para evitar los errores de los últimos sesenta años. Pero tendría que ser capaz de poner fin a sus políticas chistosas y mostrar respeto a los ciudadanos. No parece probable.

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