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  • Orlando Márquez

FRANCISCO, ¡ESCUCHA!

Algunos cubanos han llamado al papa Francisco “comunista” por sus recientes comentarios sobre Cuba, particularmente por lo que él llamó su “relación humana” con Raúl Castro. Los papas no se definen por lo que otros digan de ellos, o por lo que digan de sí mismos, sino por una misión recibida que es única e intransferible. Una misión que, ciertamente, corre el peligro de desdibujarse entre las complicadas relaciones humanas.

Llamar al papa Francisco “comunista” es excesivo, porque no lo es obviamente. Como tampoco lo es probablemente a estas alturas Raúl Castro. Según me dijo un funcionario eclesiástico, durante su encuentro de 2012 en La Habana con el papa Benedicto XVI, Raúl Castro reconoció que el socialismo marxista era inviable. Y vale la pena recordar aquella confesión de Fidel Castro a un periodista norteamericano, mientras se deleitaba con los delfines del Acuario Nacional: “el modelo (socialista) no funciona ni para nosotros”. Eso que en Cuba llaman “doble moral”, atraviesa de arriba abajo toda la sociedad. Aunque parezca imposible, gobernar un sistema semejante es otro modo de estar atrapado.

Cuando se pretende un acercamiento a eso que aceptamos llamar gobierno cubano, será siempre un caminar a tientas, sin claridad ni certezas. Lo que hoy puede ser un “no”, mañana puede ser un “sí”, e incluso el “no” recibido de un funcionario puede desaparecer al acceder a otro funcionario superior quien, supuestamente, seguiría las mismas reglas del primero, pero ve desde otra perspectiva o tiene mejor humor ese día. Que existan instituciones no significa que la institucionalidad esté garantizada; que existan leyes, aunque injustas o severísimas en ocasiones, no excluye la ambigüedad legal o su no aplicación según el momento.

Joven saluda al papa Francisco durante encuentro con jóvenes en La Habana, el 20 de Septiembre de 2015. Junto a ellos el cardenal Ortega.

Las respuestas del gobierno cubano ante cada reto no son siempre las mismas, ni son coherentes, porque no responden a una política económica, social o cultural clara y definida, ni a los intereses nacionales o al bienestar ciudadano. La respuesta a los retos dependerá del modo en que el gobernante real perciba el reto en un determinado momento y contexto, según sus intereses y los intereses del grupo con el cual debe compartir poder. Solo una cosa es cierta: todo cuanto amenace la pérdida de control por parte del grupo organizado en la cima del Partido comunista será, cuando menos, neutralizado, pues atenta contra su supervivencia.

Es a la luz de este inaprensible socialismo cubano como se puede despejar la esquizofrenia de negar el modelo marxista en privado y defenderlo en público. Aunque genere más pobreza, el control es más importante que el progreso económico de la sociedad. Incluso las medidas económicas enunciadas por el gobierno, demoran porque darían más autonomía ciudadana.

También así se puede interpretar por qué, mientras Raúl Castro levantaba el brazo “victorioso” de Barack Obama en el Gran Teatro de La Habana, los textos y discursos del retirado Fidel Castro y un grupo de adláteres en contra de la visita del presidente norteamericano, ya estaban listos para su difusión en la prensa nacional. Y en relación con la misma visita, cómo asimilar que el ministro cubano de exteriores, responsable formal del restablecimiento de relaciones diplomáticas, apenas unas semanas después y durante el congreso del Partido, afirmara que aquella visita fue “un ataque a fondo a nuestra concepción, a nuestra historia, a nuestra cultura y a nuestro símbolo”. Casi como para volver a cerrar la embajada.

Otro ejemplo pudiera ser el mismo encuentro del papa Francisco con los jóvenes en La Habana, durante su visita de 2015. Es cierto que no estaba en el programa inicial, fue una iniciativa de un par de jóvenes acogida y reinterpretada por el entonces arzobispo de La Habana, Jaime Ortega. Mientras Miguel Díaz-Canel, presidente de la Comisión gubernamental encargada de la visita, puso desde el primer momento un muro de objeciones al encuentro, la solicitud presentada por el cardenal Ortega a Raúl Castro lo hizo posible.

Yo tuve la oportunidad breve de saludar al papa Francisco y agradecerle su intervención para aliviar el conflicto entre Cuba y Estados Unidos, proceso en el que, de algún modo, y como servicio a la Iglesia y a mi país, me vi implicado. El Papa no estaba equivocado. Obama no estaba equivocado. Raúl Castro dio señas claras de querer adentrarse en esa nueva etapa, lo cual cambió después. Pero el Papa debe conocer que el símbolo del “socialismo cubano” necesita un enemigo para vivir, por ello el reducido grupo que conforma el verdadero “gobierno cubano”, frenó aquel proceso de acercamiento que, de continuar su paso con inversiones, colaboraciones e intercambios, visitas y hasta filmaciones de películas en La Habana, daría más autonomía a los nacionales y demolería todo el viejo discurso histérico contra el enemigo histórico. Las posteriores medidas restrictivas durante la presidencia de Donald Trump, reales y duras solo para la población, fueron útil complemento al discurso oficial cubano para mantener la distancia.

En el contexto de todo lo anterior, que perdura por más de seis décadas, tienen lugar también las restricciones a la religión promovidas en Cuba. Quien no lo conozca no puede entender la singular contradicción de un gobierno que ha recibido a tres pontífices de la Iglesia y al mismo tiempo no tiene interés en garantizar la libertad religiosa plena.

No fueron pocos los católicos en Latinoamérica identificados con la revolución cubana, símbolo de una nueva esperanza para los pobres. Pero esos católicos no conocieron el padecimiento de los católicos cubanos por ser coherentes en medio de una sociedad hostil a su fe, considerada peligrosa porque competía con la fe exigida para la revolución y su líder. No vale la pena dar ejemplos porque nunca vivimos del victimismo y conocíamos las consecuencias de nuestros actos. Vivimos, y muchos viven aún, la fe auténtica que no es símbolo, sino expresión real de la Iglesia de Cristo, que mana junto al agua y la sangre de la herida en el costado.

Por ello es normal que más de uno cuestione, si realmente existe esa relación humana entre el Papa y el general, por qué no se evidencia su influjo en la sociedad, por qué no hablar también y con claridad sobre libertad y oportunidades reales para todos. Las injustas sanciones penales por protestar ante el desespero diario, la migración, las carencias y hasta las ruinas urbanas, evidencian que los intereses populares no son prioridad para el grupo gobernante.

La crítica de algunos católicos al Papa -no los insultos-, no cuestiona la autoridad pontificia ni la validez de la misión a él encomendada. Es solo otro modo de expresar la relación única entre el pastor y las ovejas que él debe apacentar, las que ahora hacen suyo el antiguo clamor: Francesco, ¡ascolta! Francisco, ¡escucha!

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