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  • Orlando Márquez

LA SUGERENCIA DEL GORDO PRIETO

Algunos le decían “gordo”, o solamente Prieto, su apellido. El gordo Prieto era el secretario del núcleo del Partido Comunista cuando comencé a trabajar como dibujante en el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM), desaparecido hace varios años y ubicado entonces en la planta alta del Castillo de la Real Fuerza, ante la hermosa entrada de la bahía de La Habana. Fue mi primer trabajo y tenía entonces veintiún años.

Era bonachón el gordo Prieto. Hasta en el caminar lento y balanceado, con el tabaco siempre moviéndose de un lado al otro de la boca o sonriendo con picardía, era un criollo bonachón.

Unas semanas después de mi entrada en el Castillo, me invitó a acompañarle a algún lugar que no recuerdo, pero el diálogo que tuvimos sí lo recuerdo. El sidecar no tenía silla ese día, entonces ocupé el reducido asiento detrás de él en la sonora moto Ural y no pude evitar el fuerte aroma del último trozo de tabaco barato que sostenía en los labios sin dejar de hablar. Ya de regreso a la oficina, avanzando por la avenida del Puerto, introdujo el tema del diálogo que, pienso, era la única razón de aquel viaje:

- Orlandito, ¿tu eres militante de la juventud?

- No.

- Ahora que han entrado otros jóvenes en el Centro, vamos a crear el comité de base de la UJC. Tu eres un buen muchacho y puedes hacer el proceso para que seas militante.

- Yo no puedo ser militante de la UJC.

- ¿Por qué no?

- Porque yo soy católico, no comunista.

- Ah, ¡¿tu eres católico?! Bueno, pero eso no es malo.

- Claro que no. Si fuera malo no sería católico.

Aunque sé que él informó a quien entendió cuál era mi fe religiosa, no percibí diferencias mayores en su trato hacia mí. Poco después, cuando comencé como estudiante de arquitectura en el curso regular nocturno, conocido como CPT (Curso Para Trabajadores), debía entregar en la universidad un documento de mi lugar de trabajo avalando mi condición laboral, una especie de autorización para poder continuar con los estudios. Debía firmarlo alguien del PCC, otro del sindicato y tal vez alguien más.

A quien primero presenté el documento fue al gordo Prieto, sin pensarlo escribió su beneplácito y trazó su firma. Después pasé la hoja a la persona responsable del sindicato, quien me dijo lo vería después y lo dejó en su mesa. En aquel salón no había mucha privacidad, y aunque habló en voz muy baja, desde mi mesa de dibujo pude escuchar a la responsable del sindicato hablar con Prieto sobre mí y decirle lo que escribiría, “porque tu sabes que él tiene problema ideológico”. El gordo Prieto retiró el mocho de tabaco de su boca y dijo claramente: “No eso no. No quieras joder al muchacho.”

No imagino al gordo Prieto obedeciendo la “orden de combate” del presidente del gobierno cubano y dando palos en la calle a un grupo de jóvenes que, con plena razón y derecho, exigen una vida mejor para ellos y para todo el pueblo; no para “nuestro pueblo” como suelen decir los compañeros, sino todo el pueblo. Según las imágenes que vimos, no parece que muchos “comunistas y revolucionarios” de barrio hayan salido a cumplir la “orden de combate” dada por el presidente designado. Como en cualquier dictadura, correspondió a militares y paramilitares ejecutar la orden, posiblemente todos portadores del carné rojo, aunque tal vez no conozcan El Manifiesto Comunista ni quién lo escribió.

La Habana, 11 de julio de 2021.

La orden de combate no es para defender el socialismo en un país donde apenas hay algún bien que socializar, sino para asegurar la permanencia de una casta resultante de una versión ideológica fracasada, temerosa de perder poder y privilegios, dispuesta a aplastar a quienes juró proteger.

Sé de miembros del Partido comunista de Cuba que no serían capaces de golpear a un semejante. Decenas, tal vez cientos de carnés del PCC y la UJC, fueron recogidos en las afueras de la embajada del Perú en 1980, cuando sus titulares buscaron asilo en aquella sede diplomática, muchos de ellos caminan hoy por las calles de Miami, New York o México. Militantes del Partido comunista, aunque pocos tal vez, pidieron reformas estilo perestroika a fines de los años ochenta del pasado siglo, y en el séptimo Congreso hace unos años, hubo quien pidió eliminar el adjetivo “comunista” del nombre de la organización. Al aprobarse en España la Ley de Nietos, no pocos renunciaron al PCC cuando los obligaron a elegir entre el carné del Partido o el pasaporte español. Y es posible que varios de aquellos jóvenes que salieron a protestar el 11 de julio pasado tuvieran el carné de la UJC, o sean hijos, hermanos o parientes de personas que tienen un carné del PCC o de la UJC. Tener ese carné en Cuba no es garantía de fidelidad.

Si fue desafortunada e irresponsable la orden de combate por parte de quien, precisamente por su supuesta responsabilidad gubernamental, debió disminuir las tensiones y buscar puntos de encuentro entre todos, peor ha sido su reafirmación posterior y complacencia con el enfrentamiento entre ciudadanos. La incapacidad para responder al momento histórico es también un modo de suicidio político.

Porque las condiciones y causas del estallido social permanecen y no se eliminan con reparaciones de calles, aperturas como parches o represión. Eso solo sirve para acumular la presión social y el desprecio de una mayoría no militante hacia una minoría con carné rojo. Ojalá entre esa minoría aparezca alguien que, como el gordo Prieto, pueda decir a la subminoría reaccionaria que es hora de no joder más a los muchachos. Sería el único modo de evitar lo contrario.

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