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  • Orlando Márquez

LA VIDA EN CRISIS Y UNA PREGUNTA A CARMELO

Fue durante mi primera visita a Miami en 1996, en compañía de monseñor Carlos Manuel de Céspedes como invitados a la reunión ordinaria del Instituto de Estudios Cubanos (IEC), cuando pude escuchar, también por primera vez, a Carmelo Mesa-Lago en una presentación sobre Cuba. En 1996 vivíamos otra crisis, llamada “periodo especial” y Carmelo dedicó su conferencia a la situación económica cubana, sus causas, evaluación y posibles pasos a tomar para paliar el desastre y comenzar a enderezar el rumbo. Era evidente que estaba al corriente de todo, más que muchos de quienes vivíamos en la Isla. Al final de su presentación y durante el intercambio con la audiencia, se suscitó un breve diálogo que no he podido olvidar.

Allí, en el público presente en el gran salón del hotel Sofitel, entre académicos, investigadores, periodistas y humildes invitados como yo, estaban también Silvia Rodríguez y Ondina Menocal (recientemente fallecida), amigas mías y de tantos, interesadas siempre en todo lo cubano. Fue Silvia quien inició, y concluyó, el intercambio siguiente:

- Yo tengo una pregunta profesor. ¿Cuándo Cuba podrá salir de esto que llaman “periodo especial”? Bueno -respondió Carmelo-, es una pregunta difícil, pero si se continúa con las reformas iniciadas, yo creo que Cuba puede volver a los niveles económicos que tenía en 1989 dentro de unos doce años”. Silvia no pudo controlarse: “¡¿Doce años?! Pero eso es en… ¿2008? ¡Niño por tu madre! ¡¿Cómo tu vas a decir eso?! ¡Ese pueblo no puede esperar tanto!”

La reacción de Silvia, sobre todo su conocida y criollísima apelación en nada ofensiva a la memoria de la madre del interpelado, provocaron primero una risa generalizada, transformada después en una igualmente generalizada expresión de consternación, turbación e impotencia. De entre todos los presentes, solo monseñor Céspedes y yo vivíamos la crisis desde adentro, pero era evidente que aquellas personas eran sensibles a la situación. Tal vez más que nosotros.


Quien vive por tantos años en la crisis se habitúa a ella, la integra de modo inevitable a la vida diaria. Y cuando las crisis se suceden sin intervalo de generación en generación, sin darnos cuenta aprendemos a vivir y a sobrevivir en una cultura de crisis. No significa que lo aceptemos amorosamente, pero, aunque en la soledad del final del día uno se pregunte “hasta cuándo”, o “cuándo tendremos una vida normal”, la incapacidad de responder solo sirve de impulso para poder iniciar el siguiente día con su nueva crisis. No importa si es la crisis del huevo o del pan, la del agua o las colas, del médico que quiere ayudar pero no puede o la del profesional recién graduado, del transporte o la desaparición de la aspirina, los apagones o la falta de fósforos, del uniforme escolar o los bombillos para el aula, la falta de captopril o de zapatos, la gasolina o las jeringuillas, las calles rotas o la almohadilla sanitaria, las viviendas apuntaladas o la acumulación de basura… Es solo la crisis de cada día, unas veces peor y otras menos peor. Solo eso: la vida en crisis.

Han pasado veinticinco años de aquel pronóstico de Carmelo y el país no ha regresado a los niveles económicos de 1989, porque las reformas iniciadas entonces murieron casi al nacer, y las prometidas después no se han cumplido. Lejos de regresar a la situación económica de 1989, en realidad el país ha empeorado. Pero lo ocurrido el pasado 11 de julio da otra perspectiva a la vida en crisis.

Las protestas recientes revelan no solo frustración, también la desconfianza absoluta de un creciente sector de la población en la capacidad y voluntad del Gobierno para solucionar esa asfixiante crisis permanente. Agregar tres libras de arroz hoy y algún huevo extra en dos semanas, o aquellas muestras puntuales de donaciones solidarias, no será suficiente, son solo los parches al verano siempre peligroso, parche y remiendo temporal que alivia un minuto de crisis y deja crecer el tumor.

Pero, aunque la realidad indique lo contrario, ¿no sería posible aún esperar que ese mismo Gobierno comience de una vez a solucionar la crisis que él mismo ha propiciado? Decidí reconectar con Carmelo Mesa-Lago y repetirle la pregunta que le hiciera Silvia veinticinco años atrás. Una rara oportunidad solo posible, precisamente, por la crisis permanente de Cuba. Carmelo me confesó que no recordaba la anécdota, pero al preguntarle, considerando las condiciones actuales, cuándo creía él que Cuba alcanzaría los niveles de 1989, no lo pensó mucho: “Esa pregunta hoy no la puedo responder”.

Carmelo Mesa-Lago / Foto tomada de www.mesa-lago.com

Y agregó por qué no tenía hoy una respuesta: “En 1996, había alguna confianza en las potencialidades del país, aunque después vimos que se pararon las reformas. Pero en estos momentos las condiciones son sumamente distintas. Primero, para salir de esto hay que controlar la pandemia del coronavirus, que al principio se manejó bien, pero ahora no. Segundo, la dependencia del petróleo de Venezuela, pero Venezuela por paradójico que parezca, está peor que Cuba, allí la pensión promedio equivale a un dólar al mes. Tercero, las medidas de Trump complicaron aún más el panorama y con Biden algunas cosas se pueden aliviar, pero está por ver. Y en cuarto lugar, la unificación monetaria aplicada en el peor momento, y con el Estado subsidiando las empresas improductivas. Solo este año se dedican 18 mil millones de pesos al subsidio de esas empresas. Eso es un grave error”.

Suena aplastante. Tal vez mi silencio momentáneo en la conversación motivó la reflexión propositiva que añadió Carmelo, abogado y economista cubano ampliamente reconocido en el mundo, asesor de numerosos gobiernos latinoamericanos pero bastante ignorado en su país de origen, al cual más de una vez ha intentado servir: “Esto solo se puede resolver expandiendo el sector privado y beneficiando únicamente a las empresas productivas. Hoy se habla de una ley de empresas, pero no se sabe ni cómo se va a implementar, y la inflación en Cuba puede llegar al ochocientos por ciento en las condiciones actuales. El problema es la dependencia del exterior. Mientras el país no sea capaz de satisfacer sus propias necesidades sin subsidio generalizado, no hay solución”.

De todos modos, concluyó Carmelo, “desde hace tiempo eso mismo han dicho economistas cubanos dentro de Cuba”.

Lo sé, ellos han tenido que enfrentar sus propias crisis.

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