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  • Orlando Márquez

MARTI NO PROMETIO Y FIDEL NO CUMPLIO

Vladimir Ilich Lenin decía que los eslóganes son tan importantes como la artillería, y el ministro de propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbles, afirmaba que la mentira repetida mil veces se “convierte” en verdad. Así se entiende mejor aquella frase repetida incontables veces en Cuba después de 1959: “te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió”. El mensaje era falso, pero igual funcionó en la mente de muchos cubanos.

Para estas personas, y otros como ellos, que transformaron la vida política y social de sus países, no se trata de si mentir es correcto o no, lo que importa y justifica todo, es influir en la imaginación popular para generar una opinión pública favorable antes de que los desmanes y el terror se impongan.

José Martí no prometió nada, tan solo compartió y propuso un ideal de república. Bastaría leer algún texto suyo sobre la condición humana, la guerra por la independencia que preparó o las bases del Partido Revolucionario que fundó, para comprobar que su ideal estaba bastante alejado de la realidad cubana posterior a 1959. La idea republicana de Martí, por muy idealista que se perciba, era “con todos”, no “con nosotros”. Es imposible imaginar y mucho menos demostrar, en la Cuba independiente de 1902, el aniquilamiento físico o moral del enemigo derrotado en la guerra por la independencia.


Pero si Fidel Castro no cumplió el ideal republicano de Martí, tampoco cumplió con su propia promesa de justicia. Una justicia que, según el texto La historia me absolverá, sería practicada después de haberse logrado el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista tras el ataque al cuartel Moncada en 1953.

Se trata de “cinco leyes revolucionarias” con las cuales muchos pudieran, aún hoy, coincidir:

“La primera ley revolucionaria devolvía al pueblo la soberanía y proclamaba la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado, en tanto el pueblo decidiese modificarla o cambiarla, y a los efectos de su implantación y castigo ejemplar a todos los que la habían traicionado, no existiendo órganos de elección popular para llevarlo a cabo, el movimiento revolucionario, como encarnación momentánea de esa soberanía, única fuente de poder legislativo, asumía todas las facultades que le son inherentes a ella, excepto la de modificar la propia Constitución: facultad de legislar, facultad de ejecutar y facultad de juzgar¨.

Un par de notas sobre esta “primera ley”. 1- Declarar que solo al “movimiento revolucionario” correspondía la “encarnación momentánea de la soberanía” y potestad de “castigar”, anticipaba lo que realmente ocurriría de alcanzar el poder, como se vio después. 2- La frase que destaco en negritas aparece en la edición primera del texto, publicada antes del triunfo revolucionario, pero eliminada en las ediciones posteriores a 1959 preparadas por Ciencias Sociales, donde se lee “…excepto la facultad de legislar, facultad de ejecutar y facultad de juzgar”.

“La segunda ley revolucionaria concedía la propiedad inembargable e intransferible de la tierra a todos los colonos, subcolonos, arrendatarios, aparceros y precaristas que ocupasen parcelas de cinco o menos caballerías de tierra…”.

“La tercera ley revolucionaria otorgaba a los obreros y empleados el derecho a participar del treinta por ciento de las utilidades en todas las grandes empresas industriales, mercantiles y mineras, incluyendo centrales azucareros…”.

“La cuarta ley revolucionaria concedía a todos los colonos el derecho a participar del cincuenta y cinco por ciento del rendimiento de la caña y cuota mínima de cuarenta mil arrobas a todos los pequeños colonos que llevasen tres o más años de establecidos.

“La quinta ley revolucionaria ordenaba la confiscación de todos los bienes a todos los malversadores de todos los gobiernos y a sus causahabientes y herederos en cuanto a bienes percibidos por testamento o abintestato de procedencia mal habida…”

Las cuatro primeras encajaban muy bien en aquel principio de socializar la riqueza. Pero en realidad no era ese el propósito. Y evidentemente, si no se cumplió la primera -restablecer la Constitución de 1940-, no habrían de cumplirse las otras que, en cierto modo, emanaban de aquella.

De la Reforma Agraria solo quedaron las fotos de entregas de títulos a sencillos campesinos de rostros cincelados por el sol y el trabajo. Títulos que perdieron valor poco después con la cooperativización forzosa o la venta exclusiva al Estado. Entonces, el país que antes fuera exportador de productos agrícolas y llegó a tener más cabezas de ganado que ciudadanos, hoy no puede producir ni siquiera los productos normados, o garantizar las calorías mínimas diarias.

Hoy tampoco tiene sentido preguntarse qué habría sido de Cuba si los obreros de la industria camaronera o los empleados de las fábricas de cemento, hubieran participado del treinta por ciento de las utilidades producidas, o los colonos sembradores de caña de azúcar obtuvieran el cincuenta y cinco por ciento del rendimiento de la caña. Pero de seguro no serían “noticia” de primera plana en la prensa nacional, como acontecimiento extraordinario y generador de orgullo, las donaciones recibidas de países que antes fueron más pobres que Cuba.

Solo la quinta ley se puso en práctica después de 1959, pero al ejecutarla se expropiaron también todos los bienes patrimoniales obtenidos de forma legítima y con el esfuerzo de generaciones, porque así lo demandaba el poder absoluto del nuevo Estado socialista.

El resultado final es hoy esta imagen dantesca e inocultable, nunca prometida por José Martí, de un país arruinado y en fuga, cuyo gobierno centralizado es más insolvente que los propios ciudadanos, pero los panzudos gobernantes ponen sus esperanzas en la “exportación” de esos ciudadanos y en el dinero que pudieran hacer llegar después al país.

“Cuba debía ser baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo”, fue otro tipo de promesa sublime de Fidel Castro durante su autodefensa en el juicio del Moncada, tampoco cumplida. Aunque se diga hasta la saciedad que Martí fue el autor intelectual de aquel acto heroico, toda la realidad posterior lo niega. Lo que queda es un verdadero insulto a la memoria del Apóstol y de quienes murieron por alcanzar la justicia que el propio Fidel Castro se encargaría de suprimir, no sin antes haberse prometido a sí mismo que sería absuelto por la historia.

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