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  • Foto del escritorOrlando Márquez

PROFETAS DE JUSTICIA

A raíz de la festividad de Nuestra Señora de la Caridad, en las redes sociales tuvo buen eco la homilía del sacerdote cubano Lester Zayas, de la Orden de los Predicadores (dominicos), en la cual preguntaba más de una vez a sí mismo, a los fieles presentes y toda la sociedad, “qué hemos hecho mal”.

Como pueblo, como comunidad humana, como gobernantes o simples ciudadanos, qué hemos hecho mal para vivir del modo en que vivimos: fragmentados, empobrecidos, desplazados, corrompidos, desesperanzados, alejados, traicionando o traicionados, dañados en nuestra humanidad. Porque donde prevalece la injusticia, nadie queda sano; de un lado o del otro, todos perdemos.

Estatua de San Miguel sobre la tumba del presidente José Miguel Gómez, cementerio Colón, La Habana. / Foto: Orlando Márquez

También conocidas por muchos cubanos son las inquietantes oraciones al Padre de la hermana Sor Nadieska Almeida HC, manifestadas y compartidas de modo espontáneo, como lo puede hacer quien antes se haya rasgado las vestiduras del alma ante Dios y ante una comunidad en busca de esperanza.

Algo similar nos sucede con los pensamientos del sacerdote Alberto Reyes que leemos en las redes sociales, con sus iluminaciones espirituales, reposadas y quirúrgicas, de una realidad social que es, desde hace décadas, escandalosamente insoportable para el ciudadano ordinario y, por paradójico que parezca, el contexto necesario donde se refocilan en su capacidad destructiva y sin el más mínimo pudor, los compañeros dirigentes.

Hay otros que no hacen uso de las redes sociales y expresan sus ideas desde el púlpito, o en círculos menos difundidos.

No es un fenómeno nuevo, si bien en otros momentos los criterios emitidos desde la Iglesia sobre la cuestión social cubana y que alcanzaban difusión nacional e internacional, venían firmados por el episcopado cubano. Porque, según la tradición prevaleciente, el pronunciamiento público sobre estos temas correspondía más bien al magisterio episcopal, de modo colegiado, de lo cual existe una rica muestra que va desde el inicio de la república hasta hace no mucho tiempo.

No se debe olvidar que durante años, las diferentes publicaciones producidas y sostenidas por la Iglesia desde fines del pasado siglo y principios del actual, dieron oportunidad para que los laicos compartieran sus reflexiones, análisis y propuestas sobre la cuestión social al modo eclesial: en la verdad y la caridad.

Nadie debería de extrañarse por estas expresiones públicas desde la Iglesia, y de otras que no alcanzan las redes sociales, sobre las urgencias y dolores que viven los ciudadanos y todo el país. Las condiciones de vida en Cuba son injustas, una injustica que se reproduce en todo ámbito de la vida nacional, y no puede ser ignorada por los cristianos. Esa es la única razón de las denuncias, siempre acompañadas de anuncio, como corresponde denunciar desde la Fe. Y siempre acompañada por una caridad probada, porque la justicia demandada por ser coherente con el evangelio, no es completa sin la caridad.

Alrededor de quinientas veces se cuenta la palabra “justicia” entre el primero y el último libro de la Biblia. Se lee más de una vez que Dios “juzgará a los pueblos con justicia” o que “su justicia dura para siempre”, eterna como Él mismo es eterno. David afirma en el salmo 23 que Dios le “guiará por sendas de justicia”, y otro salmo (85) enuncia que la “justicia mirará desde los cielos” cuando la verdad -inherente a la justicia- brote de la tierra. No menos estimulante resulta para cualquier cristiano saber que Jesús llama bienaventurados a quienes “tienen hambre y sed de justicia” o a quienes “padecen persecución por causa de la justicia” (Mt. 5, 6-10), e invita a buscar primero “el reino de Dios y su justicia” (Mt. 6,33). Porque para Jesús, “lo más importante de la ley” que olvidaron los fariseos hipócritas, es la justicia, además de la misericordia y la fe (Mt. 23, 23). La justicia es una demanda constante de Dios.

Y como el mensaje evangélico es para los hombres de este mundo, es en este mundo y en medio del mundo, donde el cristiano está llamado a defender la justicia y denunciar la injusticia.

Eso es lo que hacen estos religiosos y también los laicos. Nada en contradicción con la definición mundana y no religiosa de justicia que uno puede encontrar de modo más o menos similar, en los ámbitos académicos o intelectuales sin filosofar demasiado, donde se suele definir la justicia como el cuerpo de valores esenciales, entre ellos el respeto, la igualdad de oportunidades y la libertad, sobre los cuales se deben sustentar una sociedad y el Estado.

Negar estos principios tan naturales e inherentes al ser humano, sea de palabra o con actos, denota poco aprecio por la condición humana y su verdad. Despreciar la dignidad de los ciudadanos, e ignorar la pérdida de la propia dignidad por actuar de ese modo, es muestra de una clarísima opción por la mentira y la injusticia. Y eso es en definitiva optar por el mal pues, aunque uno no pretenda ser malo, actúa como tal cuando sus prácticas imponen el mal y no el bien de la sociedad.

Será difícil silenciar a los profetas de la justicia, aunque las autoridades les manden mensajes amenazantes, dañen sus vehículos, pinchen sus teléfonos, profanen sus templos, saboteen sus celebraciones, traten de envenenar sus entornos de mil modos, o pidan a sus obispos y superiores que los regañen o les adviertan de las consecuencias, o les sugieran que les den unas “vacaciones” en otro lugar.

La falta de justicia es tan escandalosa, el abuso y mal uso del poder tan perverso, la destrucción física y espiritual del país tan gráfica y dolorosa que, si los profetas de justicia callaran, tal vez las piedras gritarían.

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